Parte 2: LE ENTREGUÉ EL DIVORCIO EMBARAZADA Y ÉL CREYÓ QUE VOLVERÍA ROGANDO, HASTA QUE DESCUBRIÓ TODO LO QUE PERDÍA CONMIGO

Nathaniel permaneció mirando el acuerdo durante varios segundos.

Después lo cerró.

—Estás enfadada. Hablaremos cuando te calmes.

Casi me reí.

Incluso frente al divorcio seguía convencido de que yo jamás lo abandonaría.

—Ya estoy calmada.

—Emma, estás embarazada.

—Precisamente por eso me voy.

Su mandíbula se tensó.

—No permitiré que mi hijo crezca lejos de mí.

—Entonces aprende primero a distinguir entre ser padre y ser propietario.

Tomé la maleta que había preparado.

Nathaniel bloqueó la puerta.

—¿Vas a destruir siete años por unas fotografías?

Lo miré fijamente.

—No fueron las fotografías.

—Entonces, ¿qué?

—Que después de verlas, todavía elegiste protegerla a ella.

Por primera vez, Nathaniel no tuvo respuesta.

Me marché aquella misma noche.

Tres días después, mi abogado presentó formalmente la solicitud de divorcio.

Y entonces hice algo que Nathaniel jamás había imaginado.

Retiré de Gray Medical las cuatro patentes desarrolladas por mi equipo y suspendí la renovación de dos acuerdos farmacéuticos que pertenecían legalmente a mi familia.

La junta convocó una reunión de emergencia.

Nathaniel me llamó doce veces.

Contesté la decimotercera.

—¿Estás intentando destruir el instituto?

—No. Estoy retirando lo que yo aporté.

—Emma, esas patentes sostienen dos de nuestros proyectos más importantes.

—Entonces quizá debiste recordar quién las desarrolló antes de decirme que mi único valor era conservar el puesto de señora Gray.

Silencio.

Aquella misma semana llegó el primer giro.

Chloe apareció públicamente llorando y aseguró que nunca había intentado destruir nuestro matrimonio.

Pero una investigación interna encontró los mensajes enviados al periodista.

Las fotografías habían sido filtradas desde el propio teléfono de Chloe.

Nathaniel la enfrentó.

—¿Por qué lo hiciste?

—Porque quería que Emma entendiera que tú nunca dejaste de amarme.

—¿Y quién te dijo que todavía te amo?

Chloe quedó inmóvil.

Nathaniel también.

Porque, por primera vez, tuvo que hacerse esa pregunta.

Había pasado tantos años protegiendo el recuerdo de su primer amor que nunca se había detenido a preguntarse si seguía amando realmente a aquella mujer… o simplemente a la versión de ella que conservaba en su memoria.

Entonces llegó el segundo golpe.

El abuelo Lawrence convocó a toda la familia.

Sobre la mesa dejó varios documentos.

—Nathaniel, ¿sabes por qué Gray Medical sobrevivió a la crisis de hace siete años?

—Por la alianza con los Rose.

—No.

El anciano señaló mi nombre.

—Por Emma.

Nathaniel frunció el ceño.

Lawrence reveló que yo había cedido temporalmente los derechos de una investigación que después generó cientos de millones para salvar el instituto cuando estaba al borde de la insolvencia.

Nunca se lo había contado.

No quería que nuestro matrimonio comenzara como una deuda.

Nathaniel descubrió entonces que la mujer a la que había tratado como una esposa garantizada era una de las razones por las que todavía tenía un imperio que dirigir.

Esa noche apareció frente a mi apartamento.

Parecía no haber dormido.

—¿Por qué nunca me dijiste lo que hiciste?

—Porque quería que algún día me amaras sin deberme nada.

Bajó la mirada.

—Emma…

—No vengas ahora porque descubriste cuánto valgo para tu empresa.

—No vine por la empresa.

—Entonces, ¿por qué?

Sus ojos descendieron hacia mi vientre.

Negué inmediatamente.

—Tampoco uses al bebé.

Nathaniel levantó nuevamente la mirada.

—Vine porque finalmente entendí que durante siete años acepté todo lo que me dabas como si fuera inevitable.

Su voz se quebró.

—Y cuando por fin dejaste de darme cosas, descubrí cuánto dependía de ti.

—Eso tampoco es amor, Nathaniel.

Cerré la puerta.

Dos meses después, firmamos el divorcio.

Nathaniel no peleó por mis propiedades ni por mis patentes.

Aceptó todas mis condiciones respecto al bebé.

También hizo algo que nadie esperaba.

Expulsó a Chloe de cualquier proyecto relacionado con Gray Medical después de que la investigación confirmó la filtración y otras manipulaciones.

Pero yo no regresé.

No porque quisiera castigarlo.

Sino porque, por primera vez en siete años, estaba aprendiendo a vivir sin esperar que él me eligiera.

Mi hija nació una madrugada de primavera.

Sí.

Una niña.

Cuando Nathaniel llegó al hospital, la enfermera se la entregó.

Él la sostuvo como si tuviera entre los brazos algo demasiado precioso para respirar cerca.

—Es hermosa —susurró.

Yo sonreí.

—Se llama Evelyn.

Nathaniel lloró.

Nunca lo había visto hacerlo.

Durante el siguiente año no intentó comprar mi perdón.

No me envió joyas.

No utilizó a su abuelo.

No pidió que canceláramos el divorcio.

Simplemente apareció cuando correspondía.

Aprendió a cambiar pañales.

Canceló reuniones para acudir a las citas médicas de Evelyn.

Y cuando estaba conmigo, jamás volvió a mencionar a Chloe.

Una tarde, después del primer cumpleaños de nuestra hija, me encontró en el jardín.

—Emma.

—¿Sí?

Me entregó una pequeña caja.

Mi expresión se endureció.

—Si es un anillo…

—No lo es.

Dentro había diez pequeños trozos de seda cuidadosamente doblados.

Lo miré confundida.

Nathaniel sonrió avergonzado.

—Te debía diez camisones.

Solté una carcajada antes de poder evitarlo.

Él también rio.

Después su expresión se volvió seria.

—No quiero recuperar nuestro antiguo matrimonio.

—Bien.

—Era un matrimonio donde tú dabas demasiado y yo entendía demasiado poco.

Respiró profundamente.

—Quiero preguntarte si algún día me permitirías conocerte otra vez. Sin alianzas. Sin familias. Sin obligaciones.

—¿Y si digo que no?

—Seguiré siendo un buen padre para Evelyn.

Aquella respuesta fue precisamente la razón por la que no dije que no.

Seis meses después tuvimos nuestra primera cita.

Dos años después, Nathaniel volvió a pedirme matrimonio.

Esta vez no había contratos entre nuestras familias.

No había institutos que salvar.

No había un primer amor entre nosotros.

Solo un hombre arrodillado frente a mí mientras Evelyn intentaba quitarle la caja de las manos.

—Emma Rose —dijo—, la primera vez me casé contigo porque creí que era mi deber.

Me miró.

—Esta vez quiero casarme contigo porque finalmente aprendí a elegirte.

Miré al hombre por quien había esperado siete años.

Después miré a nuestra hija.

Y entendí la diferencia.

Antes había necesitado que Nathaniel me eligiera para sentir que había ganado.

Ahora podía elegirlo yo… o marcharme.

Y precisamente porque ya no lo necesitaba, pude responder libremente.

—Sí.

Nathaniel sonrió.

Evelyn comenzó a aplaudir sin entender nada.

Y aquella noche comprendí que el divorcio no había destruido nuestra familia.

Había destruido el matrimonio equivocado para que, años después, pudiéramos construir uno en el que ninguno de los dos tuviera que mendigar amor.

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