Parte 2: EL DÍA QUE EL GENERAL ELIGIÓ A MI HERMANA, REGRESÉ CON EL HOMBRE QUE HABÍA AMADO EN SILENCIO DURANTE CINCO AÑOS

Esa misma tarde regresé a casa de los Bennett.

Mis maletas ya estaban en el vestíbulo, exactamente como Adrian había dicho.

Mi padre apenas levantó la vista.

—Tu habitación está preparada. Después de la boda de Lily veremos qué hacer contigo.

—No será necesario.

Dejé un sobre sobre su escritorio.

—¿Qué es esto?

—Mi renuncia a cualquier acuerdo matrimonial entre los Bennett y los Pierce.

Su rostro cambió.

—Elena, no hagas tonterías.

—No estoy haciendo ninguna.

Subí, tomé únicamente una maleta y el viejo oso de peluche que Adrian había enviado.

Dentro de su costura todavía estaba escondida una pequeña fotografía.

Un muchacho de veintidós años sonriendo junto al puerto de Grayhaven.

Julian Cross.

El hombre al que había prometido regresar.

Y al que nunca regresé.

A la mañana siguiente compré un boleto.

No dejé ninguna carta para Adrian.

No tenía nada más que explicarle.


Grayhaven seguía oliendo a sal, madera mojada y pan recién horneado.

Cuando bajé del tren, pensé que quizá había cometido un error.

Cinco años podían cambiarlo todo.

Caminé hasta el viejo restaurante frente al puerto donde Julian y yo habíamos trabajado durante nuestra juventud.

El letrero había cambiado.

Ahora decía:

CROSS & HARBOR.

Entré.

Un hombre alto estaba de espaldas revisando unas facturas.

—Disculpe…

Se giró.

El tiempo se detuvo.

Julian había cambiado.

Sus hombros eran más anchos. Había una pequeña cicatriz junto a su ceja y la tranquilidad de su rostro pertenecía a alguien que había aprendido a vivir sin esperar a nadie.

Sus ojos descendieron hacia mi maleta.

Después volvieron a mí.

—Cinco años —dijo.

No había alegría en su voz.

—Lo sé.

—¿El general finalmente se cansó de ti?

Aquello dolió porque lo merecía.

—Mi hermana volvió.

Julian soltó una risa amarga.

—Claro. Siempre es tu hermana.

Me acerqué.

—No vine porque Adrian me rechazara.

—Entonces ¿por qué?

Saqué la fotografía del oso.

La puse sobre la mesa.

—Porque tardé cinco años en admitir que la persona que abandoné era la única a la que realmente quería volver.

Julian permaneció inmóvil.

Finalmente dijo:

—Llegas cinco años tarde, Elena.

Asentí.

—Lo sé.

Tomé mi maleta.

—Pero esta vez no voy a pedirte que esperes.

Me marché.


Tres días después, Adrian debía casarse con Lily.

Pero cuando llegó al salón ceremonial, mi asiento estaba vacío.

—¿Dónde está Elena? —preguntó.

Mi padre evitó responder.

Adrian frunció el ceño.

—Pregunté dónde está.

Lily apareció vestida de blanco.

—¿Qué importa? Hoy te casas conmigo.

Adrian la miró.

Por primera vez, aquella respuesta no pareció satisfacerlo.

—Dijo que regresaría con los Bennett.

Mi padre finalmente habló.

—Se fue a Grayhaven.

Adrian se quedó inmóvil.

—¿Con quién?

Nadie respondió.

Entonces recordó mis palabras.

Solo me gusta la comida de mi ciudad.

Y comprendió que yo no estaba hablando de comida.

—¿Quién está en Grayhaven?

Lily palideció.

Ese pequeño gesto fue suficiente.

Adrian la miró.

—Tú sabes algo.

—No es importante.

—Lily.

Ella apretó los labios.

—Julian Cross.

El nombre cayó como una piedra.

—¿Quién es?

Mi padre cerró los ojos.

—El hombre con quien Elena iba a casarse antes de que tú entraras en su vida.

Adrian perdió el color.

—Eso es mentira.

—No —respondió Lily—. Ella lo dejó porque papá necesitaba que alguien ocupara mi lugar después de que yo escapé.

Adrian me había llamado sustituta.

Ahora descubría que él también lo había sido.

Mientras él había pasado cinco años pensando que yo agradecía tener un lugar a su lado, yo había renunciado al hombre que amaba para ocupar el lugar que mi hermana abandonó.

—¿Por qué nunca me lo dijo?

Mi padre respondió:

—Porque nunca se lo preguntaste.

Adrian salió del salón.

Lily corrió detrás.

—¡Nuestra ceremonia!

Él se detuvo.

—¿Por qué regresaste realmente?

Lily quedó en silencio.

Adrian la estudió.

Cinco años atrás había creído que ella había desaparecido por amor.

Ahora algo no encajaba.

—Dímelo.

—Adrian…

—Dímelo.

Finalmente Lily confesó.

El comerciante con quien había escapado había perdido su fortuna meses atrás.

Ella no había regresado porque todavía amara a Adrian.

Había regresado porque él acababa de convertirse en general.

Adrian soltó lentamente su mano.

—Entonces ninguno de los dos estaba enamorado de la persona que tenía delante.

La boda nunca ocurrió.


Dos semanas después, yo trabajaba en el restaurante de Julian cuando un automóvil militar se detuvo frente al puerto.

Adrian bajó.

Entró todavía vestido con uniforme.

—Necesito hablar contigo.

—No tenemos nada pendiente.

—Yo creo que sí.

Julian apareció detrás de la barra.

Adrian lo observó.

—¿Eres Cross?

—Sí.

Los dos hombres permanecieron frente a frente.

Adrian volvió hacia mí.

—Ven conmigo.

—No.

Pareció sorprendido.

Quizá era la primera vez que le decía esa palabra.

—Elena, la boda con Lily fue cancelada.

—Lo sé.

—Descubrí por qué regresó.

—Me alegro.

Su mandíbula se tensó.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperabas?

Adrian bajó la voz.

—Cinco años significan algo.

Lo miré durante varios segundos.

—Sí.

Me acerqué.

—Me enseñaron exactamente cuánto tiempo puede perder una persona esperando que alguien llegue a amarla.

Adrian palideció.

—Puedo arreglarlo.

—No.

—Dame una oportunidad.

Negué lentamente.

—Tú no me quieres, Adrian.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque solo viniste a buscarme cuando descubriste que podía elegir a otro.

El silencio respondió por él.

Entonces Julian habló.

—Elena no es un puesto vacante que puedas reclamar porque cambiaste de opinión.

Adrian cerró los puños.

Pero yo me interpuse.

—No necesito que ninguno de los dos decida por mí.

Miré a Julian.

—Ni siquiera tú.

Julian asintió inmediatamente.

Y aquella sencilla reacción me confirmó algo que había tardado demasiado en comprender.

Julian siempre había querido que yo lo eligiera.

Adrian había esperado que yo obedeciera.

Eran cosas completamente diferentes.

Adrian bajó finalmente la mirada.

—¿Alguna vez me amaste?

Pensé cuidadosamente mi respuesta.

—Intenté hacerlo.

Eso pareció dolerle más que un no.

Se marchó solo.


Pasaron ocho meses.

Julian no me recibió inmediatamente con los brazos abiertos.

Tuve que reconstruir su confianza.

Y él tuvo que conocer a la mujer en la que yo me había convertido.

No volvimos al pasado.

Construimos algo nuevo.

Una tarde, mientras cerrábamos el restaurante, Julian colocó una pequeña caja sobre la barra.

—Antes de abrirla, quiero dejar algo claro.

Sonreí.

—¿Qué?

—Puedes decir que no.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

Porque nadie me había dicho eso cuando mi vida cambió cinco años atrás.

Abrí la caja.

Dentro estaba el mismo anillo sencillo que Julian había comprado cuando éramos jóvenes.

—Lo guardaste.

—Intenté tirarlo unas veinte veces.

Me reí entre lágrimas.

—Eres terrible superando relaciones.

—Y tú eres terrible regresando a tiempo.

—Eso también.

Julian tomó mi mano.

—Elena Bennett, ¿quieres casarte conmigo porque tú quieres?

No porque mi padre lo necesitara.

No porque mi hermana hubiera desaparecido.

No porque una alianza familiar tuviera que mantenerse.

Simplemente porque yo quería.

—Sí.

Meses después nos casamos frente al puerto.

Sin generales.

Sin alianzas.

Sin familias decidiendo nuestro futuro.

Justo antes de comenzar la ceremonia recibí una pequeña caja.

Dentro estaban los dos peces dorados que había dejado en casa de Adrian.

Había también una nota escrita por él.

“Ahora entiendo por qué nunca pertenecieron allí. Cuídalos bien. Y sé feliz.”

No respondí.

No hacía falta.

Entregué los peces a Julian y caminé hacia el altar.

Durante cinco años había pensado que cumplir con mi deber significaba renunciar a lo que quería.

Pero cuando Julian extendió su mano, comprendí finalmente la diferencia.

Mi hermana había regresado buscando el rango que Adrian acababa de conseguir.

Adrian había corrido detrás de mí únicamente después de descubrir que podía perderme.

Pero Julian había aprendido a dejarme elegir, incluso cuando mi elección podía no ser él.

Tomé su mano.

Y esta vez, cuando pronuncié el nombre del hombre que estaba frente a mí, no estaba sustituyendo a nadie.

Tampoco era la sustituta de nadie.

Por primera vez en mi vida, estaba exactamente donde había elegido estar.

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