Gu Ming leyó la última frase tres veces.
“Preferí hacerlo donde los documentos sí importan.”
Por primera vez desde que había entrado en aquella casa, sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—No puede ser…
Volvió a revisar los anexos.
Apartamento en Shanghai.
Local comercial en Nanjing.
Dos departamentos turísticos en Hangzhou.
Tres locales pequeños adquiridos mediante sociedades.
Una casa de descanso.
Cuatro departamentos residenciales.
Doce propiedades.
Todas aparecían allí.
Y no solo estaban identificadas.
Rebecca había incluido los comprobantes de cada transferencia.
Gu Ming pasó las páginas cada vez más rápido.
Había pagos que él había olvidado.
Transferencias desde una cuenta conjunta.
Dinero procedente de una inversión que Rebecca había hecho antes del matrimonio.
Incluso aparecían movimientos relacionados con una empresa que él siempre había presentado como exclusivamente suya.
La empresa de Rebecca.
Una pequeña consultoría que ella había creado antes de casarse y que él había convencido de cerrar para “concentrarse en la familia”.
Gu Ming recordó sus propias palabras.
“Yo me encargo del dinero. Tú no necesitas preocuparte.”
Durante siete años, Rebecca le había creído.
O eso había pensado.
El teléfono volvió a sonar.
Era su abogado.
—Señor Gu, ¿dónde está?
—En casa.
—Necesitamos hablar inmediatamente.
—Ya vi el embargo.
Hubo silencio.
—Entonces ya sabe.
—Quiero que lo levanten.
—No podemos.
—¿Qué significa que no pueden?
—La orden no viene de una simple demanda civil. Hay una solicitud de preservación de activos vinculada al proceso de divorcio.
Gu Ming apretó el teléfono.
—¿Rebecca hizo esto?
—Su abogado presentó una documentación extraordinariamente completa.
—¡Pero nosotros ya nos divorciamos!
—El divorcio no significa que los bienes ocultos desaparezcan.
Gu Ming cerró los ojos.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—Mañana es la primera audiencia.
—¿Y si llegamos a un acuerdo?
—Podría ayudar.
—Entonces llámala.
—Ya lo intentamos.
Gu Ming abrió los ojos.
—¿Qué dijo?
El abogado respiró profundamente.
—Dijo que no quiere negociar directamente con usted.
—¿Entonces con quién?
—Con el tribunal.
La llamada terminó.
Gu Ming permaneció inmóvil.
Durante años había pensado que Rebecca era incapaz de enfrentarse a él.
Siempre había sido tranquila.
Nunca gritaba.
Nunca hacía escenas.
Cuando él llegaba tarde, ella esperaba.
Cuando olvidaba un aniversario, ella sonreía.
Cuando él compraba una propiedad y no le decía nada, ella nunca preguntaba.
Incluso cuando Sophie Su apareció en su vida, Rebecca jamás la confrontó.
Gu Ming había confundido silencio con debilidad.
Ese fue su mayor error.
A la mañana siguiente, Margaret Zhao llegó a la oficina furiosa.
—¡Todo esto es culpa de esa mujer!
Gu Ming no respondió.
—¿Qué clase de esposa hace esto después de un divorcio?
—Una que sabe lo que está haciendo.
Margaret se quedó callada.
—¿Qué dijiste?
—Que Rebecca sabe exactamente lo que está haciendo.
Su madre se sentó frente a él.
—Tu padre jamás habría permitido que una mujer te hiciera esto.
Gu Ming levantó la mirada.
—Mi padre tampoco habría comprado doce propiedades a escondidas.
Margaret palideció.
—No hables así.
—¿Cuánto sabías?
—¿De qué?
—De las propiedades.
Silencio.
Gu Ming comprendió la respuesta antes de escucharla.
—Mamá.
Margaret bajó los ojos.
—Yo sabía que tenías algunos inmuebles.
—¿Algunos?
—No sabía que fueran doce.
Gu Ming soltó una risa seca.
—Claro.
Entonces Sophie entró.
Llevaba el mismo vestido que había usado el día anterior para visitar la inmobiliaria.
—Ming, tenemos que hablar.
Margaret la miró.
—Ahora no.
Sophie se acercó.
—La inmobiliaria llamó. Dicen que la villa sigue disponible, pero…
Gu Ming la interrumpió.
—No habrá villa.
El rostro de Sophie cambió.
—¿Qué?
—No voy a comprarla.
—Pero dijiste que después del divorcio todo sería diferente.
Gu Ming se quedó mirándola.
—¿Después del divorcio?
—Sí.
—¿Eso era lo que esperabas?
Sophie guardó silencio.
Entonces Gu Ming comprendió algo que no había querido admitir.
Sophie no había estado enamorada de un hombre.
Había estado enamorada de lo que creía que poseía.
De sus propiedades.
De sus viajes.
De su dinero.
De la vida que él le había prometido.
—¿Me quieres por mí? —preguntó.
Sophie pareció ofendida.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—Una muy sencilla.
Ella no respondió.
Gu Ming sonrió amargamente.
—Ya entendí.
Sophie tomó su bolso.
—No voy a quedarme aquí mientras Rebecca intenta destruirte.
—No te estoy pidiendo que te quedes.
—Entonces, ¿qué quieres?
Gu Ming señaló la puerta.
—Que te vayas.
Sophie lo miró con incredulidad.
—Ming…
—Vete.
Ella salió sin despedirse.
Margaret permaneció sentada.
—¿Vas a dejar que Rebecca se quede con todo?
Gu Ming negó lentamente.
—No.
—Entonces lucha.
Él miró los documentos sobre el escritorio.
—Eso voy a hacer.
Pero todavía no sabía que Rebecca ya había preparado algo más.
La audiencia comenzó a las diez de la mañana.
Rebecca entró acompañada por su abogada.
Llevaba un traje azul oscuro.
Nada llamativo.
Nada que pudiera llamar la atención.
Gu Ming la observó desde el otro lado de la sala.
Durante unos segundos recordó a la mujer que había conocido siete años atrás.
Ella había llegado a su vida sin pedirle dinero.
Sin pedirle propiedades.
Sin preguntarle cuánto ganaba.
Solo le había dicho:
—Si vamos a casarnos, quiero que seamos honestos.
Él había prometido que sí.
Y había sido él quien rompió aquella promesa.
La jueza revisó los documentos.
—Señor Gu, sus abogados argumentan que las doce propiedades fueron adquiridas exclusivamente con sus ingresos.
—Sí, su señoría.
Rebecca permaneció en silencio.
La jueza levantó uno de los anexos.
—Entonces explique esta transferencia.
Gu Ming miró la pantalla.
Era un depósito de varios cientos de miles de yuanes.
Provenía de una cuenta perteneciente a Rebecca.
—Fue un préstamo.
La abogada de Rebecca se levantó.
—No existe ningún contrato de préstamo.
—Fue verbal.
—¿Tiene alguna prueba?
Gu Ming no respondió.
La jueza continuó.
—¿Y esta otra transferencia?
Otra cantidad.
Otra propiedad.
Otra fecha.
Gu Ming empezó a sudar.
—No recuerdo.
La jueza dejó el documento sobre la mesa.

—Su señor Gu, hay doce propiedades y cientos de movimientos financieros. Su exesposa presentó registros bancarios, contratos, declaraciones fiscales y comunicaciones de los últimos siete años.
Rebecca finalmente habló.
—No quiero quedarme con todo.
Gu Ming levantó la cabeza.
Ella lo miró directamente.
—Solo quiero que se reconozca lo que realmente pertenece a cada uno.
Aquella frase fue más devastadora que cualquier insulto.
La jueza ordenó una auditoría completa de los bienes.
También confirmó que las medidas cautelares continuarían hasta determinar la propiedad real de cada activo.
Gu Ming salió de la sala furioso.
Esperó a Rebecca en el pasillo.
—¿Por qué hiciste esto?
Ella se detuvo.
—Porque tú empezaste.
—Podrías haberme preguntado.
—Te pregunté durante años.
—Nunca hablaste de las propiedades.
Rebecca sonrió tristemente.
—No necesitaba saber dónde estaban. Solo necesitaba saber que existían.
—¿Desde cuándo?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Desde el segundo año de nuestro matrimonio.
Gu Ming quedó paralizado.
—¿Y nunca dijiste nada?
—Esperaba que me lo contaras.
—¿Y cuando no lo hice?
Rebecca lo miró.
—Empecé a guardar pruebas.
Él bajó la voz.
—¿Por qué esperaste hasta el divorcio?
—Porque durante mucho tiempo todavía esperaba que fueras el hombre con quien me casé.
Gu Ming sintió una presión en el pecho.
—Rebecca…
—Pero entonces conociste a Sophie.
Silencio.
—Y entendí que ya no estabas confundido.
Ella dio un paso atrás.
—Habías tomado una decisión.
Gu Ming quiso decir algo.
No encontró nada.
Rebecca se marchó.
Tres semanas después llegó el informe final.
Las doce propiedades no eran completamente de Gu Ming.
Siete tenían aportaciones directas de Rebecca.
Tres habían sido compradas mediante dinero procedente de cuentas matrimoniales.
Una estaba vinculada a una empresa de Rebecca.
Y la última había sido adquirida con fondos cuya procedencia Gu Ming no pudo justificar.
El tribunal ordenó repartir los bienes.
Gu Ming perdió el control de casi todo el patrimonio inmobiliario que había intentado ocultar.
Pero todavía quedaba una última sorpresa.
Durante la auditoría, los investigadores descubrieron transferencias realizadas a una sociedad extranjera.
La empresa estaba vinculada a Sophie.
Gu Ming la llamó inmediatamente.
—¿Qué hiciste?
Sophie respondió con calma.
—¿De qué hablas?
—De las transferencias.
Silencio.
—Ming, no sabes de qué estás hablando.
—Tengo los documentos.
—Yo no hice nada.
—Entonces explícame por qué recibiste dinero de una de mis sociedades durante dieciocho meses.
Sophie colgó.
Dos días después desapareció.
Pero no llegó lejos.
La investigación descubrió que había utilizado información interna para mover parte de los fondos de la empresa de Gu Ming.
Y entonces apareció otro nombre.
Margaret Zhao.
Gu Ming miró el documento durante largo tiempo.
—No…
Su madre había autorizado algunas de las transferencias.
La mujer que había pasado meses diciendo que Rebecca quería destruir a su hijo había ayudado a ocultar parte del patrimonio.
Cuando Gu Ming la confrontó, Margaret lloró.
—Lo hice por ti.
—No.
—Quería protegerte.
—Me enseñaste a mentirle a mi esposa.
Margaret no respondió.
Gu Ming salió de la casa familiar esa misma noche.
Por primera vez en siete años no tenía una propiedad esperándolo.
No tenía una esposa que lo perdonara.
No tenía una novia que quisiera quedarse.
Solo tenía las consecuencias de sus propias decisiones.
Seis meses después, Rebecca recibió una carta.
Era de Gu Ming.
No contenía disculpas exageradas.
No pedía otra oportunidad.
Solo decía:
“Ahora entiendo por qué nunca discutías conmigo. No estabas perdiendo. Estabas esperando que yo mismo revelara quién era.”
Rebecca terminó de leerla y la guardó en un cajón.
No respondió.
Había comenzado una nueva vida.
Vendió uno de los inmuebles que recibió legalmente y abrió una pequeña firma de asesoría financiera.
Ya no vivía en la sombra de Gu Ming.
Ya no era “la señora Gu”.
Era Rebecca Shen.
Por sí misma.
Un año después, mientras salía de su oficina, recibió una llamada de su abogada.
—Rebecca, acaba de llegar una notificación.
—¿Sobre qué?
—Gu Ming presentó una nueva demanda.
Ella se quedó quieta.
—¿Qué quiere ahora?
La abogada hizo una pausa.
—Dice que descubrió que tú también ocultaste un activo durante el matrimonio.
Rebecca sonrió lentamente.
—¿Qué activo?
—No lo especifica.
Rebecca miró hacia la ventana.
Durante un segundo pensó que quizá finalmente había encontrado algo que ella no había previsto.
Entonces recordó una caja que su padre le había entregado antes de morir.
Una caja que llevaba siete años sin abrir.
Dentro había un antiguo contrato de propiedad.
Y un nombre que no era el suyo.
Rebecca sintió que la sonrisa desaparecía de su rostro.
Porque quizá las doce propiedades no habían sido el secreto más grande de su matrimonio.
Quizá Gu Ming acababa de abrir una puerta que ninguno de los dos sabía que existía.
Y esta vez, la persona que podía perderlo todo no era él.
Era alguien de su propia familia.