PARTE 2: EL SECRETO QUE CLARA HABÍA ESTADO PROTEGIENDO

Alejandro se quedó mirando a Mateo.

—¿Qué quieres decir con que estaba tratando de pedir ayuda?

El niño se limpió las lágrimas con la manga.

—Doña Ernestina dijo que no podía salir.

Alejandro sintió un escalofrío.

—¿Cuándo?

Mateo miró a Leo antes de responder.

—Hoy.

—¿Por qué no podía salir?

Leo empezó a llorar otra vez.

—Porque ella sabía que tú no estabas.

Alejandro no entendió.

—¿Quién sabía que yo no estaba?

—Doña Ernestina.

Aquella respuesta cambió algo dentro de él.

Alejandro levantó lentamente la cabeza.

Durante años había confiado en Ernestina más que en cualquier otra persona de la casa. Ella había trabajado para su familia desde antes de que él se casara con Lucía. Había cuidado a los gemelos durante su enfermedad, organizado la casa después del funeral y permanecido allí incluso cuando otros empleados renunciaron.

Nunca había cuestionado sus decisiones.

Nunca había preguntado demasiado.

Y quizá ese había sido su error.

—Mateo, dime exactamente qué pasó.

El niño bajó la mirada.

—Clara quería llamarte.

—¿Para qué?

—Porque escuchó a Doña Ernestina hablando con un señor.

Alejandro sintió que el corazón le daba un golpe.

—¿Qué señor?

Mateo negó con la cabeza.

—No sé.

Leo intervino con una voz pequeña:

—Era el señor que viene cuando tú no estás.

Alejandro se quedó inmóvil.

—¿Lo han visto antes?

Los gemelos asintieron.

—¿Dónde?

—En la oficina de mamá —respondió Mateo.

Aquella frase fue suficiente para que Alejandro se pusiera de pie.

La oficina de Lucía llevaba casi tres años cerrada.

Desde su muerte, nadie había entrado allí salvo él.

O eso creía.

—¿Clara entraba a esa habitación?

Mateo volvió a asentir.

—A veces.

—¿Por qué?

—Para limpiar.

Alejandro cerró los ojos.

De pronto recordó algo que había ignorado durante meses.

Clara siempre pedía permiso antes de entrar en ciertas habitaciones.

Nunca tocaba sus documentos.

Nunca movía sus libros.

Pero una vez, aproximadamente dos semanas después de haberla contratado, él la encontró frente a la puerta de la antigua oficina de Lucía.

—¿Necesitas algo? —le había preguntado.

Ella había palidecido.

—No, señor. Solo estaba limpiando.

Él no le dio importancia.

Ahora aquella escena regresaba a su memoria con un significado completamente distinto.

Un médico salió de urgencias.

Alejandro se acercó inmediatamente.

—¿Cómo está?

—Está estable.

Alejandro soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—¿Qué le pasó?

—Presenta una combinación de deshidratación, agotamiento y una presión arterial peligrosamente baja. Necesitamos hacerle más estudios.

—¿Es grave?

—Podría haberlo sido si hubiera tardado más en recibir atención.

Alejandro bajó la mirada.

—¿Puedo verla?

—En unos minutos.

El médico se marchó.

Alejandro se quedó en el pasillo mientras los gemelos se abrazaban a sus piernas.

Por primera vez desde la muerte de Lucía, sintió algo parecido a culpa.

No había sabido que Clara estaba enferma.

No había sabido que se había desmayado dos veces.

No había sabido que sus hijos la consideraban parte de su familia.

Y tampoco había sabido que alguien dentro de su propia casa estaba impidiéndole pedir ayuda.

Cuando finalmente le permitieron entrar, Clara estaba despierta.

Tenía los ojos cerrados.

Al escuchar sus pasos, los abrió lentamente.

—Señor Montes…

—No me llames así.

Ella intentó incorporarse.

Alejandro levantó una mano.

—No te muevas.

Clara obedeció.

Durante unos segundos ninguno habló.

—Los niños están bien —dijo Alejandro.

Los ojos de Clara se llenaron de alivio.

—¿Están contigo?

—Sí.

Ella respiró despacio.

—Gracias.

Alejandro acercó una silla.

—Necesito saber qué ocurrió.

Clara permaneció en silencio.

—Ernestina me dijo que te habías sentido mal varios días.

Clara cerró los ojos.

—No quería causarle problemas.

—¿Problemas?

—Necesito este trabajo.

—Eso no responde mi pregunta.

Clara apretó las manos sobre la sábana.

—Hay cosas que usted no sabe sobre esta casa.

Alejandro sintió que algo se tensaba en su pecho.

—Entonces cuéntamelas.

Clara miró hacia la puerta.

—No aquí.

—¿Por qué?

—Porque no sé en quién puedo confiar.

Aquella frase hizo que Alejandro se levantara.

—¿Crees que alguien te está vigilando?

Clara no respondió.

No necesitaba hacerlo.

Su silencio fue suficiente.

—¿Ernestina?

Clara tragó saliva.

—No quiero acusar a nadie sin pruebas.

—Pero sabes algo.

—Sí.

Alejandro se inclinó hacia ella.

—¿Qué sabes?

Clara miró hacia el pasillo.

—Que su esposa no murió dejando todo como usted cree.

Alejandro se quedó completamente inmóvil.

Lucía.

Tres años.

Tres años intentando aceptar que el cáncer había terminado con la vida de la mujer que amaba.

Tres años guardando sus fotografías.

Tres años evitando su oficina.

—¿Qué tiene que ver Lucía con esto?

Clara dudó.

—Mucho.

—Explícate.

—Cuando llegué a trabajar aquí, encontré algo en la oficina de su esposa.

—¿Qué?

—Una caja.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué había dentro?

Clara negó con la cabeza.

—No puedo decirlo todavía.

—Clara.

—Porque si se lo digo sin mostrarle la prueba, usted no me creerá.

Alejandro dio un paso atrás.

—¿Por qué no iba a creerte?

Clara lo miró directamente.

—Porque usted confía en las personas equivocadas.

Aquella frase dolió.

No porque fuera una acusación.

Sino porque probablemente era verdad.

Una enfermera entró para revisar el suero.

Alejandro salió de la habitación.

Encontró a Mateo sentado en una banca junto a Leo.

—Papá.

—¿Sí?

—¿La tía Clara va a volver?

Alejandro se agachó frente a ellos.

—Sí.

Mateo lo miró seriamente.

—¿De verdad?

—De verdad.

Leo abrazó su cuello.

—Ella nos cuida.

Alejandro acarició su cabello.

—Lo sé.

Mateo bajó la voz.

—Ella también cuida las cosas de mamá.

Alejandro levantó la mirada.

—¿Qué cosas?

El niño miró alrededor antes de responder.

—Las que Doña Ernestina quiere encontrar.

Aquello fue suficiente.

Alejandro llamó a su abogado.

—Necesito que hagas algo por mí.

—Dime.

—Quiero una copia de todos los movimientos bancarios de la casa durante los últimos tres años.

—¿Hay algún problema?

—Todavía no lo sé.

Hizo una pausa.

—Pero quiero saber quién ha tenido acceso a mis cuentas, a las de Lucía y a cualquier fondo relacionado con los niños.

—Lo revisaré.

—Y una cosa más.

—¿Qué?

—No se lo digas a nadie.

Alejandro colgó.

Después llamó a su director de seguridad.

—Quiero todas las grabaciones de las cámaras de la residencia de los últimos seis meses.

—Señor, el sistema solo conserva treinta días.

—Entonces recupera lo que exista.

—Sí, señor.

—Y necesito saber quién ha entrado en la oficina de Lucía desde que murió.

Hubo un silencio.

—¿Quiere que investiguemos a alguien en particular?

Alejandro miró hacia la puerta de la habitación donde estaba Clara.

—Todavía no.

Una hora después, un hombre de seguridad llegó al hospital con una tableta.

—Señor Montes, encontramos algo.

Alejandro tomó el dispositivo.

Era una grabación de dos meses atrás.

La cámara mostraba el pasillo de la antigua oficina de Lucía.

A las 11:43 de la noche, Ernestina apareció.

Miró a ambos lados.

Sacó una llave.

Abrió la puerta.

Alejandro sintió que se le helaba la sangre.

—¿Quién más tenía esa llave?

—Según nuestros registros, usted y la señora Lucía.

—¿Y Ernestina?

—No debería tenerla.

La grabación continuó.

Ernestina entró.

Veinte minutos después apareció un hombre.

No llevaba uniforme.

No era empleado.

Alejandro pausó el video.

—Amplía la imagen.

El hombre levantó ligeramente el rostro.

Alejandro dejó de respirar.

Conocía esa cara.

Era el mismo hombre que había estado visitando a Lucía durante los últimos meses antes de su muerte.

El médico que Alejandro había visto una sola vez y que Lucía le había dicho que era un especialista.

Pero había algo que no encajaba.

Ese hombre había muerto seis meses antes que Lucía.

Alejandro retrocedió un paso.

—Eso es imposible.

El guardia lo miró.

—¿Lo conoce?

—Sí.

—¿Quién es?

Alejandro no respondió.

Porque en ese momento recibió una llamada de su abogado.

—Alejandro, encontramos transferencias.

—¿De cuánto?

—Más de lo que imaginabas.

—¿A dónde fueron?

Hubo un silencio al otro lado.

—A tres empresas.

—¿De quién?

—Eso es lo extraño.

—¿Qué?

—Las tres están vinculadas a una persona que tú conoces.

Alejandro apretó el teléfono.

—Dime el nombre.

Su abogado respiró profundamente.

—Lucía Montes.

Alejandro sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—Eso no puede ser.

—Las empresas fueron creadas antes de su muerte.

—¿Y quién las administraba?

—No aparece ningún administrador público.

—Entonces encuentra quién movía el dinero.

—Ya lo hicimos.

Alejandro cerró los ojos.

—¿Quién?

La respuesta llegó en voz baja.

—Ernestina.

El mundo pareció quedarse en silencio.

Alejandro miró nuevamente la grabación.

Ernestina entrando en la oficina.

El hombre muerto.

La puerta cerrándose.

Y de repente recordó las palabras de Clara:

“Su esposa no murió dejando todo como usted cree.”

En ese momento escuchó pasos detrás de él.

Era Mateo.

El niño sostenía algo pequeño entre las manos.

—Papá…

Alejandro se giró.

—¿Qué tienes?

Mateo abrió lentamente la mano.

Era una pequeña llave plateada.

—La tía Clara me dijo que te la diera si ella no podía levantarse.

Alejandro la tomó.

—¿Dónde estaba?

—Debajo de su cama.

—¿Y qué abre?

Mateo negó con la cabeza.

—No sé.

Entonces el niño añadió algo que hizo que Alejandro sintiera un frío profundo.

—Pero la tía Clara dijo que cuando encontraras esta llave, fueras a la habitación de mamá.

Alejandro miró hacia la pantalla.

Después miró la llave.

Y por primera vez en tres años, abrió personalmente la puerta de la habitación de Lucía.

Todo estaba exactamente como lo había dejado.

El escritorio.

Los libros.

Las fotografías.

El perfume.

El viejo piano.

Alejandro caminó lentamente hasta el armario.

Probó la llave en el primer cajón.

No funcionó.

Segundo.

Nada.

Tercero.

La cerradura hizo clic.

Dentro había una caja de madera.

Encima había una fotografía de Lucía sosteniendo a los gemelos cuando tenían apenas unos meses.

Y detrás de la fotografía había una nota escrita a mano.

Alejandro la abrió.

Solo decía:

“Si estás leyendo esto, significa que finalmente entendiste que mi muerte no fue el principio de esta historia.”

Alejandro dejó de respirar.

Debajo había otra línea.

“Busca a Clara Mendoza. Ella conoce la verdad sobre quién intentó quedarse con mis hijos… y sobre quién estuvo conmigo la última noche.”

Alejandro levantó la mirada.

En ese instante su teléfono comenzó a sonar.

Era el hospital.

Contestó inmediatamente.

—¿Sí?

La voz de la enfermera sonó alterada.

—Señor Montes, necesitamos que regrese al hospital.

—¿Qué ocurrió?

—La señora Clara acaba de despertar completamente.

—¿Está bien?

—Sí, pero pidió verlo inmediatamente.

Alejandro sintió alivio.

Hasta que la enfermera añadió:

—Y hay otra cosa.

—¿Qué?

—Dijo que alguien acaba de entrar a su habitación preguntando por ella.

Alejandro apretó la fotografía de Lucía entre los dedos.

—¿Quién?

La enfermera guardó silencio durante un segundo.

—Dijo ser un familiar suyo.

Alejandro sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—¿Qué nombre dio?

La respuesta hizo que su rostro perdiera todo el color.

—Dijo que se llamaba Lucía Montes.

La misma mujer que llevaba tres años enterrada.

Y por primera vez, Alejandro comprendió que quizá la pregunta nunca había sido por qué Clara protegía tanto a sus hijos.

La verdadera pregunta era otra:

¿Qué había visto Clara aquella noche que alguien estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para mantener oculto?

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