Adrian seguía frente a mí, esperando una respuesta.
—¿Qué significa que estabas operando en el hospital equivocado?
Sonreí.
—Nada importante.
—Elena, te conozco.
Casi me reí.
Cinco años.
Había pasado cinco años diciéndome que me conocía.
Y, sin embargo, no sabía ni siquiera mi apellido verdadero.
—Hoy tienes la cena de compromiso, ¿verdad?
Su rostro cambió apenas.
—¿Quién te habló de eso?
—Nadie.
—Entonces…
—Vi la lista.
El silencio cayó entre nosotros.
Adrian dejó lentamente el vaso sobre la mesa.
—Elena, puedo explicarlo.
—No hace falta.
—Sí hace falta.
Se acercó.
—Victoria es hija del director. Mi familia lleva meses presionándome.
—¿Y tú aceptaste?
—No tenía alternativa.
Lo miré.
—Siempre hay una alternativa.
—No cuando tienes una familia como la mía.
—Entiendo.
—¿De verdad?
—Sí.
Me sorprendió lo fácil que salió aquella palabra.
Adrian intentó tomarme la mano.
La aparté.
—¿Me vas a dejar por esto?
Lo miré fijamente.
—No.
Pareció respirar aliviado.
—Entonces…
—Voy a dejarte porque descubrí quién eres cuando pensabas que yo no podía darte nada.
Su expresión se endureció.
—Eso no es justo.
—¿No?
—Nunca te prometí matrimonio.
Aquella frase dolió.
Pero ya no como antes.
Ahora solo confirmaba algo.
—Tienes razón.
Tomé la caja con mis cosas.
—Nunca me prometiste nada.
Me fui.
A la mañana siguiente, el Hospital St. Anne amaneció cubierto de fotografías.
Victoria Hayes había publicado su compromiso.
Adrian aparecía a su lado con un traje impecable.
El director del hospital sonreía detrás de ellos.
Debajo de la fotografía había cientos de felicitaciones.
Algunos compañeros me enviaron mensajes.
“¿Estás bien?”
“¿Es cierto que renunciaste?”
“¿Sabías que Adrian se iba a comprometer?”
No respondí.
A las nueve de la mañana, un automóvil negro se detuvo frente al hospital.
Luego llegó otro.
Y otro.
Los guardias del estacionamiento comenzaron a ponerse nerviosos.
Una mujer bajó del primero.
Traje azul oscuro.
Cabello plateado.
Una insignia dorada en la solapa.
Era mi madre.
Detrás de ella aparecieron tres abogados.
Y finalmente mi padre.
El hombre que había dirigido Sterling Medical durante treinta años.
Cuando entró al vestíbulo, todos dejaron de hablar.
El director del hospital salió apresuradamente de su oficina.
—Señor Sterling.
Mi padre no le estrechó la mano.
—Necesito hablar con usted.
El director palideció.
—Por supuesto.
—En privado.
Subieron al segundo piso.
Diez minutos después, el director salió con el rostro completamente blanco.
Yo no estaba allí.
No necesitaba estarlo.
Mi padre había llevado consigo algo mucho más importante que su apellido.
Los contratos.
Sterling Medical tenía participación mayoritaria en varias compañías proveedoras del Hospital St. Anne.
Incluida la empresa que financiaba una parte de sus nuevos equipos quirúrgicos.
Pero eso no era todo.
Mi padre había descubierto algo mientras revisaba las cuentas.
Había irregularidades.
Compras infladas.
Contratos otorgados a empresas vinculadas indirectamente con la familia Blackwell.
Y el nombre de Adrian aparecía en varios documentos.
No como cirujano.
Como beneficiario.
A las once recibí una llamada.
Era mi padre.
—Hija.
—¿Sí?
—¿Quieres que detengamos todo?
Miré por la ventana de mi nuevo apartamento.
—No.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Entonces lo haremos correctamente.
—¿Qué significa eso?
—Que nadie podrá decir que destruiste a Adrian por despecho.
Sonreí.
—Papá.
—¿Sí?
—Quiero que investiguen todo.
Hubo silencio.
—¿Todo?
—Desde que Adrian empezó a salir conmigo.
Mi padre comprendió inmediatamente.
—Lo haré.
Tres días después, llegó el primer informe.
Adrian había comenzado a acercarse a mí meses después de que una empresa de la familia Blackwell descubriera que una joven cirujana llamada Elena Shaw estaba siendo recomendada para una plaza importante.
No sabían quién era realmente.
Pero alguien había investigado mis antecedentes.
Y había descubierto que yo tenía relación con los Sterling.
Mi padre me había pedido que mantuviera mi identidad privada.
Eso significaba que alguien había roto esa confidencialidad.
—¿Quién? —pregunté.
Mi padre dejó el informe sobre la mesa.
—El padre de Adrian.
Sentí un frío extraño.
—¿Él sabía quién era?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que Adrian empezara a salir contigo.
Me quedé mirando el documento.
De repente, cinco años de recuerdos parecieron adquirir otro significado.
Los congresos.
Las cenas que Adrian nunca quería que yo asistiera.
Las preguntas sobre mi infancia.
Las veces que intentó descubrir cuánto dinero tenía.
No era casualidad.
Pero había algo todavía peor.
En el informe aparecía una transferencia.
Una cantidad enorme.
De una empresa relacionada con Blackwell a una cuenta vinculada a Victoria Hayes.
Fecha: tres meses antes de mi relación con Adrian.
Mi padre señaló el documento.
—Esto no prueba todavía que Adrian estuviera involucrado.
—Pero alguien estaba preparando algo.
—Exactamente.
Decidí ir al hospital.
No para recuperar mi empleo.
Solo para recoger el último objeto que había dejado en mi antiguo despacho.
Cuando entré, el ambiente cambió inmediatamente.
Algunos compañeros se levantaron.
Otros bajaron la mirada.
Yo caminé directamente hacia mi oficina.
Adrian estaba allí.
Solo.
Esperándome.
—Sabía que volverías.
—Vine por mis cosas.
—Elena, tenemos que hablar.
—Ya hablamos.
—No.
Se acercó.
—Ahora sé quién eres.
Me quedé quieta.
—¿Qué sabes?
—Tu apellido.
No dije nada.
—Sterling.
Sonrió nerviosamente.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Lo miré.
—Porque quería saber si me amabas a mí.
Su sonrisa desapareció.
—Te amaba.
—¿Antes o después de descubrir quién era?
Silencio.
—No importa.
—Para mí sí.
Adrian bajó la voz.
—Mi padre cometió errores.
—¿Errores?
—Yo no sabía todo.
—¿Y Victoria?
Se quedó callado.
—¿La amas?
No respondió.
—Entonces no tienes nada que explicarme.
Me di la vuelta.
Él me agarró suavemente del brazo.
Me detuve.
—Elena, espera.
Me soltó inmediatamente.
—Perdón.
Lo miré.
—No vuelvas a tocarme.
Asintió.
—Está bien.
Antes de salir, escuché su voz.
—Hay algo que debes saber.
Me volví.
—¿Qué?
—Victoria no sabía que iba a casarse conmigo hasta hace tres meses.
Fruncí el ceño.
—¿Y eso qué significa?
Adrian tragó saliva.
—Que el compromiso no fue idea de ella.
—¿De quién?
—De mi padre.

Esa noche recibí otro archivo.
Esta vez no era de mi padre.
Era anónimo.
Un vídeo.
Lo abrí.
Aparecía el despacho del padre de Adrian.
Y frente a él, el director del Hospital St. Anne.
La grabación tenía fecha de cuatro años atrás.
El padre de Adrian hablaba claramente.
—La chica se llama Elena Shaw.
El director preguntaba:
—¿La cirujana?
—Sí.
—¿Qué quieres que haga?
—Que la contrates.
El director parecía confundido.
—¿Por qué?
El hombre sonrió.
—Porque algún día descubrirá quién es.
La grabación se cortó.
Sentí que el corazón se me aceleraba.
No era una relación que hubiera comenzado por accidente.
Habían colocado a Adrian en mi camino.
Pero todavía faltaba la pregunta más importante.
¿Por qué?
Al día siguiente, mi padre me llevó a la sede principal de Sterling Medical.
Me condujo hasta una sala privada.
Sobre la mesa había una carpeta.
—Esto pertenecía a tu abuelo.
La abrí.
Dentro había fotografías antiguas.
Contratos.
Recortes de periódicos.
Y una imagen que me dejó sin respiración.
Mi abuelo aparecía junto al fundador de los Blackwell.
Los dos estaban frente a un hospital recién inaugurado.
Detrás de la fotografía había una fecha.
1978.
Mi padre habló:
—Las familias Sterling y Blackwell estuvieron asociadas durante décadas.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque la asociación terminó mal.
—¿Qué pasó?
Mi padre guardó silencio.
—Tu abuelo descubrió que los Blackwell habían utilizado dinero de Sterling Medical para financiar investigaciones clandestinas.
Miré las fotografías.
—¿Investigaciones de qué?
—Genética.
Sentí un escalofrío.
—¿Genética?
Mi padre asintió.
—Y uno de esos proyectos estaba relacionado con la familia Blackwell.
—¿Con Adrian?
—No exactamente.
Pasó otra página.
Había un nombre.
Proyecto A-17.
Debajo aparecía una fotografía de un niño.
Me quedé inmóvil.
El niño tenía aproximadamente seis años.
Cabello oscuro.
Ojos claros.
Y una pequeña cicatriz junto a la ceja.
Reconocí aquella cicatriz.
La había visto cientos de veces.
En Adrian.
—¿Qué es esto?
Mi padre cerró la carpeta.
—Lo que estás viendo es la razón por la que tu abuelo rompió la asociación.
—Papá, dime la verdad.
Me miró.
—Adrian no fue el único niño involucrado.
Sentí que la habitación se volvía demasiado silenciosa.
—¿Cuántos?
Mi padre respondió:
—Tres.
—¿Y quiénes eran?
Mi padre señaló la fotografía.
—Adrian.
Después sacó una segunda imagen.
Una niña.
Y finalmente una tercera.
Un bebé.
Mi padre levantó la mirada.
—El tercero desapareció hace veinticinco años.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Qué tiene que ver conmigo?
Mi padre tardó demasiado en responder.
—Tu madre encontró algo en los archivos de tu abuelo.
—¿Qué?
—Tu nombre aparece en el mismo proyecto.
Me quedé helada.
—Eso es imposible.
Mi padre deslizó el documento hacia mí.
En la parte superior aparecía:
SUJETO E-03 — ELENA STERLING.
No pude respirar.
Cinco años había ocultado mi apellido para demostrar que podía construir una vida por mí misma.
Y ahora descubría que mi propia familia había estado ocultándome algo mucho más grande.
Algo que Adrian también desconocía.
Mi padre tomó mi mano.
—Hija, hay una última cosa.
—¿Qué?
—El Proyecto A-17 no terminó en 1978.
Lo miré.
—Continuó durante décadas.
—¿Quién lo dirigió?
Mi padre cerró los ojos.
Y dijo el nombre que hizo que todo mi mundo se detuviera:
—El actual director del Hospital St. Anne.
El mismo hombre que acababa de comprometer a su hija con Adrian.
El mismo hombre que había permitido que yo trabajara allí durante cinco años.
Y el mismo hombre que, aparentemente, había estado esperando que yo descubriera quién era.
Pero todavía no sabía para qué.
Hasta que mi padre abrió el último documento.
Y allí estaba una fotografía reciente.
Adrian.
Victoria.
El director del hospital.
Y yo.
Los cuatro aparecíamos en una misma fotografía tomada sin que ninguno de nosotros lo supiera.
Debajo había una sola frase:
“Cuando los cuatro estén reunidos, comenzará la segunda fase.”