No respondí al mensaje.
Bloqueé también aquel número y dejé el teléfono boca abajo.
A la mañana siguiente era el cumpleaños de Adrian.
Durante siete años, yo había sido quien organizaba todo: reservas, regalos, invitados, incluso el pastel exacto que le gustaba.
Esta vez desperté a las ocho, preparé café y envié mi currículum a cinco empresas.
A las diez llamaron a mi puerta.
Era Ethan.
Sostenía una caja de herramientas.
—Elena del 601, tu casera dice que la ventana de tu cocina no cierra.
—Puedo arreglarla.
Sonrió.
—Estoy empezando a notar un patrón.
Lo dejé entrar.
Mientras trabajaba, mi teléfono comenzó a vibrar sin parar.
Número desconocido.
Después otro.
Y otro.
Ethan levantó una ceja.
—¿Problemas?
—Mi ex todavía cree que soy su novia.
No preguntó más.
Solo dijo:
—Si alguna vez necesitas que alguien esté cerca mientras resuelves eso, toca mi puerta.
Aquella frase me sorprendió.
No intentó salvarme.
No exigió explicaciones.
Simplemente me ofreció ayuda.
Esa tarde mi antigua compañera volvió a llamarme.
—Adrian está perdiendo la cabeza.
—¿Qué pasó?
—Su fiesta empezó hace una hora. Preguntó por ti delante de todos.
Cerré los ojos.
—¿Y su nueva novia?
—Ahí está lo extraño. La chica de la foto no sabía que ustedes seguían juntos.
Me incorporé.
—¿Qué?
—Adrian le dijo que habían terminado hacía meses.
Sentí rabia, pero ya no dolor.
Mi compañera continuó:
—Cuando ella vio las capturas que están circulando entre sus amigos, discutieron. Se fue de la fiesta.
Así que Adrian había mentido a las dos.
Horas después apareció otra publicación.
Esta vez no era de Adrian.
Era de la mujer de la fotografía.
“Descubrir públicamente que eres la otra persona nunca es divertido. Ya terminé con esto.”
Me quedé mirando aquellas palabras.
Adrian había intentado usarla para demostrarme que podía reemplazarme.
Y terminó perdiéndonos a las dos.
Pero todavía creía que podía recuperarme.
Durante las siguientes semanas aparecieron flores en mi antigua oficina.
Después llamó a mis padres.
A mis amigas.
Incluso escribió al correo profesional de mi antiguo jefe.
Yo no respondí.
Mientras tanto, conseguí trabajo en una empresa de arquitectura comercial.
Mi apartamento comenzó lentamente a parecer un hogar.
Compré una mesa.
Después cortinas.
Luego una cama de verdad.
Y Ethan siguió siendo simplemente Ethan.
El vecino que dejaba café frente a mi puerta cuando tenía una entrevista.
El hombre que preguntaba antes de ayudar.
La persona que nunca convertía un favor en una deuda.
Tres meses después, regresaba del trabajo cuando encontré a alguien esperando frente al edificio.
Mi cuerpo se quedó inmóvil.
Adrian.
Había conducido cuatro horas.
Cuando me vio, sonrió como si hubiera ganado.
—Por fin.
No contesté.
—¿De verdad pensabas desaparecer para siempre?
—Sí.
Su sonrisa titubeó.
—Elena, ya fue suficiente.
Dio un paso hacia mí.
—Cometí un error. Tú también has cometido muchos.
Ahí estaba otra vez.
Incluso su disculpa necesitaba culparme.
—No vine aquí para castigarte, Adrian.
—Entonces vuelve.
—No.
Pareció no entender la palabra.
—¿Qué?
—No voy a volver contigo.
Se rio nerviosamente.
—Siete años no desaparecen porque tengas una rabieta.

—Tienes razón.
Lo miré fijamente.
—Por eso tardé tanto en comprender que llevaba siete años confundiendo dependencia con amor.
Su rostro cambió.
—¿Hay otro hombre?
Casi me reí.
—Eso es lo único que puedes imaginar, ¿verdad? Que solo podría dejarte si alguien más me reclamara.
Entonces la puerta del edificio se abrió.
Ethan salió cargando una bolsa de supermercado.
Adrian lo vio.
—¿Es él?
Ethan miró primero a mí.
—¿Necesitas ayuda?
Una pregunta.
No una orden.
—Estoy bien —respondí.
Ethan asintió.
—Estaré arriba.
Y siguió caminando.
Adrian quedó desconcertado.
—¿Ni siquiera va a defenderte?
—No necesito que nadie me defienda de ti.
Aquello finalmente lo golpeó.
No había otro hombre que pudiera derrotar.
No existía una competencia que pudiera ganar.
Yo simplemente había dejado de elegirlo.
—Elena…
Por primera vez su voz sonó verdaderamente asustada.
—Pensé que regresarías.
—Lo sé.
—Siempre regresabas.
—También lo sé.
Sus ojos se humedecieron.
—Entonces, ¿por qué esta vez no?
Respiré profundamente.
—Porque aquella noche vi cómo hablabas de mí cuando creías que yo no estaba mirando.
Saqué el teléfono y le mostré la captura que había conservado.
“Ya verán cómo aparece llorando.”
Adrian bajó la mirada.
—Estaba presumiendo delante de mis amigos.
—Exactamente.
Guardé el teléfono.
—Necesitabas humillarme para sentirte importante. Y estabas tan seguro de que yo no tenía dignidad que ni siquiera intentaste ocultarlo.
Permaneció callado.
—Vete, Adrian.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo.
Esperé hasta verlo subir al automóvil.
No corrió detrás de mí.
No hubo una gran declaración.
Simplemente se marchó.
Y esa fue la última vez que permití que Adrian Carter decidiera cómo debía sentirme.
Un año después, recibí un ascenso.
Había hecho nuevos amigos.
Volví a hablar con personas de las que Adrian me había alejado poco a poco.
Y una noche, mientras Ethan y yo cenábamos en el pequeño balcón que separaba nuestros apartamentos, él levantó su vaso.
—¿Sabes que llevamos un año siendo vecinos?
—Técnicamente, once meses y veintisiete días.
—Entonces esperaré tres días para preguntarte.
—¿Preguntarme qué?
Sonrió.
—Si quieres tener una cita conmigo.
Me quedé mirándolo.
Después empecé a reír.
—¿Has esperado un año?
—Llegaste aquí escapando de una relación de siete años. Lo último que necesitabas era otro hombre diciéndote qué hacer con tu vida.
Sentí un nudo en la garganta.
Tres días después llamó a mi puerta.
Traía dos cafés.
—Elena del 601.
—Ethan del 602.
—Ha pasado oficialmente un año. ¿Quieres cenar conmigo?
Esta vez no respondí por miedo a estar sola.
No dije que sí porque necesitara que alguien me salvara.
No estaba huyendo de Adrian.
No estaba demostrando nada.
Simplemente quería hacerlo.
—Sí.
Ethan sonrió.
Y entonces comprendí la verdadera diferencia entre ellos.
Adrian siempre había estado seguro de que yo volvería porque pensaba que no podía vivir sin él.
Ethan había esperado hasta estar seguro de que yo sabía vivir perfectamente sin nadie.
Perder a Adrian no había destruido mi vida.
Había sido la primera decisión que me permitió recuperarla.