Las sirenas rompieron el silencio solemne de la hacienda apenas unos segundos después de que Daniel terminara la llamada. Nadie se movió. El sacerdote permanecía inmóvil con el misal abierto entre las manos, mientras los invitados intercambiaban miradas de desconcierto. Por primera vez, la familia Castañeda dejó de parecer invencible.
Daniel no apartó los ojos de Mauricio.
Había visto perfectamente el pequeño frasco de vidrio desaparecer dentro del bolsillo interior del saco negro. No era grande. Apenas unos centímetros de largo. Pero la forma en que Mauricio había escondido aquel objeto revelaba mucho más que cualquier explicación.
—¿Qué escondiste? —preguntó Daniel con una calma que inquietó a todos.
Mauricio sonrió con desprecio.
—Perdiste la cabeza.
—Tal vez. Pero tú acabas de guardar una prueba.
Antes de que pudiera responder, varios vehículos oficiales cruzaron el portón principal. Dos patrullas, una ambulancia y un automóvil gris sin distintivos se detuvieron frente a la antigua hacienda.
La inspectora Jimena Robles descendió primero.
Vestía un traje oscuro y llevaba una carpeta bajo el brazo.
—Nadie abandona el lugar —ordenó con voz firme.
Las conversaciones cesaron de inmediato.
Beatriz avanzó indignada.
—¿Con qué autoridad interrumpen el funeral de mi hija?
Jimena mostró su credencial.
—Investigación por posible homicidio, tentativa de inhumación ilegal y alteración de evidencia.
Aquellas palabras cayeron como un trueno sobre los asistentes.
El doctor Sergio Salgado dio un paso hacia atrás casi de manera imperceptible.
Daniel lo notó.
También notó cómo una gota de sudor descendía lentamente por la sien del médico, a pesar del aire fresco que entraba desde los jardines.
—Inspectora —dijo Daniel señalando el féretro—. Mi esposa aún conserva temperatura corporal.
Jimena hizo una señal al equipo médico que la acompañaba.
Dos paramédicos se acercaron inmediatamente.
Beatriz intentó bloquearles el paso.
—¡No permitiré que profanen el cuerpo de mi hija!
—Apártese, señora.
—¡Ella ya está muerta!
El tono desesperado de Beatriz hizo que incluso algunos familiares la observaran con extrañeza.
Los paramédicos abrieron nuevamente el ataúd.
Uno de ellos tomó un termómetro clínico especializado.
El otro colocó un monitor portátil sobre el cuello de Valeria.
Durante varios segundos nadie respiró.
Entonces el aparato emitió un sonido extremadamente débil.
Un solo pitido.
El paramédico levantó lentamente la vista.
—Hay…
Miró nuevamente la pantalla.
—Hay actividad extremadamente baja.
El silencio fue absoluto.
—Eso es imposible… —susurró uno de los invitados.
El doctor Salgado intervino de inmediato.
—Debe tratarse de una interferencia del equipo.
Pero el segundo paramédico ya estaba comprobándolo con otro dispositivo.
Volvió a sonar.
Más débil.
Pero inconfundible.
Existía actividad cardíaca residual.
Daniel sintió que las piernas casi le fallaban.
Se acercó hasta el ataúd.
—Valeria…
La mano derecha de ella permanecía inmóvil.
Sin embargo, bajo la luz del salón, Daniel creyó ver un pequeño temblor en el párpado izquierdo.
Jimena reaccionó al instante.
—Traslado inmediato al Hospital General.
Mauricio dio un paso adelante.
—¡No pueden hacer eso!
La inspectora giró lentamente hacia él.
—¿Por qué está tan preocupado por impedirlo?
Mauricio abrió la boca, pero no encontró respuesta.
En ese momento Daniel recordó el frasco.
—Revísenlo.
Todos voltearon hacia Mauricio.
Él retrocedió instintivamente.
—No tienen derecho.
Jimena hizo una señal a dos agentes.
—Procedan.
Mauricio intentó apartarse.
Fue inútil.
Los policías encontraron el pequeño frasco escondido en el bolsillo interior del saco.
Dentro quedaban apenas unas gotas de un líquido transparente.
Jimena lo sostuvo frente a la luz.
No tenía etiqueta.
Solo un código escrito a mano.

“S-17”.
El doctor Salgado perdió completamente el color del rostro.
Daniel lo observó.
—Usted sabe qué contiene.
—No tengo idea.
—Está mintiendo.
La inspectora guardó cuidadosamente el frasco en una bolsa para evidencias.
—Será analizado.
Mientras tanto, los paramédicos preparaban el traslado de Valeria.
Uno de ellos levantó ligeramente la sábana para colocar nuevas líneas intravenosas.
Entonces ocurrió algo inesperado.
En la parte interna de la muñeca apareció una pequeña marca violácea.
No era un golpe.
Era una punción reciente.
Luego otra.
Y otra más.
El paramédico frunció el ceño.
—Tiene múltiples sitios de inyección.
Daniel miró inmediatamente al doctor.
—¿Por qué?
Sergio tragó saliva.
—Durante la atención médica…
—No.
El paramédico negó lentamente.
—Estas no fueron hechas hoy.
Había demasiadas.
Alguien llevaba días administrándole sustancias por vía intravenosa.
Jimena ordenó fotografiar cada marca.
Beatriz comenzó a perder el control.
—¡Basta de este circo!
—¿Circo? —preguntó Daniel sin levantar la voz—. Mi esposa aún respira y usted solo quiere enterrarla.
Por primera vez, varios invitados comenzaron a alejarse discretamente de la familia Castañeda.
Los murmullos crecían.
Las dudas también.
Un anciano que había sido socio de la familia observó fijamente a Mauricio.
—¿Desde cuándo decidieron hacer el funeral tan rápido?
Nadie respondió.
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Jimena abrió entonces la carpeta que llevaba consigo.
—Antes de venir revisamos algunos documentos.
Beatriz endureció la expresión.
—¿Qué documentos?
—El certificado de defunción.
Todos dirigieron la mirada hacia el doctor Salgado.
La inspectora continuó.
—Fue firmado cuarenta y tres minutos antes de que el servicio de emergencias reportara oficialmente el fallecimiento.
El sacerdote dejó escapar un suspiro involuntario.
Daniel sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Eso significaba una sola cosa.
Alguien había decidido que Valeria estaba muerta… antes de que legalmente pudiera declararse su muerte.
Sergio dio un paso hacia atrás.
—Debe existir un error administrativo.
Jimena cerró la carpeta.
—Eso determinará un juez.
En ese instante sonó otro teléfono.
Era el de Mauricio.
La pantalla se iluminó brevemente antes de que él intentara ocultarla.
Daniel alcanzó a leer un solo nombre.
“Licenciado Ferrer”.
Mauricio rechazó inmediatamente la llamada.
Pero ya era tarde.
Jimena lo había visto.
—¿Quién es Ferrer?
—Mi abogado.
—Curioso.
La inspectora sostuvo nuevamente el frasco transparente.
—Porque el laboratorio farmacéutico que fabrica este tipo de compuestos pertenece precisamente al Grupo Ferrer Biotech.
Mauricio permaneció inmóvil.
Nadie dijo una palabra.
Los paramédicos comenzaron a sacar el féretro del salón para trasladar urgentemente a Valeria.
Cuando cruzaban la puerta principal, Daniel caminó junto a ella.
Tomó nuevamente su mano.
Esta vez sintió algo.
Muy leve.
Casi imperceptible.
Los dedos de Valeria ejercieron una mínima presión sobre los suyos.
Daniel levantó la vista con los ojos llenos de esperanza.
Ella seguía luchando.
Pero justo cuando la ambulancia estaba a punto de arrancar, uno de los agentes corrió hacia la inspectora con un sobre amarillo recién encontrado dentro del despacho privado de Beatriz.
—Inspectora…
Jimena abrió el sobre.
Dentro había un contrato notarial firmado apenas dos días antes.
Leyó la primera página.
Su expresión cambió por completo.
Luego levantó lentamente la mirada hacia Daniel.
—Creo que ya entendimos por qué tenían tanta prisa por enterrarla.
Daniel sintió que el corazón se detenía.
—¿Qué dice?
Jimena respiró profundamente antes de responder.
—Dice que, si Valeria moría antes del nacimiento del bebé, alguien heredaría absolutamente todo… pero ese alguien no pertenece a la familia que todos imaginan.
Y el nombre escrito al final del documento hizo que incluso la propia inspectora dudara de todo lo que creía saber sobre aquel supuesto funeral.