Mariana permaneció frente a la puerta durante varios segundos, con una mano apoyada sobre su vientre y la otra sujetando la pequeña maleta.
Afuera, los flashes seguían iluminando la entrada de la mansión.
—¡Mariana! ¿Cuánto te pagó Santiago Alcázar por ese bebé?
—¿Es cierto que aceptaste renunciar a todos tus derechos?
—¿Vendiste a tu propio hijo?
Cada pregunta parecía golpearla en el pecho.
Santiago cerró la puerta.
Por primera vez desde que Mariana lo conocía, parecía completamente perdido.
—No debiste escuchar nada de eso —dijo.
—Ya lo escuché.
—Voy a descubrir quién filtró el contrato.
—No.
Santiago frunció el ceño.
—¿No?
Mariana dejó la maleta sobre el suelo.
—No quiero que investigues solo.
Él la miró fijamente.
—¿Por qué?
—Porque si la persona que hizo esto tiene acceso a tus documentos, también puede tener acceso a los míos.
Santiago permaneció callado.
Mariana respiró profundamente.
—Quiero una copia de todo. Del contrato original. De cada documento médico. De cada transferencia. De cada correo entre tus abogados.
—Eso puede tardar.
—Entonces empieza esta noche.
Santiago asintió.
No discutió.
Y aquello fue lo primero que Mariana notó.
El hombre que meses atrás había colocado un cheque de diez millones sobre un escritorio y le había dicho que quería comprar un heredero ahora obedecía sus condiciones sin siquiera intentar imponer las suyas.
Pero la tranquilidad duró poco.
A las once de la noche, el abogado de Santiago llegó a la mansión.
Era Arturo Beltrán, un hombre de cincuenta años que llevaba más de quince trabajando para la familia Alcázar.
Colocó una carpeta sobre la mesa.
—El contrato que apareció en televisión no es idéntico al que firmamos.
Mariana levantó la mirada.
—¿Qué cambió?
Arturo abrió ambas versiones.
La primera tenía las cláusulas que Mariana recordaba.
La segunda contenía una página adicional.
—Esta cláusula establece que, en caso de incapacidad permanente de la gestante, la familia Alcázar podrá reclamar al bebé inmediatamente y restringir cualquier contacto futuro.
Mariana sintió un escalofrío.
—Yo nunca firmé esto.
—Lo sé.
—¿Quién la añadió?
Arturo miró a Santiago.
—La copia filtrada salió de nuestro servidor interno.
Santiago se levantó.
—¿Quién tiene acceso?
—Usted. Yo. Su asistente personal. La señora Verónica Alcázar y dos miembros del consejo.
Mariana cruzó los brazos.
—¿Y quién tenía una razón para destruirlo?
Arturo no respondió.
Santiago sí.
—Mi tía.
Verónica Alcázar era la hermana menor de su padre.
Desde la muerte del patriarca de la familia, había intentado varias veces convertirse en presidenta del grupo.
Nunca lo consiguió porque Santiago tenía la mayoría de las acciones.
Pero existía un problema.
En seis meses se realizaría una votación para renovar el consejo.
Y si Santiago perdía el control de la empresa, Verónica quedaría en posición de tomar el mando.
—¿Por qué utilizaría al bebé? —preguntó Mariana.
Arturo cerró la carpeta.
—Porque el escándalo puede hacer que los inversionistas pierdan confianza en el señor Alcázar.
—Y si además demuestra que Santiago compró un hijo…
—La junta podría considerarlo incapaz de dirigir la empresa.
Mariana miró a Santiago.
—Entonces no querían destruirme a mí.
—No solamente a ti —respondió él.
En ese instante, el teléfono de Arturo vibró.
Leyó el mensaje.
Su expresión cambió.
—Tenemos otro problema.
—¿Qué?
Arturo levantó la pantalla.
—La cuenta desde donde se filtraron los documentos acaba de recibir una transferencia.
—¿De quién?
—De una sociedad llamada Ríos Consultores.
Mariana se quedó inmóvil.
—¿Ríos?
Arturo asintió.
—Sí.
Santiago la miró.
—¿Conoces esa empresa?
Mariana negó inmediatamente.
—No.
Pero entonces recordó algo.
Su hermana Adriana.
Cuando Mariana había comenzado a trabajar en la mansión, Adriana le había pedido ayuda para pagar la universidad.
Después de que Santiago aceptó cubrir la operación de su madre, Mariana comenzó a enviarle dinero mensualmente.
Adriana había estado recibiendo dinero de una pequeña empresa.
Una empresa que, según ella, pertenecía a una amiga.
—Necesito llamar a mi hermana.
Santiago asintió.
La llamada entró directamente al buzón.
Mariana volvió a intentarlo.
Nada.
Después recibió un mensaje.
“Estoy bien. No me busques.”
Eso fue todo.
Mariana sintió que algo no encajaba.
—Ella nunca escribe así.
Santiago tomó el teléfono.
—¿Qué quieres decir?
—Mi hermana siempre escribe mensajes largos. Siempre. Aunque esté enojada.
Arturo comenzó a revisar la transferencia.
—Aquí hay otra cosa.
—¿Qué?
—La cuenta de Ríos Consultores fue abierta hace cuatro meses.
Mariana palideció.
Cuatro meses.
Justo después de que Santiago había comenzado a acompañarla a sus consultas.
Justo después de que el embarazo empezara a convertirse en algo más que un contrato.
—¿Quién es el representante legal?
Arturo tecleó.
Se quedó completamente quieto.
—Adriana Ríos.
Mariana cerró los ojos.
No.
No podía ser.
Su propia hermana.
La persona por la que había aceptado aquel acuerdo.
La persona a la que había prometido pagarle la universidad.
—Necesito verla —dijo.
—No sabemos dónde está —respondió Arturo.
—Yo sí.
Mariana recordó un pequeño café cerca de la universidad donde Adriana solía estudiar.
Salieron de la mansión poco después de medianoche.
Santiago insistió en acompañarla.
—No necesito un guardaespaldas.
—No voy como guardaespaldas.
—Entonces, ¿como qué?
Él tardó en responder.
—Como el padre de tu hijo.
Mariana bajó la mirada.
No quiso responder.
Pero tampoco le pidió que se quedara atrás.
Cuando llegaron al café, encontraron a Adriana sentada sola en una mesa del fondo.
Tenía el teléfono en la mano.
Al ver entrar a Mariana, se quedó completamente blanca.
—Mariana…
—¿Qué hiciste?
Adriana negó con la cabeza.
—Yo no…
—Tu empresa recibió dinero de alguien relacionado con la filtración.
Adriana miró a Santiago.
Y entonces comenzó a llorar.
—No quería hacerlo.
Mariana sintió que el mundo se le inclinaba.
—¿Qué no querías hacer?
Adriana apretó los labios.
—Verónica me buscó.
Santiago se quedó inmóvil.
—¿Cuándo?
—Hace tres meses.
—¿Qué quería?
Adriana comenzó a llorar más fuerte.
—Quería información sobre el contrato.
Mariana sintió un vacío en el pecho.
—¿Y tú se la diste?
—Solo algunas cosas.
—¿Cuáles?
Adriana no respondió.
Santiago golpeó suavemente la mesa.
—Habla.
—Le di copias de algunos documentos médicos.
Mariana se quedó sin palabras.
—¿Mis documentos?
Adriana asintió.
—No sabía que los usaría para hacer esto.
—¿Cuánto te pagó?
Adriana bajó la cabeza.
—Dos millones.
Mariana sintió que la decepción era peor que la rabia.
—Te di dinero para tu universidad.
—Lo sé.
—Pagué la operación de mamá.
—Lo sé.
—Y aun así vendiste mi privacidad.
Adriana se cubrió el rostro.
—Verónica dijo que solo quería demostrar que Santiago era irresponsable. Dijo que no te haría daño.
Santiago soltó una risa seca.
—La gente siempre dice eso antes de destruir una vida.
Adriana levantó la mirada.

—Pero hay algo que no sabía.
Mariana se quedó quieta.
—¿Qué?
—La cláusula falsa.
—¿Quién la agregó?
Adriana tragó saliva.
—Verónica.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Cómo lo sabes?
Adriana miró a Santiago.
—Porque ella me pidió que encontrara una copia del contrato original. Cuando lo encontró, dijo que no era suficiente. Después recibió otra versión de un abogado externo.
Arturo dio un paso adelante.
—¿Nombre?
Adriana negó.
—No lo sé.
—Piensa.
Adriana cerró los ojos.
—Solo recuerdo una cosa.
—¿Qué?
—Dijo que el abogado trabajaba para la familia Alcázar desde antes de que Santiago naciera.
Arturo palideció.
Santiago también.
Mariana los miró.
—¿Qué significa?
Arturo respondió lentamente.
—Que alguien de la generación anterior pudo haber estado preparando esto desde hace mucho tiempo.
Santiago no dijo nada.
Mariana sintió que su hijo se movía.
Apoyó la mano sobre su vientre.
Por primera vez aquella noche, Santiago hizo lo mismo.
Pero retiró la mano inmediatamente.
—Perdón.
Mariana lo miró.
—¿Por qué?
—No quiero tocarlo si no quieres.
Aquella respuesta la sorprendió.
Durante meses había pensado que Santiago veía al bebé como una propiedad.
Ahora entendía que algo había cambiado.
—Puedes.
Él dudó.
Luego colocó la mano con cuidado.
El bebé se movió.
Santiago cerró los ojos.
Una lágrima silenciosa descendió por su mejilla.
Mariana nunca había visto llorar a aquel hombre.
—No quiero perderlo —susurró.
Mariana respondió con calma:
—Entonces deja de llamarlo tu heredero.
Santiago abrió los ojos.
—¿Qué quieres que sea?
—Tu hijo.
Aquellas dos palabras lo destruyeron.
Se cubrió la boca con una mano y apartó la mirada.
Después de unos segundos, dijo:
—Es mi hijo.
Mariana asintió.
—Entonces compórtate como su padre.
Al día siguiente, Santiago convocó a una reunión extraordinaria del consejo.
Verónica llegó sonriente.
—Qué dramático todo esto —comentó—. Espero que no hayas perdido el control por una simple filtración.
Santiago colocó una carpeta sobre la mesa.
—No.
—¿Entonces?
—Perdí la paciencia.
Abrió la primera página.
Las transferencias.
Después puso las conversaciones de Adriana.
Luego los registros del servidor.
Y finalmente, la versión original y la versión modificada del contrato.
La sonrisa de Verónica desapareció.
—¿De dónde sacaste eso?
Santiago la miró directamente.
—De la misma persona que creyó que podía destruirme.
Verónica se levantó.
—No tienes pruebas de que yo…
—Sí las tengo.
Una pantalla detrás de Santiago se encendió.
Apareció una grabación de seguridad.
Verónica entrando en la oficina privada del abogado.
Fecha.
Hora.
Duración.
Después apareció otra.
Ella recibiendo un sobre.
Luego otra.
Entregándole una memoria USB a un hombre desconocido.
La sala quedó en silencio.
Verónica retrocedió.
—Eso no demuestra nada.
Santiago pulsó un botón.
Se escuchó su propia voz.
“Quiero que la gestante parezca una oportunista. Si Santiago queda como un hombre incapaz de controlar su vida privada, el consejo lo retirará.”
Mariana estaba detrás de una puerta de cristal observando la reunión.
No había querido entrar.
Hasta que escuchó una última frase.
La voz de Verónica salió por los altavoces:
“Y cuando nazca el niño, nos aseguraremos de que Mariana desaparezca. Santiago tendrá al heredero y nosotros tendremos la empresa.”
Mariana sintió un escalofrío.
No era solo una conspiración empresarial.
Querían separarla de su hijo.
Santiago apagó la grabación.
Verónica se quedó inmóvil.
Entonces Santiago dijo algo que hizo que todos los miembros del consejo se miraran entre sí:
—La empresa puede sobrevivir sin mí.
Pausa.
—Pero mi hijo no crecerá creyendo que su madre fue comprada y descartada.
Mariana sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.
Pero antes de que pudiera entrar, recibió un mensaje de la doctora Jimena.
“Necesito que venga al hospital inmediatamente.”
Debajo había una segunda frase.
“Encontramos algo en sus últimos estudios que cambia todo.”
Mariana se quedó helada.
Miró a Santiago.
Él vio su expresión y corrió hacia ella.
—¿Qué ocurre?
Mariana le mostró el teléfono.
Ninguno de los dos sabía todavía que aquella nueva información no solo pondría en peligro el embarazo.
También demostraría que alguien había estado manipulando sus informes médicos desde el principio.
Y cuando descubrieran quién lo había hecho, Santiago comprendería que la traición de Verónica era apenas una parte de una conspiración mucho más antigua de lo que cualquiera de ellos imaginaba.