PARTE 2: EL MATRIMONIO QUE ÉL NUNCA IMAGINÓ

Aquel mensaje de mi padre permaneció en mi pantalla durante casi un minuto.

“El hijo de la familia Hayes llega hoy a cenar. Si aceptas el matrimonio, debemos hablar de la luna de miel. Nueva Zelanda sigue disponible para la próxima semana.”

Ethan seguía sentado frente a mí, mostrándome fotografías de vestidos que costaban más que mi antiguo salario de varios meses.

—Este te quedaría perfecto —dijo, deslizando el dedo por la pantalla—. Mira el bordado.

No respondí.

—Ava.

—¿Sí?

—Te estoy hablando.

Levanté la mirada.

—Lo sé.

—¿Por qué estás tan distraída?

Lo observé durante unos segundos.

Qué extraño.

Durante diez años había aprendido a interpretar cada pequeño cambio en su rostro. Sabía cuándo estaba preocupado, cuándo estaba cansado, cuándo quería estar solo y cuándo necesitaba que lo abrazara.

Pero esa mañana descubrí que ya no quería saber nada de eso.

—Estoy pensando en la boda.

Su expresión se suavizó inmediatamente.

—Por fin.

Sonrió.

—Sabía que esto te haría feliz.

No dije nada.

Ethan tomó mi mano.

—Ava, después de tantos años, quiero darte una boda perfecta.

Retiré los dedos lentamente.

—¿Perfecta para quién?

Frunció el ceño.

—Para nosotros.

—Entiendo.

Me levanté.

—Tengo que salir.

—¿Adónde?

—A casa de mis padres.

Su sonrisa desapareció.

—¿Ahora?

—Sí.

—Pensé que hoy íbamos a hablar de los preparativos.

Lo miré.

—Habrá tiempo.

No sabía que aquella sería la última vez que Ethan me hablaría como si nuestra boda fuera un hecho.

Aquella tarde llegué a la residencia de mis padres.

Mi madre fue quien abrió la puerta.

Me miró una vez y supo que algo había cambiado.

—¿Aceptaste?

Asentí.

—Sí.

Mi padre apareció detrás de ella.

—Entonces tendremos que conocerlo.

—No.

Ambos se quedaron en silencio.

—No quiero que conozcan a Ethan todavía.

Mi madre frunció el ceño.

—Ava, si vas a casarte con el hijo de los Hayes, necesitas saber exactamente qué estás haciendo.

—Lo sé.

Mi padre me estudió.

—¿Estás segura de que no estás tomando esta decisión por despecho?

Aquella pregunta me dolió.

Porque era exactamente lo que yo misma me había preguntado durante toda la noche.

Negué con la cabeza.

—No.

Respiré profundamente.

—Estoy tomando esta decisión porque durante diez años confundí paciencia con amor.

Mi madre se acercó.

—¿Qué pasó?

Entonces les conté todo.

La boda de Lily.

El vestido.

El video.

Los mensajes.

La propuesta.

La frase de Ethan.

“Me di cuenta de que, si perdí a la mujer con la que más quería casarme, casarme con cualquiera da igual.”

Mi madre cerró los ojos.

Mi padre permaneció inmóvil.

Cuando terminé, ninguno habló durante varios segundos.

Finalmente mi padre preguntó:

—¿Quieres que cancele la reunión con Hayes?

—No.

—¿Por qué?

—Porque quiero conocerlo.

Mi padre arqueó una ceja.

—¿Al futuro esposo que acabas de aceptar?

—Quiero saber qué clase de hombre es.

Mi madre me tomó de la mano.

—¿Y si no funciona?

Sonreí por primera vez en varios días.

—Entonces no funcionará.

—¿Y si él tampoco te quiere?

—Entonces estaremos en paz.

Mi padre soltó una risa breve.

—Por fin estás pensando como mi hija.

Aquella noche conocí a Daniel Hayes.

Tenía treinta y dos años, era el hijo mayor de una familia que controlaba una de las mayores firmas de inversión de la costa este y, según mi padre, llevaba años rechazando matrimonios concertados.

Cuando entró al salón, esperaba encontrar a un hombre arrogante.

No lo era.

Llevaba un traje oscuro, pero no parecía interesado en impresionar a nadie.

Se sentó frente a mí y dijo directamente:

—Sé por qué estamos aquí.

—Yo también.

—Entonces no voy a fingir.

Lo miré.

—¿Qué quieres?

Daniel respondió sin pensarlo:

—Libertad.

Aquella respuesta me sorprendió.

—¿Libertad?

—Mi familia quiere que me case con alguien que pueda fortalecer nuestros negocios. Tu familia quiere lo mismo para ti. Si aceptamos, ambos obtenemos algo.

—¿Y qué obtienes tú?

—La posibilidad de dejar de escuchar a mi madre decirme con quién debería casarme.

No pude evitar sonreír.

—Eso suena razonable.

Daniel me observó.

—¿Y tú?

—Quiero empezar de nuevo.

—¿Por qué?

Permanecí en silencio unos segundos.

—Porque pasé diez años esperando que alguien me eligiera.

Daniel no preguntó más.

Solo dijo:

—Entonces no esperes.

Levanté la mirada.

—¿Qué?

—Si nos casamos, nunca tendrás que esperar a que yo decida si te quiero en mi vida.

Aquella frase fue tan sencilla que casi me hizo llorar.

Porque Ethan había necesitado diez años para decidir.

Daniel necesitó menos de diez minutos para decirme exactamente dónde estaba parado.

Aceptamos el compromiso esa misma noche.

Y por primera vez en mi vida, una decisión matrimonial no me produjo miedo.

Cuando regresé a casa, Ethan estaba esperando en la sala.

Había comprado flores.

Docenas.

Rosas blancas.

Sobre la mesa había una caja enorme.

—Te preparé una sorpresa.

Lo miré.

—¿Qué es?

—Ábrela.

Dentro había un collar de diamantes.

—Para nuestra boda.

Lo observé.

Era precioso.

Pero no sentí nada.

—Gracias.

Ethan sonrió.

—Sabía que te gustaría.

—Ethan.

—¿Sí?

—Tenemos que hablar.

Se sentó.

—¿Qué ocurre?

Respiré.

—Acepté casarme.

Su rostro se iluminó.

—Lo sabía.

—Pero no contigo.

La sonrisa desapareció.

Completamente.

—¿Qué?

—Voy a casarme con Daniel Hayes.

Durante varios segundos, Ethan no reaccionó.

Después soltó una risa.

—¿Qué clase de broma es esta?

—No es una broma.

—Ava, deja de hacerte la orgullosa.

Se levantó.

—¿Estás enfadada porque te di el vestido a Lily? Ya te dije que te compraría otro.

—No es el vestido.

—Entonces, ¿qué?

—Tú.

Su expresión cambió.

—¿Yo?

—Sí.

Puse mi teléfono sobre la mesa.

Abrí el mensaje que había recibido aquella madrugada.

Luego reproduje el video de la boda de Lily.

Ethan palideció.

—¿Dónde conseguiste eso?

—Tu teléfono estaba desbloqueado.

—Ava…

—No necesito explicaciones.

—Puedo explicarlo.

—No.

Lo interrumpí.

—Ya entendí perfectamente.

Se acercó.

—Fue un error.

—Intentaste detener una boda.

—Yo estaba confundido.

—Intentaste robarle el día a otra mujer.

—Yo la amaba.

Aquella frase me dolió.

Pero ya no como antes.

Ahora solo confirmó lo que necesitaba saber.

—Entonces debiste casarte con ella.

Ethan se quedó inmóvil.

—No quiso.

—Ese no es mi problema.

Su mandíbula se tensó.

—¿Y por eso vas a casarte con otro hombre?

—No.

Negué.

—Voy a casarme con otro hombre porque quiero dejar de ser tu segunda opción.

—Nunca fuiste una segunda opción.

Lo miré directamente.

—Anoche escribiste que casarte conmigo daba igual.

Silencio.

—Ava…

—Diez años, Ethan.

Mi voz tembló.

—Diez años esperé una propuesta. Diez años defendí nuestra relación cuando todos me preguntaban cuándo te casarías conmigo. Diez años rechacé oportunidades porque pensaba que algún día construiríamos una vida juntos.

Él bajó la mirada.

—Yo también hice cosas por ti.

—Sí.

Asentí.

—Y yo las agradecí.

—Entonces…

—Pero ya no quiero vivir de las cosas que hiciste hace cinco años.

Ethan levantó los ojos.

—Dame una oportunidad.

Sentí algo extraño.

Por primera vez, aquella frase no me hizo feliz.

Me hizo sentir cansada.

—Tuviste diez años.

Lo dejé allí.

La noticia de mi compromiso con Daniel se extendió rápidamente.

Tres días después, Ethan apareció en la oficina de mi padre.

Mi padre no lo recibió.

Yo sí.

—¿Qué haces aquí?

—Necesito hablar contigo.

—Ya hablamos.

—No terminamos.

—Para mí sí.

Ethan respiró profundamente.

—Voy a arreglarlo.

—¿Qué vas a arreglar?

—Todo.

Entonces sacó una carpeta.

—Cancelé el acuerdo con los periodistas. El video de la boda de Lily ya no aparecerá en ninguna publicación. También hablé con ella.

Me quedé mirándolo.

—¿Y?

—Se disculpó conmigo.

—¿Por qué?

—Porque dice que nunca quiso que yo hiciera aquello.

—¿Y eso qué cambia?

—Quiero que entiendas que ella no fue la razón por la que te propuse matrimonio.

Lo miré.

—No necesito que me convenzas.

—Entonces dime qué quieres.

Pensé unos segundos.

—Quiero que no vuelvas a buscarme.

Su rostro se endureció.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—¿Después de diez años?

—Precisamente después de diez años.

Ethan salió sin decir otra palabra.

Pensé que finalmente había terminado.

Me equivocaba.

La boda con Daniel estaba programada para tres semanas después.

La ceremonia sería pequeña.

Solo nuestras familias y algunos amigos.

No necesitaba una boda enorme.

Ya había tenido demasiados años para imaginar una.

La mañana de la ceremonia, recibí un mensaje.

No era de Ethan.

Era de Lily.

“Necesito verte antes de que te cases.”

No quería responder.

Pero algo en aquella frase me hizo detenerme.

Acepté verla.

Nos encontramos en una cafetería cerca del hotel.

Lily parecía agotada.

No llevaba maquillaje.

Tampoco parecía la mujer que había visto en aquel video.

Se sentó frente a mí.

—No sé si debo decirte esto.

—Entonces no lo hagas.

Ella apretó las manos.

—Tengo que hacerlo.

Sacó un sobre.

—Esto era para ti.

Lo abrí.

Dentro había una copia de un correo.

Era de Ethan.

La fecha correspondía al día antes de nuestra reunión de antiguos compañeros.

Lo leí una vez.

Después otra.

“Si Ava acepta casarse conmigo, el escándalo desaparecerá. Nadie volverá a hablar de la boda. Los inversores estarán tranquilos. Mi familia dejará de presionarme.”

Sentí un vacío en el pecho.

No era una sorpresa.

Era la confirmación.

Ethan no solo había querido casarse conmigo después de ser rechazado.

Había calculado que mi propuesta serviría para limpiar su reputación.

Levanté la mirada.

—¿Por qué me das esto ahora?

Lily bajó la cabeza.

—Porque me cansé de ser la excusa de un hombre que nunca quiso asumir sus errores.

Guardé el documento.

—Gracias.

Ella respiró profundamente.

—Ava.

—¿Sí?

—Lo siento por el vestido.

La miré.

—Tú no lo robaste.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Pero lo usé.

—Porque él te lo dio.

Me levanté.

—Ya no voy a cargar con las decisiones de ustedes.

Salí de la cafetería.

Cuando llegué al hotel, Daniel estaba esperándome.

—¿Todo bien?

Asentí.

—Ahora sí.

Me miró unos segundos.

—¿Quieres cancelar?

Solté una pequeña risa.

—No.

—¿Segura?

—Más que nunca.

La ceremonia comenzó al mediodía.

Mientras caminaba hacia el altar, vi a mis padres, a mis amigos y a Daniel esperándome.

No sentí que estuviera huyendo de Ethan.

Sentí que estaba regresando a mí misma.

Daniel tomó mi mano.

—¿Nerviosa?

—Un poco.

—Yo también.

Sonreí.

—Perfecto.

—¿Por qué?

—Porque significa que ambos sabemos que esto importa.

La ceremonia fue sencilla.

Sin discursos exagerados.

Sin promesas imposibles.

Solo dos personas que decidieron caminar en la misma dirección.

Cuando salimos del salón, mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Ethan.

“Hoy entendí demasiado tarde que eras tú.”

Lo leí.

No respondí.

Lo eliminé.

Luego guardé el teléfono.

Daniel me miró.

—¿Problemas?

—No.

Sonreí.

—Solo cerré una puerta.

Daniel extendió su mano.

—Entonces vamos.

La tomé.

Y mientras caminábamos hacia el automóvil que nos llevaría al aeropuerto, miré por última vez hacia el hotel.

Durante diez años había esperado que Ethan me eligiera.

Durante diez años había pensado que amar significaba esperar.

Ahora sabía la verdad.

El amor no debería sentirse como una audición.

No debería hacerte competir con otra persona.

No debería obligarte a demostrar que mereces ser elegida.

Y, sobre todo, nunca debería convertirte en el premio de consolación de alguien que acaba de perder a otra persona.

Aquella noche, mientras el avión despegaba rumbo a Nueva Zelanda, apoyé la cabeza contra el hombro de Daniel.

Él no me prometió una vida perfecta.

No me prometió que nunca discutiríamos.

No me prometió que jamás cometeríamos errores.

Solo tomó mi mano y dijo:

—Ava, a partir de hoy no tienes que esperar a nadie.

Cerré los ojos.

Y por primera vez después de diez años, entendí que aquella era exactamente la frase que había necesitado escuchar.

No había perdido a Ethan.

Había recuperado mi vida.

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