No levanté la mirada.
No podía hacerlo.
Si Luca estaba vivo, cualquier gesto mío podía arruinarlo todo.
Seguí sosteniendo la rosa blanca mientras Wendy continuaba hablando con los familiares, convencida de que su hijo estaba muerto y de que yo estaba demasiado destruida para defenderme.
—Después de todo lo que hicimos por ella —dijo Wendy—, todavía tuvo el descaro de quedarse con él hasta el final.
Una de las tías de Luca suspiró.
—Pobre muchacho. Siempre fue demasiado bueno con ella.
Otra mujer añadió:
—Y ahora seguramente querrá quedarse con la empresa.
Wendy sonrió.
—No se preocupen. Ya tenemos todo preparado.
Todo preparado.
Aquellas dos palabras me hicieron comprender que la muerte de Luca no era el comienzo de su plan.
Era el final de uno que llevaba meses desarrollándose.
Miré discretamente hacia el ataúd.
Luca seguía inmóvil.
Pero yo conocía nuestra señal.
Dos golpes.
Pausa.
Uno.
Callar. Confiar en mí.
Así que obedecí.
Un sacerdote se acercó al altar y pidió silencio.
La ceremonia continuó.
Hablaron de Luca como si hubiera sido un hombre derrotado.
Como si hubiera perdido su fortuna.
Como si hubiera perdido su empresa.
Como si yo hubiera sido la causa de todo.
Pero cada palabra quedaba registrada.
Lo sabía porque, antes de entrar en aquella capilla, había colocado personalmente el dispositivo que estaba transmitiendo las conversaciones.
Luca y yo llevábamos tres meses preparando aquella operación.
Todo comenzó cuando él descubrió que alguien estaba desviando dinero de Sterling Global.
Al principio creyó que se trataba de un empleado.
Después encontró una sociedad registrada en Delaware.
Luego otra en las Islas Caimán.
Y finalmente una tercera empresa que parecía no tener ninguna relación con Sterling Global.
Pero sí la tenía.
Todas recibían dinero de contratos que nunca se habían ejecutado.
Millones.
Luca contrató una auditoría interna.
La auditoría desapareció.
Contrató otra.
El director financiero renunció dos días después.
Entonces me llamó.
—Jessi, necesito que vuelvas a hacer algo que juraste que nunca volverías a hacer.
—¿Qué?
—Seguir el dinero.
Acepté.
Y tardé menos de dos semanas en encontrar el nombre de Flynn Vance.
El hermano de Wendy.
El hombre que acababa de acusarme públicamente de haber destruido a Luca.
Pero Flynn no estaba solo.
Había transferencias que terminaban en cuentas vinculadas a una organización benéfica.
La organización estaba dirigida por un primo de Luca.
Y después descubrimos algo todavía peor.
Una parte del dinero terminaba en una cuenta controlada por Wendy.
Cuando Luca la enfrentó, ella negó todo.
Dijo que alguien estaba intentando destruir a la familia.
Dos días después, Luca sufrió un supuesto accidente automovilístico.
Sobrevivió.
Pero el médico que lo atendió encontró algo extraño en sus análisis.
No era una lesión normal.
Alguien había intentado debilitarlo durante semanas.
Luca comprendió entonces que ya no podía confiar en nadie.
Ni siquiera en su propia familia.
Por eso fingimos su muerte.
El plan era sencillo.
Luca desaparecería.
Yo asistiría al funeral.
Wendy y Flynn creerían que habían ganado.
Y nosotros observaríamos quién intentaba apropiarse de sus bienes antes de que el cuerpo siquiera fuera enterrado.
Pero había una cosa que no habíamos previsto.
La crueldad con la que Wendy utilizaría aquel funeral para destruirme públicamente.
El sacerdote terminó el discurso.
Entonces Wendy caminó hasta el frente.
Tomó el micrófono.
—Como madre, solo puedo decir una cosa —declaró—. Luca merecía una vida mejor.
Todos guardaron silencio.
—Merecía una esposa que lo apoyara.
Sus ojos se clavaron en mí.
—No una mujer que lo llevara a la ruina.
Un murmullo recorrió la capilla.
Yo no respondí.
Wendy continuó.
—Por respeto a mi hijo, hoy no hablaré de las pruebas que tenemos.
Aquello hizo que varios periodistas levantaran la cabeza.
Pruebas.
Qué conveniente.
Entonces Flynn se puso de pie.
—Yo sí hablaré.
Caminó hasta el micrófono con una carpeta negra.
—Durante los últimos meses, Luca descubrió que su esposa había realizado transferencias desde cuentas familiares hacia empresas desconocidas.
Mentira.
Yo nunca había realizado aquellas transferencias.
Precisamente por eso llevaba semanas esperando que cometieran ese error.
Flynn abrió la carpeta.
—Tenemos documentos.
El abogado de la familia se levantó.
—Señora Jessi, deberá acompañarnos después de la ceremonia para firmar una declaración sobre la administración temporal del patrimonio.
Sonreí por primera vez.
—No.
La capilla quedó en silencio.
El abogado parpadeó.
—¿Cómo dice?
—He dicho que no voy a firmar nada.
Wendy dio un paso hacia mí.
—¿Todavía no entiendes que Luca ha muerto?
La miré.
—Entiendo perfectamente lo que ustedes creen.
Su expresión cambió apenas un segundo.
Entonces sonó un teléfono.
El abogado lo contestó.
Escuchó durante unos segundos.
Luego palideció.
—¿Qué ocurre? —preguntó Wendy.
Él no respondió.
Solo miró hacia el ataúd.
Yo también.
Y entonces escuchamos algo.
Un golpe.
Seco.
Desde el interior.
La capilla entera quedó congelada.
Un segundo después…
otro golpe.
Wendy retrocedió.
—¿Qué fue eso?
Flynn dejó caer la carpeta.
—Imposible.
El sacerdote dio un paso atrás.
Alguien gritó.
Los familiares comenzaron a levantarse.
Yo permanecí inmóvil.
Porque sabía exactamente lo que iba a ocurrir.
La tapa del ataúd comenzó a moverse.
Primero unos centímetros.
Después un poco más.

Y finalmente apareció la mano de Luca.
Se apoyó en el borde.
Su rostro estaba pálido, pero sus ojos estaban completamente abiertos.
Vivos.
La capilla explotó en gritos.
Wendy se quedó sin color.
—No…
Luca se incorporó lentamente.
Miró a su madre.
Después a Flynn.
Y finalmente a mí.
—Mamá —dijo con una voz débil pero perfectamente clara—. ¿Podrías repetir delante de todos lo que acabas de decir?
Wendy no respondió.
Flynn retrocedió.
—Esto es una locura.
Luca bajó del ataúd.
Dos agentes vestidos de civil aparecieron inmediatamente por las puertas laterales.
Después entraron varios policías.
La música dejó de sonar.
Los periodistas levantaron sus teléfonos.
Y uno de los agentes mostró una identificación.
—Wendy Sterling, Flynn Vance, están detenidos mientras se ejecutan las órdenes correspondientes.
Wendy comenzó a gritar.
—¡No pueden hacer esto! ¡Mi hijo está muerto!
Luca la miró.
—Ese era exactamente el problema.
Ella se quedó paralizada.
El agente continuó:
—Tenemos registros bancarios, comunicaciones, grabaciones y documentación suficiente para solicitar órdenes de arresto por fraude financiero, conspiración y otros delitos relacionados.
Flynn intentó caminar hacia la salida.
Dos agentes lo detuvieron.
—¡Luca! —gritó Wendy—. ¡Soy tu madre!
Él permaneció en silencio.
Entonces respondió:
—Y por eso fue mucho más difícil aceptar lo que encontré.
Wendy empezó a llorar.
Pero Luca no se acercó.
Yo tampoco.
Había imaginado muchas veces aquel momento.
Nunca pensé que sentiría tan poco.
No alegría.
No venganza.
Solo alivio.
Sin embargo, mientras los agentes se llevaban a Wendy, uno de ellos se acercó a Luca y le entregó una bolsa de evidencia.
Dentro había varios documentos.
Luca los miró.
Su expresión cambió.
—Jessi.
Me acerqué.
—¿Qué?
Me entregó uno de los papeles.
Era una transferencia bancaria.
La fecha era de tres días antes de que él fingiera su muerte.
El destinatario no era Wendy.
Ni Flynn.
Ni ningún miembro de su familia.
Era una empresa que ninguno de nosotros conocía.
—¿Qué significa esto? —pregunté.
Luca negó lentamente con la cabeza.
—No lo sé.
El agente que estaba a nuestro lado intervino.
—Nosotros sí tenemos una idea.
Nos mostró una segunda página.
Había una firma.
Una firma que reconocí inmediatamente.
Me quedé helada.
—Eso no puede ser.
Luca tomó el documento.
La miró durante varios segundos.
Luego levantó los ojos hacia mí.
—Jessi…
—¿Qué?
—Esta firma pertenece a la persona que tú y yo creíamos que era nuestra aliada.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Porque la persona que había firmado aquella transferencia…
era alguien que había estado ayudándonos desde el primer día.
Alguien que conocía cada detalle del plan.
Alguien que sabía que Luca estaba vivo.
Y que, aparentemente, había estado jugando un juego mucho más peligroso que el de Wendy.
Luca cerró lentamente la carpeta.
—El funeral terminó —susurró.
Miró hacia las puertas por donde acababan de sacar a su madre.
—Pero ahora empieza la verdadera investigación.
Y cuando vi el nombre de aquella persona en la última página, comprendí que quizá habíamos fingido la muerte de Luca para atrapar a la familia equivocada.