PARTE 2: EL PRECIO DE LA MITAD

A las cinco y diez de la tarde, mi teléfono vibró.

Una transferencia de Ethan.

680 yuanes.

Debajo solo había una frase:

“Para los gastos de la cena.”

Lo miré durante unos segundos.

No sentí satisfacción.

Sentí algo mucho más frío.

Por primera vez en tres años, Ethan estaba pagando exactamente lo que decía que quería pagar.

El cincuenta por ciento.

Así que yo también iba a cumplir mi parte.

A las seis y media llegué a casa con dos bolsas.

Salmón.

Costillas.

Fruta.

Arroz.

Todo exactamente dentro del presupuesto.

Dejé las bolsas sobre la encimera y llamé a mi suegra.

—Aquí está la comida.

Ella salió de la sala.

—Qué bien, hija. ¿Puedes preparar el salmón?

—No.

Se quedó mirándome.

—¿No?

—Ethan dijo que queríamos dividir los gastos al cincuenta por ciento. Yo ya pagué mi mitad. Cocinar también es trabajo.

Rachel apareció detrás de ella.

—¿Ahora también vas a cobrar por cocinar?

La miré.

—No.

—Entonces, ¿por qué no lo haces?

—Porque hoy no me corresponde.

Rachel soltó una risa incrédula.

—Eres su esposa.

—Y tú eres su hermana.

Silencio.

Ethan salió de su despacho.

—¿Qué está pasando?

Su madre respondió inmediatamente:

—Tu esposa dice que no va a cocinar.

Ethan me miró.

—Sofía.

—¿Sí?

—Tenemos invitados.

—No son mis invitados.

—Son mi familia.

—Entonces organiza tú la cena.

Su rostro se endureció.

—¿Desde cuándo eres así?

La pregunta me hizo sonreír.

—Desde que decidiste que nuestro matrimonio debía funcionar al cincuenta por ciento.

No respondió.

Durante unos segundos nadie habló.

Finalmente Ethan tomó las bolsas.

—Yo cocinaré.

—Perfecto.

Me fui al dormitorio.

A través de la puerta escuché cómo su madre protestaba.

Rachel decía que aquello era humillante.

Ethan no respondió.

Esa noche cené sola en mi habitación.

No porque estuviera castigándolos.

Sino porque estaba cansada.

Cansada de que durante tres años nadie hubiera considerado que mi tiempo tenía valor.

A las diez, Chloe me llamó.

—¿Estás segura?

—¿De qué?

—De aceptar el proyecto del complejo comercial.

Me senté en la cama.

—¿Por qué no iba a estarlo?

—Porque si lo aceptamos, tendremos que contratar cuatro personas nuevas. Y la inversión inicial será grande.

—Podemos hacerlo.

Hubo un silencio.

—Sofía, ¿estás pensando en expandir el estudio?

Miré la pantalla de mi computadora.

Sobre ella estaba el contrato preliminar.

—Sí.

—¿Y Ethan?

—No necesita saberlo todavía.

Chloe se rio.

—Después de tres años, finalmente estás aprendiendo.

No dije nada.

Porque sabía exactamente qué estaba aprendiendo.

No era a ocultarle cosas a mi marido.

Era a dejar de pedir permiso.

Dos días después, nos reunimos con el cliente.

El complejo comercial pertenecía a uno de los grupos inmobiliarios más importantes de la ciudad.

La reunión duró casi cuatro horas.

Cuando salí, Chloe me abrazó.

—Lo conseguimos.

Sonreí.

—¿Seguro?

—Firmamos.

Miré el contrato.

Honorarios totales: 1,2 millones de yuanes.

Mi parte: 600.000.

Por primera vez en mucho tiempo, sentí que estaba construyendo algo que realmente era mío.

Entonces vi una notificación bancaria.

La cuenta conjunta de Ethan y mía.

Había retirado 300.000 yuanes.

Fruncí el ceño.

Lo llamé.

No contestó.

Volví a llamar.

Nada.

Le escribí:

“¿Qué son los 300.000?”

La respuesta llegó casi una hora después.

“Mi padre necesita una operación. Era urgente.”

Miré el mensaje.

Después abrí la cuenta.

El dinero había sido transferido a una cuenta que no reconocía.

No era un hospital.

No era una clínica.

Era una empresa privada.

Busqué el nombre.

Era una pequeña sociedad inmobiliaria.

Llamé a Ethan.

Esta vez respondió.

—¿Qué pasa?

—¿Por qué retiraste 300.000?

—Ya te lo dije. Mi padre necesita dinero.

—¿Entonces por qué el dinero está en una empresa inmobiliaria?

Silencio.

—Sofía, no empieces.

—¿Quién es el propietario?

—No lo sé.

—Acabo de revisar el registro.

Volvió a quedarse callado.

—La empresa está a nombre de tu hermana.

El silencio fue absoluto.

—Rachel necesita ayuda —dijo finalmente.

—¿Para comprar un departamento?

—No es asunto tuyo.

Solté una pequeña risa.

—Es dinero de nuestra cuenta conjunta.

—Somos marido y mujer.

—Exactamente.

—Entonces tengo derecho a usarlo.

—Y yo tengo derecho a preguntar.

—Te devolveré el dinero.

—¿Cuándo?

—Cuando pueda.

Colgué.

No discutí.

No lloré.

Simplemente abrí una hoja de cálculo.

Durante la siguiente hora recopilé todo.

Los 300.000.

Los gastos de los últimos tres años.

Las transferencias que yo había hecho.

Las compras personales de Ethan.

Los viajes.

Los relojes.

Las cuotas de golf.

Los pagos de la tarjeta.

Los gastos médicos de sus padres.

Los regalos para Rachel.

Los pagos del automóvil de su padre.

Todo.

Al terminar, el resultado me dejó mirando la pantalla durante varios segundos.

Durante tres años, yo había pagado aproximadamente 218.000 yuanes más que Ethan en gastos domésticos.

Además, había cubierto casi 96.000 yuanes en gastos relacionados con su familia.

Y mientras él hablaba de independencia financiera, había acumulado inversiones por más de un millón.

No necesitaba preguntarle por qué quería dividir todo al cincuenta por ciento.

Ya conocía la respuesta.

Quería que yo empezara a pagar mi propia vida mientras él seguía utilizando mi dinero para sostener la suya.

Pero todavía faltaba algo.

Su salario.

Sus bonos.

Y una cuenta que nunca había visto.

Chloe me ayudó a revisar algunos documentos porque necesitaba saber si había propiedades a nombre de Ethan.

Encontramos una sociedad registrada seis meses después de nuestra boda.

El accionista principal era Ethan Lu.

El segundo accionista era una mujer llamada Rachel Lu.

Mi suegra aparecía como administradora.

Sentí un escalofrío.

No era una empresa familiar improvisada.

Tenía activos.

Propiedades.

Un pequeño edificio comercial.

Y una cuenta bancaria corporativa.

—Sofía —dijo Chloe—, esto no parece reciente.

—No.

Miré la fecha de constitución.

Seis meses después de nuestra boda.

—Lo prepararon hace años.

—¿Para qué?

No respondí.

Porque acababa de recordar algo.

Tres meses después de casarnos, Ethan me pidió que firmara unos documentos.

Me dijo que eran papeles relacionados con una reorganización fiscal.

Yo estaba trabajando demasiado.

Firmé.

Nunca volví a preguntar.

Busqué entre mis archivos antiguos.

Después de veinte minutos encontré una copia.

La leí.

Y sentí que se me helaba la espalda.

Mi firma aparecía en una autorización para transferir parte de los activos de una empresa familiar.

Pero yo no recordaba haber autorizado aquello.

Llamé inmediatamente a Chloe.

—Necesito un abogado.

—¿Qué encontraste?

—Algo que puede cambiar todo.

A la mañana siguiente fui con un abogado especializado en patrimonio y sociedades.

Revisó los documentos durante casi dos horas.

Finalmente levantó la mirada.

—¿Usted firmó esto voluntariamente?

—No recuerdo haberlo hecho.

—¿Estaba casada cuando se firmó?

—Sí.

—Entonces tenemos que revisar cómo se utilizó esta autorización.

—¿Puede ser ilegal?

—No quiero adelantarme.

Señaló una cláusula.

—Pero hay algo extraño.

—¿Qué?

—Esta transferencia no beneficia a su esposo directamente.

—¿Entonces a quién?

Me mostró el nombre.

Rachel Lu.

Mi cuñada.

Sentí que algo encajaba.

La insistencia de Ethan.

La separación al cincuenta por ciento.

Los gastos de Rachel.

Los 300.000.

La empresa.

Todo.

—¿Cuánto vale actualmente esa sociedad?

El abogado hizo algunos cálculos.

—Aproximadamente cuatro millones de yuanes.

Me quedé inmóvil.

—¿Cuatro millones?

—Aproximadamente.

—¿Y cuánto aporté yo?

Revisó el documento.

—Según estos registros, usted aportó una parte significativa del capital inicial.

Solté el aire lentamente.

Durante tres años había pensado que Ethan simplemente era egoísta.

Ahora empezaba a sospechar algo peor.

Quizá nunca había sido una esposa para él.

Quizá había sido una fuente de capital.

Cuando llegué a casa esa noche, Ethan estaba esperándome.

—¿Dónde estabas?

—Trabajando.

—Te llamé cinco veces.

—Estaba ocupada.

Me miró con desconfianza.

—Desde hace unos días estás actuando raro.

Dejé el bolso sobre la mesa.

—¿Raro?

—Sí.

—Solo estoy respetando nuestra nueva regla.

—¿Qué regla?

—La del cincuenta por ciento.

Su expresión se volvió incómoda.

—No necesitas llevarlo tan lejos.

—Fuiste tú quien la propuso.

—Era una forma de hablar.

Sonreí.

—Yo no entendí que fuera una metáfora.

Él se acercó.

—Sofía, no quiero pelear contigo.

—Yo tampoco.

—Entonces deja de hacer cuentas.

Mi corazón se detuvo por un instante.

—¿Qué cuentas?

Su rostro cambió.

Solo un segundo.

Pero lo vi.

—Nada.

—No has preguntado cuánto gastaba yo antes.

—Porque confiaba en ti.

—¿Y ahora?

Me miró fijamente.

—Ahora creo que estás buscando una razón para atacarme.

—No.

Di un paso hacia él.

—Estoy buscando la razón por la que decidiste dividir todo al cincuenta por ciento justo después de tres años de matrimonio.

No respondió.

—Y creo que ya la encontré.

Su teléfono vibró.

Miró la pantalla.

Fue apenas un instante.

Pero alcancé a ver el nombre.

Rachel.

Ethan rechazó la llamada.

Entonces llegó un mensaje.

Lo vi iluminarse.

“¿Ya sabe lo de la empresa?”

Ethan levantó la mirada.

Nuestros ojos se encontraron.

Por primera vez en tres años, no intentó mentir inmediatamente.

Eso me confirmó que había tocado algo importante.

—¿Qué empresa? —pregunté.

—Sofía…

—¿Qué empresa?

Se quedó callado.

Entonces su madre apareció en la sala.

Había escuchado nuestra conversación.

—No tienes derecho a revisar los asuntos de nuestra familia.

La miré.

—No estoy revisando los asuntos de su familia.

Pausa.

—Estoy revisando los míos.

Su rostro perdió el color.

Ethan dio un paso hacia mí.

—No hagas nada impulsivo.

—No estoy siendo impulsiva.

Saqué una carpeta de mi bolso.

La dejé sobre la mesa.

—Estoy empezando a cobrar.

Ethan miró la carpeta.

Después miró a su madre.

Y por primera vez desde que propuso dividir nuestra vida al cincuenta por ciento, pareció entender que había cometido un error.

Pero todavía no sabía lo que había dentro de aquella carpeta.

Porque además de los estados de cuenta, las transferencias y los documentos de la empresa…

yo había encontrado una copia de un correo enviado por Rachel seis meses antes de nuestra boda.

Y en ese correo había una frase que podía destruir la versión de Ethan sobre cómo había comenzado nuestro matrimonio.

La frase decía:

“Cuando Sofía firme, podremos mover el dinero sin que sospeche. Después solo tenemos que conseguir que ella pague la mitad de todo.”

Levanté la mirada.

—Ahora sí, Ethan.

Él palideció.

—Creo que tenemos que hablar.

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