PARTE 2: EL SECRETO DE LA MANSIÓN ROSSI

—¡Lorenzo!

La voz detrás de la puerta volvió a susurrar mi nombre.

Sentí que el cuerpo de Leo se tensaba contra mí.

Lorenzo levantó el arma y se acercó lentamente a la puerta.

—¿Quién está ahí?

Nadie respondió.

Solo se escuchó el sonido de unos pasos alejándose por el pasillo.

Lorenzo intentó girar el picaporte.

No se movió.

—Está cerrada desde afuera —dije.

Me miró.

Por primera vez desde que había entrado, el arma dejó de apuntarme.

—¿Quién más sabía que estabas aquí?

—Nadie.

Miré hacia la enfermera dormida.

—Ella.

Lorenzo se acercó y la despertó de golpe.

—¡Levántate!

La mujer abrió los ojos desorientada.

—¿Señor Rossi?

—¿Quién cerró esta puerta?

Ella miró alrededor.

—Yo… no sé.

Lorenzo tomó la copa de vino que estaba sobre la mesa y la olió.

Su rostro cambió.

—¿Bebiste esto?

La enfermera negó rápidamente.

—Solo un poco.

Lorenzo acercó el vaso a la luz.

—Entonces explícame por qué hay un sedante aquí.

La mujer palideció.

Yo miré a Leo.

El bebé volvía a buscar desesperadamente alimento.

—Señor Rossi —dije—. Necesita sacarlo de aquí.

—¿Por qué?

—Porque si alguien está intentando dejarlo morir, esta habitación es el peor lugar para mantenerlo.

Lorenzo no respondió.

Abrió la puerta con una llave que llevaba en el bolsillo y llamó a dos guardias.

—Quiero al médico. Ahora.

Uno de ellos tomó al bebé.

Pero Leo comenzó a llorar inmediatamente.

Lorenzo volvió la mirada hacia mí.

—No.

El guardia se detuvo.

—Ella viene con nosotros.


A las 2:31 de la madrugada, el médico familiar llegó corriendo.

Revisó a Leo durante varios minutos.

—Está muy débil.

—¿Por qué? —preguntó Lorenzo.

—Necesito hacer análisis.

—Hazlos.

El médico levantó la mirada.

—Y quiero una muestra de todo lo que el niño ha recibido durante las últimas veinticuatro horas.

Lorenzo miró a la enfermera.

Ella comenzó a temblar.

—Yo no hice nada.

—Todavía no te acusé de nada —respondió él.

La mujer bajó la cabeza.

Yo permanecía sentada en una silla, con Leo en brazos.

El pequeño ya no lloraba.

Respiraba con dificultad, pero estaba más tranquilo.

Lorenzo se acercó.

—¿Por qué pudiste alimentarlo tú?

No supe qué responder.

—No lo sé.

—¿Eres enfermera?

Negué con la cabeza.

—Estudié enfermería. No terminé.

—¿Por qué?

Miré al suelo.

—Mi hija murió hace tres semanas.

El silencio cayó sobre la habitación.

Lorenzo no hizo ninguna pregunta.

Quizá vio suficiente en mi rostro.

Entonces el médico habló.

—Señor Rossi, necesito decirle algo.

—Dilo.

—Los resultados preliminares de Leo muestran que está deshidratado y extremadamente débil, pero hay algo más.

Lorenzo se tensó.

—¿Qué?

El médico miró los frascos de fórmula.

—Quiero revisar estos productos.

—¿Por qué?

—Porque el bebé no presenta una intolerancia normal.

Tomó uno de los recipientes.

—Hay algo en la preparación.

Lorenzo dio un paso hacia él.

—¿Algo como qué?

—Todavía no puedo afirmarlo.

El médico abrió otro envase.

Luego otro.

Finalmente se quedó inmóvil.

—Estos lotes no coinciden con los que compramos.

Lorenzo frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que alguien pudo haber sustituido la fórmula.

La habitación quedó en silencio.

Lorenzo miró a los guardias.

—Nadie sale de esta casa.


Una hora después, toda la mansión estaba bajo control.

Los empleados fueron separados.

Los teléfonos fueron recogidos.

Las cámaras internas quedaron bajo revisión.

Yo permanecí en una habitación de invitados con Leo.

No sabía por qué Lorenzo confiaba en mí.

En realidad, ni siquiera sabía si confiaba.

Pero cuando una mujer de servicio intentó entrar, dos guardias la detuvieron.

—Orden del señor Rossi.

Ella retrocedió.

Antes de marcharse, me miró fijamente.

Reconocí esa mirada.

Era la misma mirada que había visto en la enfermera.

Miedo.

Pero no miedo de Lorenzo.

Miedo de otra persona.


A las 5:12 de la mañana, Lorenzo entró.

Tenía la camisa arrugada y los ojos enrojecidos.

—Encontramos algo.

Me incorporé.

—¿Qué?

Colocó un teléfono sobre la mesa.

—La cámara de la cocina fue desactivada tres veces durante las últimas dos semanas.

—¿Por quién?

—Por alguien con acceso al sistema.

Miré a Leo.

—¿La enfermera?

—No.

—Entonces, ¿quién?

Lorenzo tardó unos segundos.

—Mi hermana.

Me quedé inmóvil.

—¿Su hermana?

—Giulia.

Recordé haber escuchado ese nombre.

Todos en la mansión hablaban de ella.

La única hermana de Lorenzo.

La mujer que había regresado a la casa después de años viviendo en Milán.

—¿Por qué querría hacerle daño al bebé?

Lorenzo no respondió.

Luego abrió el teléfono.

Había fotografías de documentos.

Contratos.

Transferencias.

Una copia de un testamento.

—Porque Leo no es solamente mi hijo.

Lo miré.

—Es el heredero de todo.

Lorenzo deslizó otra fotografía.

—Y si él muere, la sucesión cambia.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién heredaría?

—Giulia recibiría una parte importante.

—¿Y usted?

—Yo no.

Me quedé en silencio.

Entonces comprendí.

Si Lorenzo desaparecía o perdía el control de la empresa, su hermana podía convertirse en la persona más poderosa de la familia.

Pero había algo que no entendía.

—¿Por qué me encerraron con Leo?

Lorenzo levantó la mirada.

—Eso es precisamente lo que no entiendo.

En ese momento, uno de los guardias entró corriendo.

—Señor.

—Habla.

—Encontramos a alguien en el ala este.

Lorenzo se puso de pie.

—¿Quién?

—La señora Giulia.

—¿Qué estaba haciendo?

El guardia tragó saliva.

—Estaba intentando salir por la puerta de servicio.

Lorenzo salió inmediatamente.

Yo me quedé con Leo.

Pero antes de cerrar la puerta, el guardia se volvió hacia mí.

—Señora…

—¿Sí?

—Hay algo que debería saber.

—¿Qué?

Miró hacia el pasillo.

—La persona que cerró la puerta de la guardería no fue Giulia.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

—¿Entonces quién?

El guardia negó lentamente con la cabeza.

—Todavía no lo sabemos.


Pasaron veinte minutos.

Lorenzo regresó acompañado de Giulia.

Ella llevaba un abrigo largo y sostenía un bolso contra el pecho.

Su rostro estaba pálido.

—Ella dice que no sabe nada —dijo Lorenzo.

Giulia me miró.

—Tú.

—¿Yo qué?

—¿Por qué estás aquí?

—Porque tu sobrino necesitaba ayuda.

Ella soltó una risa nerviosa.

—No deberías haber entrado en esa habitación.

Lorenzo giró lentamente hacia ella.

—¿Por qué?

Giulia no respondió.

—Te hice una pregunta.

—Porque es peligrosa.

—¿La habitación?

—No.

Giulia me señaló.

—Ella.

Sentí un escalofrío.

Lorenzo dio un paso hacia su hermana.

—Explícate.

Giulia abrió la boca.

Pero antes de hablar, su teléfono comenzó a sonar.

Miró la pantalla.

Su expresión cambió.

Lorenzo se lo quitó de la mano.

Había un solo mensaje.

“No dejes que ella recuerde.”

Lorenzo levantó la mirada.

—¿Qué significa esto?

Giulia comenzó a llorar.

—No lo sé.

Pero yo sí sentí algo extraño.

La frase había despertado un recuerdo.

Una habitación blanca.

Un médico.

Una pulsera hospitalaria.

Y una voz masculina diciendo:

—No le digan que su bebé sobrevivió.

Me llevé una mano a la cabeza.

Lorenzo lo notó.

—¿Qué pasa?

—Yo…

Miré a Leo.

Después a Giulia.

—Creo que conozco a alguien de esta familia.

Lorenzo se quedó inmóvil.

—¿A quién?

Intenté recordar.

El rostro no aparecía completo.

Solo una bata blanca.

Una voz.

Y un apellido que llevaba años intentando olvidar.

—Rossi.

Lorenzo palideció.

—¿Qué acabas de decir?

Antes de que pudiera responder, un guardia entró corriendo.

—Señor Rossi, encontramos el registro médico de su hijo.

Lorenzo se volvió.

—¿Dónde?

—En el archivo privado de la mansión.

—¿Y?

El guardia levantó una carpeta.

—El documento original dice que Leo nació con una hermana gemela.

Mi respiración se detuvo.

Lorenzo quedó completamente inmóvil.

—Eso es imposible.

El guardia negó con la cabeza.

—Hay dos nombres en el registro.

Uno correspondía a Leo.

El otro estaba tachado.

Pero debajo de la tinta todavía podía leerse una palabra.

Lily.

Sentí que el mundo desaparecía bajo mis pies.

Ese era el nombre de mi hija.

La niña que yo había enterrado tres semanas atrás.

La niña que me dijeron que había nacido sin vida.

Miré a Lorenzo.

Él me miró a mí.

Y ninguno de los dos pudo hablar.

Porque si aquel documento era real…

Entonces mi hija no había muerto aquella noche.

Alguien había hecho que yo creyera que estaba muerta.

Y alguien dentro de la familia Rossi había sabido la verdad desde el principio.

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