PARTE 2: EL DÍA EN QUE DEJÉ DE ESPERARLO

Julian se quedó frente al fuego sin decir una palabra.

Una página más cayó dentro de las llamas.

Luego otra.

Yo podía recordar exactamente lo que había escrito en cada una.

“Hoy cumplimos seis meses de casados. Julian olvidó la fecha, pero no importa. Tal vez algún día lo recuerde.”

La hoja se dobló sobre sí misma y desapareció.

Julian apretó la mandíbula.

—¿Qué había ahí?

—Nada importante.

—Era tu diario.

—Lo era.

—¿Por qué lo estás quemando?

Levanté la mirada.

—Porque ya no quiero conservarlo.

Se quedó inmóvil.

—¿Por qué?

Me pareció casi absurdo que preguntara.

Durante tres años había tenido una esposa que lo esperaba despierta, que conocía sus horarios, que celebraba cualquier gesto mínimo como si fuera una declaración de amor.

Y ahora que esa mujer estaba desapareciendo, de pronto quería saber por qué.

—Porque me cansé de leer la misma historia —respondí.

Julian frunció el ceño.

—¿Qué historia?

Sonreí débilmente.

—La de una mujer que esperaba que su marido algún día la amara.

Su rostro perdió color.

—Natalie…

—No.

Tomé otra página.

—No digas mi nombre como si acabara de descubrir que existo.

La página comenzó a arder entre mis dedos.

—Durante tres años estuve aquí.

Julian dio un paso hacia mí.

—Nunca te pedí que…

—Exactamente.

Lo miré.

—Nunca me pediste nada. Nunca me prometiste nada. Nunca me dijiste que me amabas. Y aun así yo encontraba excusas para todo.

Su silencio confirmó que no podía negarlo.

—Cuando olvidabas nuestro aniversario, pensaba que estabas ocupado. Cuando no volvías a casa, pensaba que tenías trabajo. Cuando mencionabas a Clara, pensaba que solo era un recuerdo.

Me reí sin alegría.

—Y cuando te miraba y veía que tus ojos seguían buscando a otra mujer, pensaba que algún día me mirarías a mí.

Julian bajó la mirada hacia el diario.

—No sabía que te sentías así.

—Porque nunca preguntaste.

El fuego crepitó.

Julian extendió la mano.

—Dámelo.

Aparté el diario.

—No.

—Quiero leerlo.

—Ya no te pertenece.

—Natalie, por favor.

Aquella palabra me sorprendió.

Julian Moore casi nunca decía “por favor”.

No a mí.

No durante nuestro matrimonio.

—¿Por qué ahora?

No respondió.

Entonces dejé el diario sobre la mesa y me puse de pie.

—Mañana me voy.

Su expresión cambió.

—¿Adónde?

—Lejos.

—¿Por cuánto tiempo?

—Definitivamente.

Se quedó mirándome.

—¿Estás hablando de divorcio?

—Sí.

La palabra quedó suspendida entre nosotros.

Esperaba alivio.

Esperaba que dijera que era lo mejor.

Incluso esperaba que mencionara a Clara.

Pero no hizo ninguna de esas cosas.

—No.

Parpadeé.

—¿No?

—No voy a divorciarme de ti.

Solté una pequeña risa.

—Qué curioso.

—¿Qué?

—Durante tres años actuaste como si nuestro matrimonio fuera una obligación que te pesaba. Ahora que quiero terminarlo, de repente no puedes aceptar la idea.

Julian se acercó.

—No entiendes.

—Entonces explícame.

Abrió la boca.

Pero no dijo nada.

Porque probablemente ni él sabía qué explicar.

Finalmente murmuró:

—Necesito tiempo.

—Yo ya te di tres años.

Y salí de la habitación.

Aquella noche dormí en la habitación de invitados.

Por primera vez desde nuestra boda, no esperé escuchar la puerta principal.

No me importó cuándo regresó.

No me importó si regresó acompañado.

Y quizá eso fue lo que más asustó a Julian.

A la mañana siguiente, desperté temprano.

Me puse un vestido sencillo y bajé.

Mi maleta estaba junto a la puerta.

El mayordomo, el señor Harris, se quedó sorprendido al verla.

—¿La señora se va?

—Sí.

—¿El señor Julian lo sabe?

—Sí.

No dije nada más.

Cuando estaba a punto de salir, escuché pasos detrás de mí.

Julian apareció en la escalera.

Había dormido con la misma camisa de la noche anterior.

Parecía agotado.

—¿De verdad te vas?

—Sí.

—¿Sin hablar conmigo?

—Hablamos anoche.

—No fue suficiente.

—Para mí sí.

Julian bajó los últimos escalones.

—Natalie, espera.

Me detuve.

—¿Qué?

Él se quedó frente a mí.

Por unos segundos, ninguno habló.

Entonces su mirada descendió hacia mi abdomen.

Me había puesto un abrigo amplio.

Pero el gesto fue suficiente para que mi corazón se acelerara.

—¿Estás enferma?

—No.

—Entonces, ¿por qué llevas semanas escondiendo tu cuerpo?

No respondí.

Julian dio un paso más.

—¿Qué me estás ocultando?

—Nada que importe.

—¿Hay alguien más?

Aquella pregunta me hizo reír.

—¿Alguien más?

—Sí.

—No, Julian.

Lo miré fijamente.

—A diferencia de ti, yo no necesito otra persona para saber cuándo un matrimonio terminó.

Su rostro se tensó.

—Entonces dime qué está pasando.

Respiré profundamente.

Había imaginado aquel momento muchas veces.

Pero nunca había imaginado que sería tan sencillo.

Saqué la carpeta de mi bolso.

La sostuve entre nosotros.

—Estoy embarazada.

Julian dejó de respirar.

Por primera vez desde que lo conocía, no tuvo una respuesta inmediata.

Sus ojos bajaron hacia la carpeta.

Después volvieron a mi rostro.

—¿Qué dijiste?

—Estoy embarazada.

Su voz salió apenas en un susurro.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde hace unos días.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Lo miré con incredulidad.

—¿Querías que te lo dijera mientras estabas recibiendo a Clara en el aeropuerto?

Julian palideció.

—Natalie…

—No.

Di un paso atrás.

—No voy a usar a nuestro hijo para obligarte a quedarte conmigo.

Aquella frase pareció golpearlo.

—¿Nuestro hijo?

Asentí.

—Sí.

Julian cerró los ojos.

Se pasó una mano por el rostro.

—¿Estás segura?

—La doctora hizo los estudios.

—¿De cuánto?

—Unas pocas semanas.

Su expresión cambió lentamente.

Primero apareció sorpresa.

Después culpa.

Y finalmente algo que no había visto en él durante mucho tiempo.

Miedo.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Porque no sabía si quería que formaras parte de su vida.

—Soy su padre.

—Todavía no sé si quieres serlo.

Julian levantó la cabeza.

—Claro que quiero.

—¿De verdad?

Silencio.

—Entonces tendrás que demostrarlo.

Tomé la maleta.

Esta vez él no intentó detenerme.

Salí de la mansión y subí al automóvil que me esperaba.

Mientras el vehículo se alejaba, vi a Julian permanecer inmóvil frente a la entrada.

No corrí hacia él.

No lloré.

No miré atrás.

Durante los días siguientes me instalé en un pequeño departamento que había comprado antes de nuestra boda.

Era modesto comparado con la mansión Moore.

Pero era mío.

Y por primera vez en años, cada objeto dentro de una habitación pertenecía a una vida que yo había elegido.

Contraté a un abogado.

Solicité el divorcio.

También inicié los trámites para proteger legalmente los bienes que me pertenecían por mi familia.

No le pedí dinero a Julian.

No quería nada de él excepto lo relacionado con nuestro hijo.

Pensé que finalmente todo había terminado.

Me equivoqué.

Una semana después, Clara apareció frente a mi puerta.

Llevaba el mismo vestido que Julian le había regalado.

Yo la observé desde el interior.

—¿Qué quieres?

—Hablar.

—No tenemos nada que hablar.

—Sí tenemos.

Abrí la puerta apenas unos centímetros.

Clara respiró profundamente.

—Julian no está conmigo.

Me quedé en silencio.

—Desde aquella noche no me ha vuelto a buscar.

—Eso no es asunto mío.

—Está obsesionado contigo.

Solté una risa.

—No confundas arrepentimiento con amor.

Clara bajó la mirada.

—No sabía que estabas embarazada.

—¿Habría cambiado algo?

No respondió.

Entonces sacó algo de su bolso.

Una fotografía.

La dejó frente a mí.

Era Julian.

Pero no estaba con Clara.

Estaba entrando en una clínica privada.

La fecha correspondía al día siguiente de que yo descubriera mi embarazo.

—¿Qué es esto?

—Lo seguí.

La miré.

—¿Por qué?

—Porque pensé que iba a buscarte para convencerte de regresar.

Señaló la fotografía.

—Pero no entró a una clínica cualquiera.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

—¿Qué clínica?

Clara me miró.

—Una clínica de fertilidad.

Sentí que el mundo se quedaba quieto.

—¿Qué?

—Lo escuché hablar con el médico.

Me entregó otra fotografía.

Julian aparecía sentado frente a un hombre mayor.

Sobre la mesa había varios documentos.

—No sé qué estaban hablando —continuó Clara—. Pero escuché una frase antes de que me fuera.

—¿Cuál?

Clara tragó saliva.

—“Si Natalie está embarazada, tenemos que saber la verdad antes de que nazca el bebé”.

La miré fijamente.

—¿Qué verdad?

Clara negó con la cabeza.

—No lo sé.

Cerré la puerta lentamente.

Aquella noche llamé a mi abogada.

—Necesito que investigues algo.

—¿Qué cosa?

—La historia médica de Julian.

Hubo silencio al otro lado.

—¿Crees que está relacionado con tu embarazo?

—No lo sé.

Colgué.

Dos horas después, recibí un mensaje.

Era de mi abogada.

“Encontré algo extraño. Julian se sometió a pruebas médicas hace casi cuatro años. Hay información que contradice varios documentos de su familia.”

Mi corazón se aceleró.

Abrí el archivo.

Y me quedé helada.

El informe decía que Julian había recibido un diagnóstico que yo jamás había conocido.

Pero había una segunda página.

Una página que alguien había intentado eliminar del expediente.

La leí una vez.

Después otra.

Y comprendí por qué Julian había cambiado desde que supo de mi embarazo.

No era solamente miedo a perderme.

Era miedo a descubrir quién era realmente el padre de mi hijo.

Al día siguiente, Julian apareció frente a mi puerta.

No llevaba flores.

No llevaba regalos.

Solo una carpeta negra.

—Necesito contarte la verdad —dijo.

Lo dejé entrar.

Se sentó frente a mí.

Durante varios segundos miró mis manos.

Luego mi vientre.

—Cuando nos casamos, mi familia sabía algo que yo no sabía.

—¿Qué?

Abrió la carpeta.

—Mi padre tenía razones para creer que yo no podía tener hijos.

Sentí que el aire se detenía.

—Pero tú estás embarazada.

—Exactamente.

Julian sacó una copia de un informe médico.

—Por eso fui a la clínica.

—¿Y qué descubriste?

Sus ojos se encontraron con los míos.

—Que mis antiguos resultados fueron manipulados.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Por quién?

Julian bajó la voz.

—Por mi padre.

Me quedé inmóvil.

—¿Por qué haría eso?

—Porque quería obligarme a aceptar un matrimonio que beneficiara a la familia.

—¿Y yo?

Julian cerró los ojos.

—Tú también eras parte del acuerdo.

Aquella respuesta me dolió más de lo que esperaba.

Me levanté.

—Entonces nunca fui tu esposa.

—Natalie…

—Era un contrato.

—Al principio sí.

—¿Y ahora?

Julian se puso de pie.

Me miró durante largo tiempo.

—Ahora eres la única persona que temo perder.

No respondí.

Porque aquellas palabras, que alguna vez habría dado cualquier cosa por escuchar, ya no podían reparar tres años de silencio.

Julian se acercó lentamente.

—Sé que llegué demasiado tarde.

Asentí.

—Sí.

—Sé que te hice creer que nunca te amaría.

—También es verdad.

—Pero cuando te vi quemar ese diario…

Su voz se quebró.

—Entendí algo.

Lo miré.

—¿Qué?

—Que no me estabas castigando.

Hizo una pausa.

—Te estabas despidiendo.

Bajé la mirada.

—Sí.

Julian dejó la carpeta sobre la mesa.

—Entonces no voy a pedirte que vuelvas conmigo.

Eso me sorprendió.

—¿No?

—No.

Respiró profundamente.

—Voy a demostrarte que puedo ser el padre que nuestro hijo merece. Y si algún día decides volver a conocerme, estaré aquí.

Se dirigió hacia la puerta.

Antes de salir, se detuvo.

—Pero hay algo que todavía no sabes.

Me quedé quieta.

—¿Qué?

Julian se giró.

—Mi padre no falsificó solamente mis informes médicos.

Su rostro se volvió sombrío.

—También falsificó los documentos de nuestro matrimonio.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

Julian me miró directamente.

—Significa que quizá nuestro matrimonio nunca fue legal.

La puerta se cerró.

Y por primera vez desde que quemé mi diario, comprendí que tal vez no había terminado una historia de amor.

Tal vez acababa de descubrir que toda mi vida matrimonial había sido construida sobre una mentira.

Y mientras apoyaba una mano sobre mi vientre, sentí que mi hijo se movía por primera vez.

No sabía qué nos esperaba.

Pero esta vez, no iba a esperar a que nadie decidiera mi destino por mí.

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