PARTE 2: LA GRABACIÓN PROHIBIDA REVELÓ QUIÉN HIZO DESAPARECER AL PADRE DE ELENA Y POR QUÉ TODOS GUARDARON SILENCIO

Elena pulsó el botón del pequeño dispositivo.

Durante unos segundos solo se escuchó un ruido débil, como una respiración agitada dentro de una habitación cerrada.

Después apareció la voz de su tío.

—El testamento debe desaparecer antes de que Ricardo regrese.

La madrastra dejó caer la copa.

El cristal se rompió contra el suelo, pero nadie apartó la mirada del aparato.

Otra voz respondió en la grabación.

—¿Y si Elena pregunta por su padre?

—Le diremos que huyó con otra mujer. Con el tiempo dejará de buscarlo.

La joven sintió que el dolor le atravesaba el pecho.

Durante doce años había creído que su padre la había abandonado.

Había odiado su recuerdo.

Había llorado cada cumpleaños esperando una llamada que nunca llegó.

Ahora comprendía que todo había sido una mentira.

—Apágalo —ordenó el tío.

Elena aumentó el volumen.

En el audio se oyó el golpe de una puerta y la voz desesperada de Ricardo.

—No puedes quedarte con la empresa. Elena es la heredera.

Luego se escuchó un forcejeo.

Un objeto pesado cayó al suelo.

Y finalmente, un silencio aterrador.

El primo menor comenzó a retroceder.

—Papá… ¿qué hiciste?

El tío se abalanzó hacia Elena para quitarle el dispositivo, pero ella se apartó.

—Ni un paso más.

—Esa grabación está manipulada.

—Entonces no tendrás problema en explicársela a la policía.

La madrastra se levantó de inmediato.

—Yo no participé en nada.

El tío la miró con furia.

—Tú estabas allí.

—¡Solo querías asustarlo! Nunca dijiste que lo encerrarías.

Elena sintió que el mundo se detenía.

—¿Encerrarlo?

La mujer se tapó la boca, comprendiendo demasiado tarde lo que había revelado.

El tío golpeó la mesa.

—¡Cállate!

Pero el miedo ya había destruido la alianza entre ellos.

La madrastra señaló hacia el jardín.

—Tu padre sobrevivió aquella noche.

Elena dejó de respirar.

—¿Está vivo?

Nadie respondió.

Ella agarró a la mujer por los hombros.

—¡Dime dónde está!

—En la casa del lago.

El tío lanzó una silla contra el suelo.

—¡Es mentira!

—Tú mismo lo mantuviste allí durante años —gritó la madrastra—. Le obligaste a firmar documentos y después dijiste que había perdido la razón.

Elena miró al hombre que había ocupado el lugar de su padre en aquella mansión.

—Has vivido con su fortuna mientras él estaba prisionero.

—Todo lo hice para salvar la empresa —respondió él—. Ricardo iba a destruirla con sus decisiones.

—No. Lo hiciste porque querías ser él.

El tío sacó su teléfono, pero Elena sonrió.

—No conseguirás ayuda.

Las grandes puertas del comedor se abrieron.

Dos agentes de policía entraron acompañados por un abogado y varios empleados antiguos de la familia.

El tío palideció.

—¿Cómo entraron?

—La grabación se transmitió en directo —explicó Elena—. Lo que llevas escuchando era solo una copia.

El abogado colocó una carpeta sobre la mesa.

—Esta mañana encontramos el testamento original del señor Ricardo.

La primera cláusula declaraba a Elena única heredera de la mansión, la empresa y todas las propiedades familiares.

La segunda anulaba cualquier transferencia firmada bajo presión.

Y la última era todavía más grave.

Si Ricardo desaparecía en circunstancias sospechosas, su hermano perdía automáticamente cualquier derecho sobre el patrimonio.

El tío retrocedió.

—Ese documento no es válido.

—Fue registrado ante notario —respondió el abogado—. Además, existen movimientos bancarios, firmas falsificadas y pagos a una clínica privada.

Uno de los agentes se acercó con las esposas.

El primo menor comenzó a llorar.

—Papá, dime que no es verdad.

El hombre no lo miró.

Solo observaba a Elena con odio.

—Sin mí, esta familia no tendría nada.

—Sin ti, mi padre habría tenido una vida.

Los agentes lo detuvieron.

La madrastra intentó escapar por la cocina, pero otros policías ya bloqueaban la salida.

Antes de ser llevada, se volvió hacia Elena.

—La casa del lago está vacía.

—Acabas de decir que mi padre estaba allí.

—Lo estaba hasta hace tres días.

Elena sintió un escalofrío.

—¿Quién se lo llevó?

La mujer miró al abogado.

—Él.

Todos giraron lentamente.

El abogado permaneció inmóvil.

Después cerró la carpeta.

—No sabe lo que dice.

Pero Elena recordó algo.

Aquella mañana, cuando encontró el testamento, la puerta del despacho estaba abierta.

Demasiado fácil.

Alguien quería que descubriera los documentos.

Alguien había preparado aquella cena como una trampa.

—¿Usted me ayudó a encontrar la grabación? —preguntó Elena.

El abogado no respondió.

Uno de los antiguos empleados lo señaló.

—Ese hombre no trabaja para la familia desde hace años.

El supuesto abogado retrocedió hacia la ventana.

—Ricardo me debía mucho dinero.

Los policías intentaron detenerlo, pero apagó las luces con un control oculto.

El comedor quedó en completa oscuridad.

Se escuchó un golpe.

Después, el cristal de una ventana rompiéndose.

Cuando regresó la electricidad, el hombre había desaparecido.

Sobre la mesa dejó una fotografía reciente.

En ella aparecía Ricardo, mucho más delgado, pero vivo.

Sostenía un periódico de esa misma mañana.

En la parte posterior había una frase escrita con tinta roja:

“Devuelve la fortuna antes de medianoche si quieres volver a ver a tu padre”.

Elena apretó la fotografía contra su pecho.

Había recuperado la mansión.

Había destruido las mentiras de su tío.

Pero la verdadera batalla apenas comenzaba.

Porque su padre seguía vivo.

Y alguien mucho más peligroso llevaba doce años esperando que ella heredara todo.

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