Mariana permaneció inmóvil sobre la cama.
Escuchó cómo se abría la puerta principal.
Después, los pasos de Alejandro atravesaron el pasillo.
Uno.
Dos.
Tres.
Cada sonido parecía acercarse directamente a su habitación.
Ofelia bajó la voz.
—Está dormida.
Alejandro respondió:
—¿Seguro que no te vio salir del hospital?
—No. Cree que sigo en observación.
Mariana apretó los ojos.
Entonces oyó el ruido de una puerta cerrándose.
—¿Y la otra mujer? —preguntó Ofelia.
—Está en mi departamento. Mañana por la mañana comenzaremos con los documentos.
Mariana sintió un escalofrío.
La otra mujer no solo pretendía quedarse con sus bienes.
Pretendía convertirse en ella.
—¿Y el médico? —preguntó Ofelia.
—Ya está arreglado.
—¿Y si Mariana consigue escapar?
Hubo un silencio.
Después Alejandro respondió:
—No llegará lejos. Está recién operada.
Mariana dejó de respirar por un instante.
No podía quedarse allí.
Tampoco podía enfrentarlos.
Necesitaba salir sin que supieran que estaba despierta.
Miró alrededor de la habitación.
La ventana daba al pequeño jardín trasero.
Estaba en el primer piso.
No era una salida ideal, pero era la única.
Se levantó lentamente.
Cada movimiento le provocaba molestias, pero consiguió llegar hasta la ventana.
Entonces escuchó la voz de Alejandro al otro lado de la puerta.
—Voy a verla.
Mariana apagó inmediatamente la luz.
Se metió debajo de la cama.
La puerta se abrió.
Alejandro entró.
Permaneció varios segundos observándola.
Mariana podía ver sus zapatos desde el suelo.
Él se acercó.
—Mariana.
Ella no respondió.
Alejandro esperó.
Después dijo algo que le revolvió el estómago.
—Siempre fuiste demasiado confiada.
Se dio la vuelta.
La puerta volvió a cerrarse.
Mariana esperó varios minutos.
Cuando finalmente escuchó el automóvil alejarse, salió de debajo de la cama y abrió la ventana.
Bajó al jardín.
Caminó hasta la calle y siguió avanzando sin mirar atrás.
No tenía teléfono.
No tenía documentos.
No tenía dinero.
Pero tenía algo mucho más importante.
La memoria.
Recordaba el número de su antiguo jefe de la farmacia donde había trabajado durante doce años.
Caminó hasta una pequeña tienda que todavía estaba abierta y pidió utilizar el teléfono.
Cuando su antiguo jefe contestó, apenas reconoció su voz.
—¿Mariana?
—Don Ernesto, necesito ayuda.
El hombre guardó silencio.
—¿Qué pasó?
—Mi esposo intenta hacerme pasar por muerta.
Al otro lado hubo varios segundos de silencio.
—¿Dónde estás?
Mariana le dio la dirección.
—No te muevas de ahí. Voy por ti.
Treinta minutos después, un automóvil viejo se detuvo frente a ella.
Don Ernesto bajó.
Cuando vio su rostro, no hizo preguntas.
Solo abrió la puerta.
—Sube.
Mariana se sentó.
Entonces comenzó a llorar.
No por miedo.
Por alivio.
—Pensé que nadie me creería.
Don Ernesto negó con la cabeza.
—Te conozco desde que tenías veinte años. Sé perfectamente quién eres.
La llevó a una clínica privada donde conocía al administrador.
Mariana explicó lo sucedido.
El médico que la atendió examinó sus documentos digitales disponibles en el sistema hospitalario y confirmó que había sido dada de alta oficialmente esa tarde.
Pero había algo extraño.
Una solicitud de modificación de su expediente había sido presentada pocas horas después.
—¿Quién pidió esto? —preguntó Mariana.
El administrador revisó la pantalla.
Su expresión cambió.
—Un médico del hospital.
—¿Cuál?
Le mostró el nombre.
Mariana lo reconoció.
Era el médico que había firmado parte de su tratamiento.
El mismo que Alejandro había mencionado aquella noche.
Entonces comprendió que no se trataba de una simple conspiración familiar.
Había dinero detrás.
Mucho dinero.
Don Ernesto la ayudó a contactar a un abogado.
A la mañana siguiente, Mariana presentó una denuncia formal y entregó todo lo que recordaba.
Pero todavía necesitaban pruebas.
Entonces recordó su teléfono.
Su bolsa había quedado en el departamento.
Y dentro estaba su celular.
Si Alejandro lo había dejado allí, quizá todavía podía acceder a la información.
El abogado le aconsejó no regresar.
Así que hicieron algo diferente.
Solicitaron a la compañía telefónica que bloqueara el dispositivo y recuperaron parte de sus registros.
Aparecieron varias llamadas.
Una de ellas era de Alejandro.
Otra, de Ofelia.
Y había un número que Mariana no reconocía.
El abogado lo rastreó.
Pertenecía a una empresa inmobiliaria.
Mariana sintió un escalofrío.
—¿Qué tiene que ver una inmobiliaria?
El abogado revisó los registros.
—Tu departamento fue puesto a la venta hace tres semanas.
—¿Tres semanas?
—Sí.
Mariana se quedó inmóvil.
Eso significaba que el plan había comenzado mucho antes de aquella cena.
Su esposo llevaba semanas preparando su desaparición.
Pero había algo todavía peor.
El abogado encontró una copia del contrato.
La propiedad estaba siendo vendida utilizando una autorización que supuestamente había firmado Mariana.
—Yo jamás firmé esto.
—Lo sé.
—Entonces falsificaron mi firma.
—Parece que sí.
Mariana miró el documento.
Reconoció inmediatamente la tinta azul.
Era el mismo bolígrafo que Alejandro siempre guardaba en el escritorio.
Y entonces recordó algo.
Meses antes, Alejandro le había pedido que firmara varios papeles relacionados con una supuesta refinanciación.
Ella había firmado algunos documentos.
Pero nunca aquel.
El abogado levantó la vista.
—Necesitamos conseguir los originales.
—Están en mi departamento.
—Entonces tendremos que entrar legalmente.
Dos días después, la policía acompañó a Mariana al edificio.
Alejandro no estaba.
La puerta fue abierta con autorización judicial.
Mariana entró.
Todo parecía exactamente igual.
La mesa.
Las fotografías.
Los libros.
Las flores que había comprado antes de ingresar al hospital.
Pero el armario del estudio estaba abierto.
Y faltaba una caja metálica.
—¿Qué guardabas ahí? —preguntó el abogado.
—Mis documentos personales.
Revisaron el resto de la habitación.
Finalmente encontraron la caja escondida detrás de una estantería.
Dentro estaban sus escrituras originales.
Sus documentos bancarios.
Y algo que Mariana jamás había visto.
Un segundo juego de documentos.
Todos preparados para transferir sus propiedades.
Todos con su firma falsificada.
El abogado los fotografió.
—Esto cambia todo.
Pero Mariana seguía pensando en una cosa.
—¿Dónde está la mujer?
El abogado entendió inmediatamente.
—La que viste con Alejandro.
—Sí.
—Si realmente está utilizando tu identidad, tendremos que encontrarla.
Esa misma noche recibieron una llamada.
Era de la policía.
Habían localizado a la mujer.
Estaba en un departamento alquilado a nombre de Alejandro.
Mariana acudió con su abogado.
Cuando la puerta se abrió, vio a la mujer por primera vez de cerca.
La desconocida llevaba el cabello prácticamente igual al suyo.
Incluso tenía una pequeña cicatriz artificial junto a la ceja.
Mariana sintió un vacío en el estómago.
—¿Quién eres?
La mujer no respondió.
El abogado se acercó.
—¿Cómo te llamas?
Ella finalmente habló.
—Marian Castañeda.
Mariana sintió que la sangre se le helaba.
—Ese es mi nombre.
La mujer bajó la mirada.
Entonces empezó a llorar.
—No quería hacerlo.
Mariana la miró fijamente.
—¿Qué te prometieron?
La mujer tardó unos segundos.
—Dinero.
—¿Cuánto?
—Cien mil pesos.
—¿Y qué tenías que hacer?
—Aprender tu vida.
Mariana permaneció en silencio.
La mujer continuó:

—Tu esposo me dio fotografías. Tus documentos. Tus horarios. Grabaciones de tu voz. Me llevó a tu departamento varias veces cuando estabas en el hospital.
Cada palabra confirmaba lo que Mariana ya sospechaba.
—¿Y después?
—Después debía firmar como tú.
—¿Para qué?
La mujer empezó a llorar más fuerte.
—Para venderlo todo.
Mariana cerró los ojos.
El plan era mucho más grande que el departamento.
Querían quedarse con sus cuentas.
Sus propiedades.
Sus ahorros.
Y cualquier seguro que pudieran cobrar después de declararla incapacitada o desaparecida.
Pero faltaba una pieza.
—¿Quién organizó todo?
La mujer no respondió.
El abogado la presionó.
—Si quieres colaborar, este es el momento.
La mujer levantó lentamente la cabeza.
—Ofelia.
Mariana se quedó inmóvil.
—¿Mi suegra?
—Ella fue quien me encontró.
—¿Y Alejandro?
—Él pagó.
Mariana sintió una tristeza extraña.
Durante seis años había considerado a Ofelia una segunda madre.
La había acompañado al médico.
Le había preparado comida.
Incluso había cuidado de ella cuando tuvo una operación.
Y mientras Mariana hacía todo eso, Ofelia estaba planeando cómo reemplazarla.
La policía obtuvo entonces una orden para revisar las cuentas relacionadas.
Los movimientos financieros revelaron pagos a la falsa Mariana.
También aparecieron transferencias del supuesto préstamo.
Y una cuenta adicional a nombre de Fernanda, hermana de Alejandro.
Mariana frunció el ceño.
—¿Fernanda?
El abogado la miró.
—¿La conoces?
—Es la hermana de Alejandro.
Entonces todo encajó.
Fernanda había ayudado a crear los documentos.
Ofelia había conseguido la identidad falsa.
Alejandro había organizado el dinero.
Y el médico había preparado la parte hospitalaria.
Era una operación familiar.
Pero todavía quedaba una pregunta.
¿Por qué querían que Mariana desapareciera justo ahora?
El abogado encontró la respuesta en los registros bancarios.
Tres días antes de su hospitalización, Mariana había heredado acciones de una pequeña empresa farmacéutica de su padre.
El valor había aumentado considerablemente.
Mucho más de lo que ella sabía.
Su esposo se había enterado antes que ella.
La cena romántica no era una celebración de amor.
Era la celebración de una herencia.
Y la mujer que estaba sentada frente a él no era una amante.
Era la sustituta que debía ocupar el lugar de Mariana después de su desaparición.
Una semana después, Alejandro, Ofelia, Fernanda y el médico fueron detenidos y enfrentaron cargos relacionados con fraude, falsificación y conspiración.
La investigación también descubrió que habían intentado vender otras propiedades utilizando documentos falsificados.
El plan llevaba meses preparándose.
Pero falló por una razón sencilla.
Mariana regresó tres días antes.
Durante el juicio, Alejandro intentó acercarse a ella.
—Mariana, nunca quise hacerte daño.
Ella lo miró.
—Querías que desapareciera.
—No fue así.
—Te escuché.
Él bajó la cabeza.
—Estaba desesperado.
Mariana soltó una pequeña risa.
—No.
Lo miró por última vez.
—Estabas convencido de que nunca descubriría lo que eras.
No volvió a hablarle.
Meses después, Mariana vendió el departamento.
No porque tuviera miedo.
Sino porque ya no quería que ningún rincón de aquella casa le recordara los seis años que había entregado a un hombre que había intentado borrarla de su propia vida.
Con parte del dinero abrió una pequeña farmacia junto a Don Ernesto.
En la entrada colocó una placa sencilla.
“Farmacia Castañeda”.
Una tarde, mientras organizaba medicamentos detrás del mostrador, recibió una llamada.
Era del abogado.
—Mariana, ya salió la resolución sobre tus propiedades.
—¿Y?
—Recuperaste todo.
Mariana cerró los ojos.
Todo.
La casa.
Las cuentas.
La herencia.
Los documentos.
Su nombre.
Pero lo más importante no estaba en ninguna cuenta bancaria.
Era la tranquilidad de saber que nunca volvería a permitir que alguien decidiera cuánto valía su vida.
Colgó.
Don Ernesto la miró desde la otra esquina.
—¿Buenas noticias?
Mariana sonrió.
—Por fin.
—¿Qué vas a hacer ahora?
Ella miró el letrero de la farmacia.
Después observó la luz de la tarde entrando por la ventana.
—Vivir.
Y por primera vez en seis años, esa palabra no le pareció una promesa.
Le pareció una libertad.