Felipe alcanzó la ventana y trató de abrirla con desesperación.
Pero Sofía se interpuso en su camino.
—No vas a escapar.
Él la empujó con fuerza, aunque el abogado consiguió sujetarlo antes de que llegara al marco.
—Suélteme —gritó Felipe—. Todo esto es un malentendido.
La anciana comenzó a llorar desde la cama.
—No es la primera vez que me golpea.
El abogado levantó la grabadora.
—Y tampoco es la primera vez que lo confiesa sin darse cuenta.
Felipe dejó de forcejear.
—¿Qué quiere decir?
El hombre pulsó un botón.
La voz de Felipe llenó la habitación.
—Si la vieja muere antes de cambiar el testamento, la casa será nuestra.
Sofía sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
La grabación continuó.
—Solo tenemos que convencer a todos de que perdió la razón. Después diremos que se cayó mientras estaba sola.
Felipe palideció.
—Eso está manipulado.
—La conversación ocurrió ayer en mi despacho —respondió el abogado—. Usted creyó que la grabadora estaba apagada.
Sofía miró a su abuela.
—¿Qué testamento?
La anciana señaló un cajón junto a la cama.
Dentro había una carpeta sellada.
El documento establecía que la casa, las tierras y las cuentas familiares pasarían a Sofía.
Felipe no recibiría nada.
—¿Por eso la maltratabas? —preguntó ella.
Él recuperó parte de su arrogancia.
—Esa mujer no sabe administrar su fortuna. Yo solo intentaba proteger el patrimonio.
—Intentabas quedártelo.
Las sirenas comenzaron a escucharse en la calle.
Felipe miró hacia la puerta y después hacia la ventana.
Sabía que ya no tenía salida.
Entonces señaló al abogado.
—Pregúntale por qué estaba escuchando detrás de la puerta.
Sofía frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
—Él tampoco vino a salvarlas. Vino por el testamento.
El abogado guardó silencio.
Felipe soltó una carcajada amarga.
—Diles la verdad. Tú me ofreciste dinero para conseguir la firma de la anciana.
La expresión del abogado cambió.
—Está intentando confundirlas.
Pero la abuela levantó la voz.
—No está mintiendo.
Sofía giró hacia ella.
La anciana explicó que el abogado llevaba meses insistiendo en trasladar sus propiedades a una empresa desconocida.
Cuando ella se negó, comenzaron las amenazas de Felipe.
—¿Trabajaban juntos? —preguntó Sofía.
Felipe negó.
—Él me utilizó. Me dijo que, si conseguía que ella firmara, recibiría una parte.
El abogado avanzó hacia el cajón.
—Entrégueme la carpeta. Debo protegerla hasta que llegue la policía.
Sofía tomó el testamento antes que él.
—No se acerque.
La máscara del hombre desapareció.
Sacó un pequeño dispositivo del bolsillo y apagó las luces de la casa.
La habitación quedó completamente oscura.
Se escuchó un golpe.
Después, el ruido de la puerta abriéndose.
Cuando regresó la electricidad, el abogado había desaparecido.
También faltaba la grabadora.
Felipe permanecía junto a la ventana, paralizado.
—Se llevó la única prueba —murmuró.
Sofía levantó su teléfono.
—No.
Antes de que Felipe se lo arrebatara, ella había activado la grabación de audio.
Toda la conversación había quedado guardada.
La policía entró segundos después.
Felipe fue detenido por agresión, amenazas y conspiración para apropiarse de los bienes de la anciana.
Pero el abogado ya había escapado.
Antes de ser llevado, Felipe miró a Sofía.
—Crees que tu abuela te dejó todo por amor.
—¿Qué estás diciendo?
—Ella no es tu abuela.
La anciana cerró los ojos.
Sofía sintió un escalofrío.
—Dime que está mintiendo.
La mujer respiró con dificultad.
—Te crié como mi nieta, pero no compartimos sangre.
Sofía se sentó junto a la cama.
—Entonces, ¿quién soy?
La anciana sacó una fotografía antigua de debajo de la almohada.
En ella aparecía una joven sosteniendo a un bebé frente a la misma casa.
—Tu madre trabajaba aquí —explicó—. Descubrió que mi esposo y aquel abogado desviaban dinero de varias familias.
—¿Dónde está ella?
—Desapareció cuando intentó denunciarlos.
Sofía observó la fotografía con lágrimas.
—¿Felipe lo sabía?
—Sí. Por eso quería que muriera antes de contártelo.
La policía rastreó al abogado hasta una vieja propiedad en las afueras del pueblo.
Cuando entraron, encontraron documentos quemados y fotografías de Sofía tomadas durante años.
Sobre una mesa había una carta reciente.
“Si Sofía descubre quién era su madre, reclamará una fortuna mucho mayor que esta casa”.
Junto a la carta aparecía el nombre de una empresa internacional y una cuenta bancaria con millones.
La anciana no había adoptado a Sofía solamente para protegerla.
También la había mantenido oculta porque era la única heredera de una familia desaparecida.
Entonces llegó un mensaje al teléfono de Sofía.
Era una fotografía del abogado sosteniendo a una mujer de cabello blanco.

La anciana reconoció su rostro de inmediato.
—Es tu madre.
Sofía sintió que el corazón se le detenía.
Debajo de la imagen había una amenaza:
“Entrégame el testamento antes de medianoche o volverás a perderla”.
Felipe había sido arrestado.
La abuela estaba a salvo.
Pero el verdadero enemigo acababa de revelar que la madre de Sofía seguía viva.
Y llevaba décadas esperando utilizarla para recuperar la fortuna que había robado.