Valeria no pudo dormir aquella noche.
Intentó convencerse de que lo ocurrido en casa de Daniel no significaba nada. Había encontrado una cartera, la había devuelto y se había marchado. Eso era todo.
Pero cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar la voz de Teresa.
“Las mujeres que aparecen alrededor de un hombre con dinero casi nunca aparecen por casualidad”.
Lo peor era que Daniel no había dicho nada para defenderla.
Quizá porque todavía no sabía quién era ella.
Quizá porque realmente pensaba lo mismo que su madre.
A las siete de la mañana, Valeria llegó al hospital para comenzar otro turno. Se puso el uniforme, recogió su cabello y entró en urgencias intentando dejar atrás aquella noche.
Pero apenas había terminado de revisar a su primer paciente, una compañera se acercó.
—Valeria, tienes visita.
—¿Quién?
—Un hombre. Dice que te conoce.
Valeria salió al pasillo.
Y se quedó inmóvil.
Daniel estaba allí.
Llevaba un traje oscuro, pero no tenía el aspecto impecable de la noche anterior. Parecía haber dormido poco.
—¿Qué haces aquí?
—Necesitaba hablar contigo.
—Estoy trabajando.
—Esperaré.
Valeria cruzó los brazos.
—No es necesario.
Daniel bajó la mirada.
—Ayer mi madre fue grosera contigo.
—No pasa nada.
—Sí pasa.
Por primera vez desde que lo conocía, Valeria vio algo parecido a vergüenza en sus ojos.
—No sabía por qué habías venido realmente.
—A devolverte tu cartera.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo.
Daniel respiró profundamente.
—Anoche mi madre encontró algo en la cartera.
Valeria frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
—Una fotografía.
Su corazón dio un vuelco.
—¿Qué fotografía?
Daniel sacó una pequeña imagen doblada de su bolsillo.
Valeria reconoció el borde inmediatamente.
Era una fotografía vieja.
Muy vieja.
La había llevado durante años dentro de una pequeña caja de madera que perteneció a su madre.
Una fotografía que había desaparecido el día en que perdió su mochila en el albergue.
Daniel la miró.
—¿Es tuya?
Valeria extendió la mano.
Pero antes de tomarla, Daniel preguntó:
—¿Por qué tienes una foto de un niño llamado Daniel?
El mundo pareció detenerse.
Valeria tomó la fotografía.
En ella aparecían dos niños sentados frente a una pared pintada de colores.
Una niña de diez años.
Y un niño de doce.
La niña sostenía un dibujo.
El niño tenía un brazo alrededor de sus hombros.
En la parte inferior, escrito con letra infantil, aparecía:
“Valeria y Daniel. Amigos para siempre.”
Valeria levantó lentamente la mirada.
—¿Dónde encontraste esto?
—Estaba en un compartimento interior de la cartera. No la había visto hasta anoche.
—¿Y tu madre?
—La vio.
El silencio entre ambos se hizo pesado.
—¿Qué dijo?
Daniel tardó unos segundos en responder.
—Me preguntó dónde la habías conseguido.
Valeria apretó la fotografía.
—¿Y qué le dijiste?
—Que tú me la habías devuelto.
Ella negó con la cabeza.
—No. Esa fotografía estaba en mi casa desde hace años.
Daniel palideció.
—Entonces…
—No sé cómo terminó dentro de tu cartera.
Daniel la observó.
—Valeria, necesito preguntarte algo.
—Pregunta.
—¿Alguna vez viviste en un albergue del DIF en Tonalá?
Ella dejó de respirar por un instante.
—Sí.
—¿Hace dieciocho años?
—Sí.
Daniel cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, había algo diferente en su expresión.
—Yo también.
Valeria sintió que las piernas le temblaban.
—¿Cómo te llamabas entonces?
Daniel no respondió inmediatamente.
Sacó su cartera.
De un compartimento oculto extrajo una pequeña tarjeta antigua.
La colocó frente a ella.
El nombre estaba parcialmente borrado.
Pero todavía podía leerse.
Daniel Navarro.
Valeria sintió un nudo en la garganta.
—Eras tú.
Daniel la miró.
—¿Tú eras la niña que dibujaba casas?
Una lágrima apareció en los ojos de Valeria.
—Y tú eras el niño que siempre robaba mis colores.
Daniel soltó una risa breve.
Por primera vez desde que se habían reencontrado, sonrió de verdad.
—Siempre decías que el rojo era tuyo.
—Porque era mío.
—Mentías.
—Nunca mentía.
Los dos rieron.
Durante unos segundos desaparecieron los dieciocho años.
Volvieron a ser aquellos dos niños sentados en el patio de un albergue, compartiendo una libreta y soñando con tener algún día una casa propia.
Pero la sonrisa de Daniel desapareció rápidamente.
—Hay algo que no entiendo.
—¿Qué?
—Si tú eres esa Valeria…
Se quedó mirando la fotografía.
—¿Por qué nunca te encontré?
Valeria bajó la mirada.
—Porque te adoptaron.
—Sí.
—Yo pregunté por ti durante meses.
Daniel se quedó inmóvil.
—¿Nunca te dijeron nada?
—Me dijeron que tu familia había pedido que no hubiera contacto.
Valeria frunció el ceño.
—¿Mi familia?
—Eso dijeron.
Daniel negó lentamente.
—Yo tenía doce años. No entendía nada.
—Yo tenía diez.
—Y cuando pregunté por ti…
Su voz se quebró.
—Me dijeron que te habían trasladado a otro lugar.
Valeria sintió una punzada en el pecho.
—Entonces nos mintieron a los dos.
Daniel guardó silencio.
—Tal vez.
Esa misma tarde, Daniel volvió a casa.
Teresa estaba sentada en el salón revisando documentos.
—¿La encontraste?
Daniel no respondió.
—Daniel.
—¿Por qué nunca me dijiste la verdad sobre el albergue?
Teresa levantó la mirada.
—No sé de qué hablas.
Él dejó la fotografía sobre la mesa.
La expresión de Teresa cambió.
Solo durante un segundo.
Pero Daniel lo vio.
—¿Quién es esta niña?
Teresa no respondió.
—Mamá.
—Una niña del albergue.
—¿Su nombre?
—No lo recuerdo.
—Se llama Valeria Cruz.
El rostro de Teresa perdió color.
Daniel dio un paso hacia ella.
—¿La conocías?
—Era una niña problemática.
—No te pregunté eso.
Teresa apretó los labios.
—Daniel, no vuelvas a relacionarte con personas de ese lugar.
—¿Por qué?
—Porque no pertenecen a nuestra familia.
—Ella no está intentando pertenecer a nuestra familia.
—Entonces, ¿por qué apareció justamente ahora?
Daniel golpeó suavemente la mesa.
—¡Porque fui yo quien perdió la cartera!
Teresa guardó silencio.
—Y porque ella me la devolvió.
—Eso es exactamente lo que quiero evitar.
Daniel la miró fijamente.
—¿Qué estás intentando evitar?
Teresa se levantó.
—No sabes lo que estás preguntando.
—Entonces explícame.
Ella negó con la cabeza.
—No.
—Mamá.
—Déjalo.
Daniel tomó la fotografía.
—No voy a dejarlo.
Se dio la vuelta para marcharse.
Entonces Teresa dijo:
—Tu padre no quiere que vuelvas a hablar con ella.
Daniel se detuvo.
—¿Mi padre?
—Sí.
—¿Por qué?
Teresa permaneció en silencio.
Daniel regresó lentamente.
—Mi padre murió hace siete años.
—Lo sé.
—Entonces dime qué tiene que ver él con una niña que conocí hace dieciocho años.
Teresa cerró los ojos.
—Porque tu padre fue quien pagó para que ella desapareciera de tu vida.
Daniel quedó completamente inmóvil.
—¿Qué acabas de decir?
—No debí decirlo.
—Repítelo.
—Daniel…
—¡Repítelo!
Teresa empezó a llorar.
—Tu padre pensaba que esa niña podía convertirse en un problema.
—¿Qué problema?
—Ella sabía demasiado.
—¡Tenía diez años!
—Precisamente.
Daniel retrocedió un paso.
—¿Qué podía saber una niña de diez años?
Teresa miró la fotografía.
—Más de lo que debía.
Mientras tanto, Valeria estaba terminando su turno cuando recibió un mensaje.
Era de Daniel.
“Necesito verte. Es urgente.”
Ella respondió:
“¿Qué pasó?”
La respuesta llegó casi inmediatamente.
“Encontré algo sobre tu madre.”
Valeria sintió que el estómago se le cerraba.
Su madre había muerto cuando ella tenía diecinueve años.
Nunca había conocido muchos detalles sobre su pasado.
Solo sabía que había trabajado en distintos lugares, que había sufrido una relación complicada y que siempre evitaba hablar de la época anterior a su nacimiento.
Valeria llamó a Daniel.
—¿Qué encontraste?
—No puedo explicarlo por teléfono.
—Daniel.
—Ven a mi oficina.
Una hora después, Valeria llegó a Grupo Navarro Construcciones.
Daniel la esperaba en una sala privada.
Sobre la mesa había una caja de documentos.
—Esto pertenecía a mi padre.
—¿Por qué está relacionado conmigo?
Daniel abrió la caja.
Había contratos.
Recibos.
Fotocopias.
Y finalmente un sobre amarillo.
Lo abrió.
Dentro había una fotografía de una mujer joven.
Valeria sintió que el mundo se detenía.

—Es mi madre.
Daniel asintió.
—Se llamaba Lucía Cruz.
—Sí.
—Mi padre la conocía.
Valeria levantó la mirada.
—¿Cómo?
Daniel colocó varios documentos sobre la mesa.
—Tu madre trabajó para mi familia durante un tiempo.
Valeria comenzó a negar con la cabeza.
—Eso nunca me lo contó.
—Aquí dice que fue asistente administrativa de mi padre.
—¿Cuándo?
Daniel señaló la fecha.
Valeria hizo cuentas mentalmente.
—Fue antes de que yo naciera.
—Exactamente.
Entonces Daniel colocó otro documento frente a ella.
Era un acuerdo de confidencialidad.
El nombre de Lucía aparecía al final.
Valeria sintió frío.
—¿Qué significa esto?
—No lo sé todavía.
—¿Y por qué mi madre tuvo que firmarlo?
Daniel tomó aire.
—Porque, según estos documentos, descubrió algo dentro de la empresa.
—¿Qué?
—Desvíos de dinero.
Valeria lo miró.
—¿De tu padre?
—Sí.
—¿Cuánto?
Daniel deslizó otro documento.
La cifra hizo que Valeria se quedara sin palabras.
—Esto ocurrió hace veinte años.
—Antes de que yo naciera.
—Sí.
—Entonces, ¿qué tiene que ver conmigo?
Daniel señaló la fotografía de los dos niños.
—Creo que la respuesta está aquí.
Valeria frunció el ceño.
—No entiendo.
—Mi padre quería que Lucía guardara silencio. Después tú naciste.
—¿Y luego?
—Luego apareciste en el mismo albergue donde yo estaba.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Crees que fue casualidad?
Daniel negó lentamente.
—No.
En ese instante, alguien llamó a la puerta.
Daniel la abrió.
Era Teresa.
Pero esta vez no parecía la mujer elegante y segura que Valeria había conocido la noche anterior.
Estaba pálida.
Asustada.
—Daniel, tenemos que hablar.
—Ya hablamos.
—No. Ahora tienes que escucharme.
Teresa miró a Valeria.
—Y tú también.
Valeria permaneció inmóvil.
—¿Qué sabe?
Teresa cerró la puerta.
—Tu madre no era solamente una empleada de mi esposo.
—¿Entonces qué era?
Teresa tardó varios segundos en contestar.
—Era la única persona que podía demostrar que él había cometido un fraude que habría destruido a toda nuestra familia.
Daniel apretó los puños.
—¿Y por eso la obligaron a callar?
Teresa negó con lágrimas en los ojos.
—Yo no lo hice.
—¿Quién?
Teresa miró a Daniel.
—Tu padre.
—Está muerto.
—Sí.
—Entonces ya no puede hacerme nada.
Teresa bajó la voz.
—No necesitas tener miedo de los muertos, Daniel.
Hizo una pausa.
—Necesitas tener miedo de quienes todavía están vivos.
Valeria sintió que el aire se volvía pesado.
—¿Quién sigue vivo?
Teresa la miró directamente.
—La persona que ordenó que te separaran de Daniel hace dieciocho años.
Daniel palideció.
—¿Quién?
Teresa no respondió.
Solo sacó de su bolso una segunda fotografía.
La colocó sobre la mesa.
Era una imagen tomada en el patio del albergue.
Valeria reconoció inmediatamente el lugar.
Pero había algo que nunca había visto.
Al fondo aparecía una mujer adulta hablando con un hombre.
Y junto a ellos había una niña pequeña.
Ella.
Valeria se acercó.
Entonces reconoció al hombre.
Era el padre de Daniel.
Pero la mujer que estaba a su lado…
Era alguien que conocía perfectamente.
Su propia madre.
Valeria levantó lentamente la mirada.
—Mi madre estaba allí.
Teresa asintió.
—Sí.
—¿El día que Daniel desapareció?
—Sí.
Daniel tomó la fotografía.
—Entonces mi madre sabía que nuestras familias se conocían.
—Sabía mucho más que eso.
—¿Qué?
Teresa tragó saliva.
—Tu madre no te abandonó, Valeria.
La habitación quedó en silencio.
—Ella intentó llevarte con ella.
Valeria sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—¿Qué ocurrió?
Teresa bajó la mirada.
—La detuvieron.
—¿Quién?
Teresa no respondió.
En ese momento, el teléfono de Daniel comenzó a vibrar.
Número desconocido.
Contestó.
—¿Sí?
Una voz masculina habló al otro lado.
Daniel frunció el ceño.
—¿Quién es?
La voz respondió con calma:
—Si Valeria sigue investigando el pasado de su madre, no llegará viva a conocer toda la verdad.
Daniel se quedó helado.
—¿Quién habla?
La llamada terminó.
Valeria miró a Daniel.
—¿Qué dijo?
Él no respondió inmediatamente.
Solo levantó la mirada hacia ella.
—Dijo que sabe quién eres.
Valeria sintió un escalofrío.
Y entonces entendió algo mucho peor.
Quizá la cartera no había sido encontrada por casualidad.
Quizá alguien había querido que Daniel y ella volvieran a encontrarse.
Y si eso era cierto…
La pregunta ya no era por qué se habían separado dieciocho años atrás.
La verdadera pregunta era:
¿Quién había esperado durante todo ese tiempo para volver a reunirlos?