PARTE 2: ESCUCHÉ A MI ESPOSO PLANEAR MI MUERTE EN NUESTRA LUNA DE MIEL, ASÍ QUE HICE UNA LLAMADA Y CONVERTÍ SU PLAN DE 300 MILLONES EN SU PEOR PESADILLA

Regresé a mi suite fingiendo que apenas podía mantenerme consciente.

Cerré la puerta y corrí al baño.

Necesitaba sacar aquellas drogas de mi organismo, pero sobre todo necesitaba ayuda.

Mi teléfono estaba sobre la mesa.

Lucas había cometido un error.

Creía que yo no conocía el sistema de seguridad privado de mi padre.

Marqué un número que había memorizado desde niña.

—Código rojo. Soy Elena.

La voz del otro lado cambió inmediatamente.

—Señorita, dígame su ubicación.

—Yate Aurora. Aguas internacionales. Lucas y sus padres planean arrojarme al océano esta noche. También planean matar a mis padres.

Hubo dos segundos de silencio.

—¿Puede mantenerse a salvo?

Miré el reloj.

11:07 p. m.

—Hasta medianoche.

—Entonces no confronte a nadie. Nosotros nos encargaremos.

Colgué.

Después hice algo todavía más importante.

Abrí la caja fuerte privada de mi padre.

Dentro estaba el sistema maestro de vigilancia del yate.

Activé todas las cámaras y envié automáticamente una copia de las grabaciones al servidor familiar.

**Lucas pensaba que aquella noche no habría testigos.

Acababa de darle docenas.**

A las 11:48 alguien llamó.

—Amor —dijo Lucas dulcemente desde afuera—. ¿Estás despierta?

Me obligué a parecer débil.

—Sí.

Entró llevando dos copas.

—La tormenta se acerca. Ven conmigo a cubierta. El aire fresco te ayudará.

Exactamente como había planeado.

Acepté su brazo.

Roderick y Gertrude estaban esperando cerca de la escalera.

—¿Se siente mejor nuestra niña? —preguntó Gertrude.

La miré.

—Muchísimo mejor.

No entendió mi sonrisa.

Lucas me condujo hasta la cubierta de popa.

El viento era feroz.

Las olas golpeaban el casco.

No había nadie más a la vista.

—Acércate a la barandilla —dijo.

—¿Aquí?

—Sí.

Me coloqué frente al océano.

Escuché sus pasos detrás de mí.

—Elena…

Me giré.

Lucas ya no sonreía.

—Lo siento.

—¿Por qué?

Su expresión se volvió fría.

—Porque nunca debiste valer tanto dinero.

Entonces extendió ambas manos hacia mí.

—Ahora —dije.

Las luces del yate se encendieron de golpe.

Lucas se congeló.

Desde la cubierta superior aparecieron varios miembros de seguridad.

Y detrás de ellos estaba el capitán.

Roderick intentó correr.

No llegó lejos.

Gertrude comenzó a gritar.

—¡Esto es un malentendido!

Saqué mi teléfono.

—¿También fue un malentendido cuando hablaron de sabotear los frenos del automóvil de mis padres?

Los tres quedaron pálidos.

Lucas me miró como si estuviera viendo un fantasma.

—¿Nos escuchaste?

—Todo.

—Elena, puedo explicarlo.

—Perfecto. Explícaselo a las autoridades.

Pero todavía no había terminado.

A la mañana siguiente, cuando regresamos a puerto, mi padre estaba esperando.

Corrí hacia él.

—¿Mamá?

—Está segura.

Después miró a Lucas.

Nunca había visto tanta furia contenida en sus ojos.

—¿Creías que recibirías trescientos millones?

Lucas guardó silencio.

Mi padre sacó una carpeta.

—El poder que Elena firmó antes de la boda fue revocado hace dos semanas.

Lucas parpadeó.

—Eso es imposible.

—No. Lo verdaderamente interesante es por qué intentaste utilizarlo.

Nuestro abogado abrió otro documento.

Las cuentas suizas, las transferencias y las comunicaciones de Lucas ya estaban bajo investigación.

Entonces llegó la revelación que hizo que incluso Gertrude se volviera contra su propio hijo.

El supuesto plan para repartir los 300 millones nunca había incluido a sus padres.

Encontramos mensajes de Lucas con su amante.

Después de mi muerte y la de mis padres, planeaba quedarse con todo.

Y cuando Roderick y Gertrude dejaran de ser útiles, también pensaba abandonarlos.

—¡Nos utilizaste! —gritó Gertrude.

Lucas perdió finalmente el control.

—¡Cállate!

Mi padre me miró.

—Hay alguien más que quiere hablar contigo.

Una mujer descendió de un automóvil negro.

La reconocí inmediatamente.

Vanessa.

La mujer con la que Lucas planeaba pasar el resto de su vida.

Pero no corrió hacia él.

Se acercó a mí.

—Yo fui quien avisó a tu padre hace dos semanas.

Lucas quedó inmóvil.

—¿Qué?

Vanessa lo miró con desprecio.

—Cuando empezaste a preguntarme cuánto tardaban en declarar muerta a una persona desaparecida en el océano, entendí lo que estabas preparando.

Por eso mi padre había revocado el poder discretamente.

Había sospechado que algo ocurría, pero necesitaba descubrir hasta dónde llegaría Lucas.

Y Lucas se lo había demostrado.

Meses después, mi matrimonio fue anulado y las pruebas obtenidas durante aquella noche se convirtieron en parte central de la investigación contra Lucas y sus padres.

Yo no volví al Aurora hasta casi un año después.

Esta vez mis padres estaban conmigo.

Nos quedamos en cubierta mientras el sol desaparecía sobre el Pacífico.

Mi madre tomó mi mano.

—¿Todavía tienes miedo?

Miré el lugar exacto donde Lucas había intentado llevarme aquella noche.

—No.

Durante mucho tiempo pensé que mi mayor error había sido confiar en él.

Pero estaba equivocada.

Confiar en alguien no me hacía débil.

Lucas había confundido mi amor con ingenuidad, mi dinero con vulnerabilidad y mi silencio con indefensión.

Ese fue su verdadero error.

Había subido a aquel yate creyendo que regresaría a casa como un viudo multimillonario.

En cambio, regresó esposado, sin esposa, sin fortuna y con toda su conspiración registrada.

Y los 300 millones que había estado dispuesto a matar para conseguir seguían exactamente donde debían estar:

fuera de sus manos.

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