Clara sintió que el rostro le ardía.
—Noah, estamos en la oficina.
Él se incorporó lentamente.
—Precisamente. Así que procuraré mantener esto profesional.
La compañera frente a Clara miraba de uno a otro intentando contener una sonrisa.
—Entonces… ¿sí eran cercanos?
—No —respondió Clara demasiado rápido.
Noah soltó una pequeña risa.
—Interesante.
—¿Qué?
—Tengo recuerdos bastante diferentes.
Clara lo fulminó con la mirada.
—Jefe Blake.
—Señorita Evans.
Se sostuvo la mirada durante varios segundos antes de que Noah se alejara.
Aquella tarde, Clara recibió un mensaje.
REUNIÓN. OFICINA DEL DIRECTOR. 18:00.
Cuando entró, Noah estaba junto a la ventana.
—Cierra la puerta.
—Si esto es por lo del almuerzo…
—No lo es.
Se volvió hacia ella.
—Quiero saber por qué desapareciste.
Clara quedó inmóvil.
Ocho años antes, después de aquel verano, ella había dejado de responder sus llamadas.
No porque hubiera dejado de quererlo.
Todo lo contrario.
—Mi madre enfermó —confesó—. Tuve que abandonar la universidad durante un año y trabajar. Tú estabas empezando una vida completamente distinta.
—Podrías habérmelo dicho.
—¿Para qué? ¿Para que renunciaras a oportunidades por mí?
Noah frunció el ceño.
—Eso me correspondía decidirlo.
—Tenías dieciocho años.
—Y te quería.
Clara levantó la mirada.
El silencio se volvió insoportable.
—Noah…
—Te esperé, Clara.
Él abrió un cajón y sacó algo.
Un paraguas negro viejo, cuidadosamente doblado.
Clara sintió un nudo en la garganta.
—¿Todavía lo tienes?
—También tengo tus cartas.
Ella palideció.
—Nunca te escribí.
Noah se quedó inmóvil.
—¿Qué dijiste?
—Nunca te envié ninguna carta.
Ahora fue él quien perdió el color.
Sacó una pequeña caja.
Dentro había seis sobres.
Clara reconoció inmediatamente la letra.
No era suya.
Las cartas decían que había conocido a otra persona, que lo ocurrido entre ellos había sido una aventura adolescente y que Noah debía olvidarla.
—Yo nunca escribí esto.
Noah la observó.
—Entonces alguien quería separarnos.

Clara tomó uno de los sobres.
Reconoció la dirección del remitente.
Era la antigua casa de su familia.
Y de repente recordó algo.
—Mi padre.
Aquella noche lo llamó.
Al principio él lo negó.
Hasta que Clara mencionó las cartas.
Entonces llegó el silencio.
—Lo hice por ti —admitió finalmente.
—¿Qué hiciste?
—Noah venía de una familia con dinero. Tú estabas dejando la universidad para cuidar a tu madre. Pensé que tarde o temprano te abandonaría.
Clara cerró los ojos.
—Así que decidiste hacerlo tú primero.
—Quería evitarte sufrimiento.
—Me robaste ocho años.
Colgó antes de escuchar otra excusa.
Cuando levantó la cabeza, Noah seguía allí.
—Pensé que habías dejado de quererme —dijo él.
—Y yo pensé que me habías olvidado.
Noah se acercó, pero se detuvo antes de tocarla.
—Entonces hemos sido dos idiotas durante casi una década.
Clara rio entre lágrimas.
—Tú siempre fuiste un poco idiota.
—Y tú siempre dijiste que apenas me conocías.
Por primera vez, ella no lo negó.
Sin embargo, había algo más que resolver.
—Ahora eres mi jefe.
—Lo sé.
—No quiero que nadie piense que conseguí este trabajo por ti.
Noah asintió.
—Entonces no pasará nada mientras dependas directamente de mí.
Al día siguiente solicitó formalmente que Clara fuera transferida a otro equipo bajo una directora independiente. Recursos Humanos revisó el proceso de contratación y confirmó que Noah no había participado en su selección.
No hubo secretos.
Ni favoritismos.
Ni otro verano construido sobre cosas que ninguno se atrevía a decir.
Tres meses después, Clara salía del edificio cuando comenzó a llover.
Se detuvo bajo la entrada.
Un paraguas negro apareció sobre su cabeza.
Miró hacia un lado.
Noah estaba allí.
—¿En serio guardaste ese paraguas ocho años?
—Soy sentimental.
—Eres ridículo.
—También.
Caminaron juntos.
Al llegar a la esquina, Noah se detuvo.
—Tengo una pregunta.
—¿Cuál?
—Ahora que ya no soy tu jefe directo… ¿seguimos sin ser cercanos?
Clara sonrió.
—Definitivamente.
—Qué pena.
Él dio un paso atrás teatralmente, dejando que unas gotas alcanzaran su hombro.
Clara soltó una carcajada, agarró su corbata y lo acercó nuevamente bajo el paraguas.
—Pero tampoco tanta distancia.
Noah se quedó mirándola.
Era exactamente lo que él le había dicho tantos años atrás.
—¿Puedo besarte? —preguntó.
Esta vez no hubo secretos, miedo ni despedidas esperando al final del verano.
—Sí.
Noah la besó bajo la lluvia.
Un año después, durante una reunión de antiguos alumnos de la preparatoria, una compañera reconoció a Clara y Noah entrando juntos.
—Esperen —dijo sorprendida—. ¿Ustedes dos siempre estuvieron juntos?
Clara miró a Noah.
Él arqueó una ceja, esperando la respuesta.
Ella sonrió.
—Nos conocemos desde la preparatoria.
Noah entrecerró los ojos.
Clara continuó:
—Y sí. Éramos muy cercanos.
—Por fin —murmuró él.
Clara entrelazó sus dedos con los suyos.
Habían perdido ocho años por silencios, miedo y decisiones que otros habían tomado por ellos.
Pero esta vez nadie hablaría en su lugar.
Porque Noah nunca había olvidado aquellos besos robados de verano.
Y Clara finalmente había dejado de fingir que tampoco los recordaba.