Parte 2: LA HIJA DEL SENADOR ME GOLPEÓ SIN SABER QUE EL PADRE DE MI BEBÉ ERA EL HOMBRE MÁS TEMIDO DE BOSTON

Vanessa se quedó completamente inmóvil.

—¿Qué acabas de decir?

Damon ni siquiera la miró.

Se quitó el abrigo y lo colocó cuidadosamente sobre mis hombros.

—¿Estás herida?

—Estoy bien.

Sus ojos bajaron hacia mi vientre.

—No te pregunté eso.

Mi voz tembló.

—No sé si el bebé está bien.

Aquello fue suficiente.

Damon levantó la mirada hacia uno de sus hombres.

—Prepara el auto. Llama al hospital.

Vanessa soltó una risa nerviosa.

—Esto es ridículo. Esa mujer está embarazada de mi esposo.

Damon finalmente se volvió hacia ella.

—No.

Una sola palabra.

—¿Cómo puedes saberlo?

Damon tomó mi mano.

—Porque el hijo que lleva es mío.

Vanessa palideció.

Detrás de ella, una mujer dejó escapar un jadeo.

—Eso es imposible.

—Lo único imposible —respondió Damon— es que hayas llegado hasta aquí creyendo que podías atacarla sin consecuencias.

Vanessa señaló mi uniforme.

—¡Es una criada!

Damon miró mi brazalete roto entre el barro.

Se agachó, recogió las piezas y limpió cuidadosamente la pequeña flor grabada.

Entonces su expresión cambió.

—¿De dónde sacaste esto?

—Era de mi madre.

—¿Cómo se llamaba?

—Ruth Harper.

Damon quedó congelado.

Por primera vez desde que lo conocía, vi auténtico desconcierto en sus ojos.

—¿Ruth?

Asentí.

Sacó su teléfono y realizó una llamada.

—Encuentra todo sobre Ruth Harper. Especialmente su relación con el senador Caldwell.

Vanessa retrocedió.

—Mi padre no tiene nada que ver con esto.

Damon la miró.

—Curioso. Yo todavía no había dicho que lo tuviera.

Una hora después, estaba en una habitación privada del hospital.

El médico terminó de examinarme.

—El bebé está bien.

Cerré los ojos, sintiendo que finalmente podía respirar.

Damon permanecía junto a la ventana.

Cuando estuvimos solos, me miró.

—¿Por qué no me dijiste que estabas embarazada?

—Porque aquella noche no sabía quién eras.

—Después sí.

—Precisamente.

Su mandíbula se tensó.

—¿Pensabas que te haría daño?

—Pensaba que un hombre como tú podía decidir que mi bebé era un problema.

Damon guardó silencio.

Después se acercó.

—No voy a obligarte a estar conmigo.

Su voz se suavizó.

—Pero jamás volverás a enfrentarte sola a algo así.

Antes de que pudiera responder, uno de sus hombres entró con una carpeta.

—Señor Cross, encontramos algo.

Damon abrió el documento.

Su rostro se endureció.

—¿Qué ocurre?

Me entregó una fotografía antigua.

Mi madre aparecía mucho más joven junto al senador Richard Caldwell.

En la parte posterior había una fecha.

Veintidós años atrás.

—Tu madre trabajó para Caldwell —dijo Damon—. Como contadora de su primera campaña.

Sentí un escalofrío.

—Nunca me lo contó.

El hombre de Damon dejó otro documento sobre la mesa.

—Porque descubrió que Caldwell estaba desviando fondos mediante empresas fantasma.

Damon continuó:

—Tu madre guardó pruebas.

—¿Dónde?

Su mirada bajó hacia el brazalete.

—Creo que acabamos de encontrar la respuesta.

Dentro del pequeño cierre había una diminuta llave.

Dos días después, aquella llave abrió una caja de seguridad que llevaba más de veinte años intacta.

Dentro había estados financieros, grabaciones y documentos originales.

Pero también había una carta dirigida a mí.

Reconocí inmediatamente la letra de mi madre.

“Si algún día encuentras esto, Maya, significa que ya no pude protegerte personalmente.”

Mis manos comenzaron a temblar.

Damon permaneció en silencio mientras continuaba leyendo.

Mi madre explicaba que Caldwell había descubierto que ella estaba reuniendo pruebas contra él.

Había intentado comprar su silencio.

Cuando se negó, destruyó su carrera y utilizó sus conexiones para mantenerla bajo vigilancia durante años.

Entonces llegué a la última página.

Y encontré algo todavía peor.

Caleb Caldwell, el esposo de Vanessa, había descubierto recientemente la existencia de aquellas pruebas.

Por eso me había contratado en su casa.

No por casualidad.

Me había estado buscando.

—Dios mío —susurré—. Caleb sabía quién era yo.

Damon tomó otro documento.

—Y Vanessa creyó que la relación entre ustedes era romántica.

De repente, todo encajó.

Las preguntas de Caleb sobre mi familia.

Su insistencia en saber qué objetos había heredado.

Las veces que había preguntado por el brazalete.

Nunca había querido acostarse conmigo.

Quería encontrar las pruebas antes de que yo descubriera que existían.

Esa misma tarde, el senador Caldwell convocó una conferencia de prensa.

Afirmó que su hija había sido víctima de una campaña de intimidación organizada por Damon Cross.

Fue su último error.

Damon no necesitó hacer desaparecer a nadie.

Solo hizo una llamada.

Pero no fue a un criminal.

Fue a una fiscal federal.

Tres semanas después, las pruebas de mi madre formaban parte de una investigación oficial.

Caleb aceptó colaborar.

Vanessa tuvo que declarar sobre el ataque en el cementerio.

Y el imperio político de su padre comenzó a derrumbarse públicamente.

Cuando los periodistas preguntaron a Damon si había destruido al senador Caldwell, él respondió:

—No.

Luego me miró.

—Ruth Harper lo hizo hace veinte años. Su hija simplemente terminó el trabajo.

Meses después regresé al cementerio.

Esta vez llevaba flores nuevas.

Damon caminaba a mi lado.

Mi vientre ya era imposible de ocultar.

Me arrodillé frente a la tumba de mi madre y coloqué las margaritas.

—Ganaste, mamá —susurré.

Damon se agachó junto a mí.

—Creo que estaría orgullosa de ti.

Lo miré.

—¿Y ahora qué?

Damon tomó mi mano.

—Ahora tú decides.

—¿Decido qué?

Miró mi vientre y después mis ojos.

—Si quieres que forme parte de vuestra vida.

No hubo amenazas.

Ni órdenes.

Ni palabras sobre pertenecerle.

Solo una elección.

Sonreí y puse su mano sobre mi vientre.

Nuestro bebé se movió.

Damon abrió los ojos sorprendido.

Me reí.

—Creo que acaba de responder por mí.

Y allí, frente a la mujer que había pasado tantos años intentando protegerme incluso después de morir, comprendí la verdadera ironía.

Vanessa había ido al cementerio creyendo que podía avergonzar a una criada embarazada.

Sin saberlo, había despertado un secreto capaz de destruir el imperio de su propio padre.

Y había llevado directamente hasta mí al único hombre que, cuando todo terminó, no quiso poseerme ni salvarme.

Solo quiso quedarse a mi lado.

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