Lucien seguía mirando a Talia.
No parecía escuchar el ruido de los niños alrededor, ni a los padres que esperaban en la entrada del jardín, ni siquiera a Theo, que tiraba suavemente de su abrigo.
Solo miraba a mi hija.
Yo conocía esa expresión.
La había visto cientos de veces durante nuestros años de matrimonio.
Era la expresión que Lucien ponía cuando estaba intentando resolver un problema que no podía explicar.
Y aquella vez el problema era una niña de cinco años con sus mismos ojos.
—Nos vamos —dije.
Tomé la mano de Talia.
Lucien reaccionó.
—Espera.
—¿Para qué?
—Quiero hablar contigo.
—No tenemos nada de qué hablar.
—Eso no es verdad.
Lo miré.
—Hace cinco años sí teníamos mucho de qué hablar. Ahora ya no.
Su mandíbula se tensó.
—¿Talia es hija mía?
El mundo pareció quedarse quieto.
Incluso Theo dejó de moverse.
Talia levantó la cabeza.
—Mamá, ¿qué significa hija?
Sonreí.
—Nada, cariño. Vamos.
Lucien dio un paso hacia nosotros.
—Sabine.
—No delante de los niños.
—Entonces dime dónde podemos hablar.
—No podemos.
—¿Por qué?
Lo miré directamente.
—Porque tú ya elegiste hace seis años.
Su rostro cambió.
—Yo nunca elegí dejarte.
Solté una pequeña risa.
—No. Solo dijiste que alguien tenía que marcharse.
Lucien se quedó inmóvil.
Aquella frase todavía recordaba exactamente dónde la había escuchado.
El día en que volvió a caminar.
El día en que yo pensaba contarle que estaba embarazada.
La noche en que lo escuché decirle a su asistente que, cuando despertara, debía decirme que me fuera.
Él bajó la voz.
—Nunca dije que quisiera que te fueras para siempre.
—No necesitabas decirlo.
—Sabine…
—Lo entendí perfectamente.
Tomé la mano de Talia con más fuerza.
—Ahora tengo una vida. No vengas a destruirla porque acabas de descubrir que existe.
Me di la vuelta.
Esta vez Lucien no intentó detenerme.
Pero antes de subir al coche escuché su voz.
—¿Quién es el padre que ella conoce?
Me quedé quieta.
No respondí.
Porque la respuesta era sencilla.
Talia no tenía otro padre.
Tenía una madre.
Una abuela.
Un abuelo.
Y una familia que había aprendido a vivir sin esperar nada de Lucien Jin.
Subimos al coche.
Talia se sentó atrás y comenzó a hablar de su dibujo del jardín.
Yo sonreí y respondí como si nada hubiera ocurrido.
Pero en el espejo retrovisor vi a Lucien parado junto a la entrada.
Seguía mirando nuestro coche.
Y entonces comprendí que aquello no iba a terminar allí.
Esa noche recibí una llamada.
No era de Lucien.
Era de la señora Alba.
—Señora Sabine…
—Dígame.
Hubo un silencio.
—El señor Jin regresó a casa hace una hora.
—¿Y?
—Está revisando documentos antiguos.
Sentí que algo se apretaba dentro de mi pecho.
—¿Qué documentos?
—Los del accidente.
Cerré los ojos.
Seis años atrás, Lucien había sufrido un accidente terrible.
Todos creían que aquella tragedia había cambiado su vida.
Pero nadie sabía que había cambiado también la mía.
Durante meses, mientras él se recuperaba, yo había sido quien se ocupaba de todo.
Las terapias.
Las cuentas.
Los médicos.
La casa.
La empresa.
Y mientras todos admiraban la fortaleza de Lucien, nadie preguntaba cuánto había desaparecido yo detrás de él.
—¿Qué encontró? —pregunté.
—No lo sé.
La señora Alba bajó la voz.
—Pero hace diez minutos me llamó y me preguntó por usted.
—¿Qué le dijo?
—Que usted se fue justo después de escuchar una conversación.
Sentí frío.
—¿Qué conversación?
—La del señor Lucien con la señorita Elodie.
Me quedé callada.
—¿Y qué dijo exactamente?
La señora Alba respiró hondo.
—Dijo que quería saber quién le dijo a usted que se marchara.
Mi mano se cerró alrededor del teléfono.
—¿Qué?
—Eso fue todo.
Colgamos.
Me quedé sentada en la oscuridad.
Talia dormía en la habitación de al lado.
Cinco años atrás había creído que abandonar a Lucien era la decisión más dolorosa de mi vida.
Ahora entendía que quizá había estado equivocada.
Porque si Lucien no había sido quien me pidió que me fuera…
Entonces, ¿quién lo había hecho?
A la mañana siguiente, alguien llamó a mi puerta.
Era Lucien.
Sin guardaespaldas.
Sin asistente.
Sin traje impecable.
Solo llevaba una camisa oscura y una carpeta bajo el brazo.
—No puedes venir así.
—Necesito hablar contigo.
—No.
—Cinco minutos.
—No.
—Sabine, por favor.
Me sorprendió escuchar aquella palabra.
Lucien jamás decía “por favor”.
Abrí la puerta unos centímetros.
—Habla.
Me entregó la carpeta.
—Encontré esto.
No quería tocarla.
—¿Qué es?
—El informe original de mi accidente.
Sentí que se me helaban los dedos.
—¿Y?
—La versión que conocíamos era falsa.
Lo miré.
—¿Falsa?
Asintió.
—Yo no iba solo en el coche aquella noche.
Mi corazón dio un golpe.
—¿Quién estaba contigo?
Lucien me miró.
—Elodie.
No respondí.
—Ella sobrevivió sin heridas graves —continuó—. Yo quedé seis años en una silla de ruedas.
Sentí que una vieja pieza comenzaba a encajar.
—¿Y por qué nunca lo supe?
—Porque mi familia eliminó parte del expediente.
—¿Por qué?
Lucien apretó la carpeta.
—Porque Elodie estaba comprometida con otro hombre.
Aquello no tenía sentido.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
Lucien levantó los ojos.
—Todo.
Abrió la carpeta.
Había fotografías.
Mensajes.
Registros telefónicos.
Y una fotografía tomada la noche del accidente.
El coche destrozado.
Dos personas junto al vehículo.
Una de ellas era Elodie.
La otra…
Me acerqué.

Mi respiración se detuvo.
Era la señora Alba.
—¿Ella estaba allí?
Lucien asintió.
—Y no estaba sola.
Pasó otra página.
Había un nombre.
Un nombre que reconocí inmediatamente.
Mi propio padre.
Me quedé sin palabras.
—No.
—Sí.
—Mi padre murió dos años antes del accidente.
—Lo sé.
Lucien señaló una transferencia bancaria.
—Pero tres meses antes de morir, hizo un pago enorme a una cuenta vinculada a la familia Li.
Me senté.
Aquello no podía ser.
Mi padre nunca había conocido a Elodie.
O eso creía.
Lucien se agachó frente a mí.
—Hay algo más.
—¿Qué?
Sacó una última hoja.
—La noche del accidente, alguien llamó al hospital desde un número privado.
—¿Quién?
—No lo sabemos.
—¿Qué dijo?
Lucien tardó unos segundos en responder.
—Dijo que si yo sobrevivía, debía casarme contigo.
Levanté lentamente la cabeza.
El aire pareció desaparecer de la habitación.
—¿Qué?
—La persona que hizo la llamada sabía exactamente quién eras.
—¿Por qué?
Lucien me miró.
Y por primera vez desde que lo conocía, vi miedo verdadero en sus ojos.
—Porque tu padre no solo dejó dinero.
—¿Qué dejó?
—Una participación secreta en mi familia.
Me quedé inmóvil.
—Eso no tiene sentido.
—Tu padre era accionista de Jin Holdings.
—Mi padre jamás me habló de eso.
—Porque no quería que lo supieras.
Entonces escuchamos una vocecita detrás de nosotros.
—Mamá.
Los dos nos giramos.
Talia estaba de pie en el pasillo, abrazando su conejo de peluche.
Miró a Lucien.
Después miró la carpeta.
—¿Por qué el señor se parece tanto a mí?
Ninguno de los dos respondió.
Talia frunció el ceño.
—¿Es mi papá?
Sentí que las lágrimas me llenaban los ojos.
Lucien también parecía incapaz de respirar.
Se arrodilló lentamente frente a ella.
Pero antes de que pudiera decir una sola palabra, alguien llamó a la puerta.
Tres golpes.
Secos.
Precisos.
Lucien se levantó.
—¿Esperas a alguien?
Negué con la cabeza.
Abrí.
Era un hombre mayor con un traje gris.
No lo conocía.
Pero Lucien sí.
Su rostro perdió todo el color.
—¿Qué hace usted aquí?
El hombre miró primero a Lucien.
Después a Talia.
Finalmente me entregó un sobre.
—Su padre me pidió que se lo entregara únicamente cuando usted descubriera quién es la niña.
Mis dedos comenzaron a temblar.
—¿Mi padre?
El hombre asintió.
—Y me pidió que le dijera una cosa.
—¿Qué?
Miró a Lucien.
—“No confíes en mi hija si alguna vez vuelve a aparecer con la familia Jin”.
Lucien se quedó completamente inmóvil.
Yo miré el sobre.
En el frente había una sola frase escrita con la letra de mi padre:
“Sabine, si estás leyendo esto, significa que Lucien finalmente descubrió la verdad. Ahora debes decidir si quieres saber por qué tuve que separarlos.”
Abrí el sobre.
Dentro había una fotografía.
Y detrás de ella, una fecha.
La fecha era exactamente nueve meses antes del nacimiento de Talia.
Pero la fotografía no mostraba a Lucien.
Mostraba a Elodie.
Y junto a ella estaba una persona que yo jamás habría imaginado.
La persona que había provocado el accidente.
La persona que había separado a Lucien de mí.
Y la misma persona que, cinco años después, acababa de descubrir que Talia estaba viva.