La sala de seguridad quedó completamente en silencio.
Nadie apartaba la vista del monitor.
Vanessa seguía inmóvil, con el teléfono temblando entre las manos.
—¿La conoce? —pregunté.
Ella tardó varios segundos en responder.
—Sí.
Su voz salió apenas como un susurro.
—Demasiado.
El guardia volvió a ampliar la imagen.
La mujer llevaba una gabardina beige, una gorra negra y un cubrebocas bajado hasta el mentón.
Cuando levantó ligeramente la cabeza frente a la cámara del ascensor, su rostro quedó perfectamente registrado.
Vanessa cerró los ojos.
—Es Olivia Grant.
El nombre no significaba nada para mí.
Pero sí para todos los empleados presentes.
Uno de los vigilantes dejó escapar un insulto en voz baja.
La recepcionista que acababa de entrar a la sala se llevó una mano a la boca.
—¿No estaba despedida?
Vanessa asintió lentamente.
—Hace dos meses.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Quién es?
Vanessa respiró hondo antes de contestar.
—Era supervisora de habitaciones.
Tenía acceso a las tarjetas maestras.
Y conocía perfectamente los protocolos del hotel.
Miré otra vez la pantalla.
Olivia caminaba por el pasillo con absoluta tranquilidad.
No parecía esconderse.
Llegó hasta mi habitación.
Sacó una tarjeta.
La acercó al lector.
La puerta se abrió inmediatamente.
Entró.
Y desapareció.
Mi corazón empezó a acelerarse.
—¿Cómo pudo abrir mi habitación?
El guardia respondió antes que Vanessa.
—Porque utilizó una tarjeta con permisos administrativos.
Eso significaba una sola cosa.
Mientras yo dormía, una desconocida había entrado en mi habitación.
El aire comenzó a faltarme.
—¿Cuánto tiempo estuvo adentro?
El guardia avanzó la grabación.
Un minuto.
Tres.
Cinco.
A las 1:03 apareció el empleado del restaurante.
Tocó la puerta.
Esta vez todos observaron con atención.
La puerta no se abrió desde dentro de la habitación.
Se abrió apenas unos centímetros… desde el mismo punto donde Olivia estaba escondida detrás de ella.
Solo apareció una mano.
Con un guante negro.
El camarero nunca vio el rostro.
Simplemente entregó la bandeja y continuó su recorrido.
—Dios mío… —murmuré.
Vanessa ya estaba hablando con alguien por teléfono.
—Necesito que cierren todas las salidas.
No.
No dejen salir a nadie del personal hasta que llegue la policía.
Sí.
Es ella otra vez.
Otra vez.
Esas dos palabras me hicieron levantar la cabeza.

—¿Qué quiso decir con “otra vez”?
Vanessa permaneció callada.
Miró al jefe de seguridad.
Él negó discretamente con la cabeza.
Como si no quisiera hablar.
—Necesito saberlo —insistí.
La gerente finalmente cedió.
—Hace tres meses ocurrió algo parecido.
Todos guardaron silencio.
—Un empresario denunció que habían cargado nueve mil dólares en vinos y licores a su suite.
Nunca pudieron demostrar quién había recibido el pedido.
Las cámaras… casualmente… tenían un ángulo muerto.
—¿Y Olivia?
Vanessa tragó saliva.
—Fue ella quien dirigió la investigación interna.
Sentí un escalofrío.
—¿Nunca sospecharon?
—Sí.
Pero no había pruebas.
Hasta hoy.
El guardia continuó revisando las grabaciones.
Olivia permaneció dentro de mi habitación casi cuarenta minutos.
No salió con comida.
No salió con equipaje.
Simplemente abandonó el cuarto a la 1:44 de la madrugada.
Antes de irse hizo algo extraño.
Se inclinó sobre el lector electrónico de la puerta.
Parecía introducir nuevamente una tarjeta.
El jefe de seguridad acercó más la imagen.
—Detenga ahí.
Amplió el video.
Todos observaron la pequeña tarjeta plateada.
No era una llave maestra del hotel.
Era otra cosa.
Vanessa perdió nuevamente el color.
—No puede ser…
—¿Qué ocurre ahora?
Ella señaló la pantalla.
—Esa no es una tarjeta de acceso.
Es una copiadora portátil.
El silencio fue absoluto.
El guardia entendió inmediatamente.
—Estaba clonando la llave de la habitación.
Yo no comprendía.
—¿Para qué?
Vanessa respondió con una expresión completamente distinta.
Ya no parecía una gerente intentando cobrar una cuenta.
Parecía alguien que acababa de entender un crimen mucho mayor.
—Porque así puede volver cuando quiera…
…sin dejar registro en el sistema.
Las palabras me helaron la sangre.
Recordé que mi computadora portátil seguía dentro de la habitación.
Mi bolso.
Mi pasaporte.
La documentación confidencial de la empresa.
Todo había permanecido allí mientras yo dormía.
—Quiero revisar mi habitación ahora mismo.
Subimos corriendo al piso dieciocho.
Dos agentes de seguridad abrieron primero.
Todo parecía normal.
La cama seguía deshecha.
La maleta estaba cerrada.
La ropa permanecía doblada.
Nada parecía fuera de lugar.
Hasta que abrí el portátil.
La pantalla ya estaba encendida.
Yo estaba completamente segura de haberlo apagado antes de dormir.
Vanessa llamó inmediatamente al departamento de informática.
Diez minutos después llegó el especialista.
Conectó un dispositivo.
Revisó los registros.
Su expresión cambió por completo.
—Alguien utilizó este equipo entre la 1:12 y la 1:28 de la madrugada.
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué hizo?
El técnico siguió revisando.
Cada segundo parecía eterno.
Finalmente levantó la vista.
—Copiaron archivos.
Muchos archivos.
—¿Cuáles?
El hombre giró lentamente la pantalla hacia mí.
La carpeta abierta llevaba el nombre de mi empresa.
Dentro estaban los contratos del congreso internacional que organizábamos esa semana.
Información de cientos de asistentes.
Datos financieros.
Números de tarjetas corporativas parcialmente enmascarados.
Y los acuerdos confidenciales con varios patrocinadores.
Vanessa comprendió inmediatamente la gravedad.
Esto ya no era un fraude de seiscientos ochenta dólares.
Era un posible robo masivo de información.
En ese mismo instante sonó la radio del jefe de seguridad.
Una voz alterada informó desde el lobby:
—La policía acaba de llegar…
Hubo unos segundos de interferencia.
Después añadió una frase que hizo que todos se quedaran inmóviles.
—Encontraron el automóvil de Olivia en el estacionamiento… pero dentro del vehículo hay un uniforme del hotel, varias tarjetas maestras… y un listado con más de cincuenta números de habitaciones marcados para esta semana.