—Dame un poco más de tiempo. Voy a terminar con ella.
Alexander me abrazó como si aquella promesa pudiera borrar tres años.
Yo apoyé la cabeza contra su pecho.
—¿Cuánto tiempo?
—Una semana.
Asentí.
—Está bien.
Sentí cómo su cuerpo se relajaba.
Creyó que había ganado.
No sabía que esa misma mañana yo ya había llamado a mi abogado.
Durante nuestro matrimonio, Alexander siempre creyó que Hawthorne Group era exclusivamente suyo porque llevaba su apellido.
Pero había olvidado algo importante.
Cuando su empresa estuvo a punto de quebrar siete años atrás, mi padre había invertido el capital que la salvó.
Después de su muerte, aquellas acciones pasaron a mí.
Yo controlaba el 41% de Hawthorne Group.
Y Alexander necesitaba mi voto para conservar la presidencia.
A la mañana siguiente fingió normalidad.
Me besó la frente antes de marcharse.
—Esta noche cenamos juntos.
—Claro.
Dos horas después recibí un mensaje del investigador privado.
Alexander no había ido a la oficina.
Había ido al apartamento de Ivy.
Las fotografías llegaron poco después.
Ella lo recibió en la puerta.
Alexander la abrazó.
Y alrededor de su cuello estaba el collar comprado en Milán.
Sonreí sin alegría.
La semana que había pedido para “terminar con ella” había durado menos de tres horas.
Pero la verdadera sorpresa llegó aquella tarde.
Mi abogado entró en mi despacho con una carpeta.
—Natalie, encontramos algo.
—¿Qué?
—La empresa del hermano de Ivy.
Alexander no solo la había financiado.
Había utilizado recursos de una subsidiaria de Hawthorne Group para garantizar varios préstamos sin autorización completa del consejo.
Pasé las páginas lentamente.
—¿Cuánto?
—Casi ocho millones.
Lo miré.
—Convoca una reunión extraordinaria de la junta.
—¿Para cuándo?
Cerré la carpeta.
—El viernes.
Alexander volvió a casa esa noche con flores.

—Terminé con Ivy.
Miré las rosas.
Después lo miré a él.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Y cómo reaccionó?
—Lloró. Pero entendió.
Casi admiré su facilidad para mentir.
Me acerqué y acomodé su corbata.
—Entonces podremos empezar de nuevo.
Alexander sonrió.
—Sabía que entrarías en razón.
El viernes llegó convencido de que asistiría a una reunión financiera rutinaria.
Cuando entró a la sala del consejo y me encontró sentada en la cabecera, se detuvo.
—Natalie, ¿qué haces aquí?
—Trabajando.
Su expresión cambió cuando vio a mi abogado.
Sobre cada asiento había una copia de los movimientos financieros relacionados con Ivy y su familia.
—¿Qué significa esto? —preguntó.
—Significa que mientras yo esperaba a mi esposo durante tres años, tú utilizabas una empresa que también me pertenece para financiar otra vida.
Alexander cerró la puerta.
—Podemos hablar de esto en casa.
—Ya no tenemos nada que hablar en casa.
Mi abogado colocó otra carpeta frente a él.
Papeles de divorcio.
Alexander me miró fijamente.
—Me dijiste que empezaríamos de nuevo.
—Y tú me dijiste que habías terminado con Ivy.
Deslicé una fotografía sobre la mesa.
Era él abrazándola aquella misma mañana.
Su rostro perdió el color.
Entonces comenzó la votación.
Por uso indebido de recursos corporativos y ocultamiento de operaciones vinculadas, la junta decidió apartarlo de sus funciones mientras se completaba una investigación independiente.
Alexander se levantó furioso.
—¡Esta compañía lleva mi apellido!
Yo también me puse de pie.
—Pero nunca significó que pudieras tratarla como tu billetera personal.
Me siguió hasta el ascensor.
—Natalie, espera.
Las puertas se abrieron.
—¿Quieres saber lo más triste, Alexander?
Él guardó silencio.
—Si hubieras elegido nuestro matrimonio aquella noche, quizá todavía habría intentado perdonarte.
Entré al ascensor.
—Pero pediste una semana para dejarla y utilizaste esa semana para seguir mintiéndome.
Las puertas comenzaron a cerrarse.
Alexander puso una mano entre ellas.
—Todavía te amo.
Lo miré.
—No. Amabas saber que siempre estaría esperándote.
Apartó lentamente la mano.
—Ya no estoy esperando.
Tres meses después, el divorcio quedó resuelto.
La investigación corporativa obligó a Alexander a devolver fondos vinculados a sus decisiones no autorizadas y perdió definitivamente su cargo ejecutivo.
Su relación con Ivy tampoco sobrevivió.
Cuando desaparecieron los viajes, las propiedades pagadas y la influencia que él había utilizado para sostener aquella fantasía, también desapareció el supuesto amor perfecto.
Yo no celebré su caída.
Simplemente seguí adelante.
Una noche, meses después, desperté sola en mi habitación.
Por costumbre, miré hacia el otro lado de la cama.
Vacío.
Y por primera vez, aquel espacio no me dolió.
Recordé el brazo de Alexander rodeándome la cintura después de tres años.
Aquella forma de abrazar que me había hecho descubrirlo todo.
Entonces comprendí la ironía.
Otra mujer le había enseñado a mi esposo una nueva forma de abrazar.
Pero fue precisamente ese abrazo el que me enseñó a mí cómo soltarlo.
Apagué la lámpara.
Y dormí toda la noche sin esperar que nadie regresara.