PARTE 2: MI ANTIGUO AMOR PLATÓNICO GUARDÓ MI NOVELA SECRETA DURANTE AÑOS Y FINALMENTE ME REVELÓ POR QUÉ NUNCA ME OLVIDÓ

Me quedé mirando el teléfono de Samuel.

No podía creer lo que estaba viendo.

En la pantalla aparecía un archivo antiguo.

El título.

La portada.

Y el nombre falso que había utilizado cuando tenía diecinueve años.

Mi novela.

La historia vergonzosa que había escrito durante noches enteras pensando en él.

—No puede ser.

Samuel levantó una ceja.

—¿Por qué no?

—Porque la envié de forma anónima.

—Sí.

—Entonces, ¿cómo sabes que era yo?

Guardó el teléfono lentamente.

—Porque nadie más podía escribir algo así.

Sentí que mis mejillas ardían.

—¿Eso es un insulto?

Por primera vez, Samuel sonrió.

Una sonrisa real.

No la expresión educada que mostraba a sus pacientes.

—No. Es un cumplido.

No supe qué responder.

Durante años había pensado que él había ignorado mis correos porque me consideraba ridícula.

Pero la verdad era completamente diferente.

—Entonces… ¿la leíste?

Samuel apartó la mirada.

—Todas.

Abrí los ojos.

—¿Todas?

—Cada capítulo.

El silencio entre nosotros se volvió extraño.

—Pero dijiste que eran tonterías.

Samuel suspiró.

—Tenía diecinueve años.

—Yo también.

—Lo sé.

Me miró.

—Y yo era demasiado orgulloso para admitir que una persona que apenas conocía había conseguido hacerme reír más que nadie.

No esperaba esa respuesta.

Samuel terminó de revisar la herida y comenzó a guardar los instrumentos.

—Cuando recibí el último capítulo, esperé que volvieras a escribir.

—¿Y por qué nunca respondiste?

Se quedó quieto.

Por unos segundos pensé que no contestaría.

—Porque descubrí quién eras.

Mi corazón dio un pequeño salto.

—¿Qué?

—Encontré una pista en uno de los correos. Un evento universitario. Una frase que solo una persona había dicho.

Me miró directamente.

—Tú.

Me quedé inmóvil.

—Entonces sabías que era yo.

—Sí.

—¿Y no dijiste nada?

—Porque cuando te vi en la universidad, eras completamente diferente.

Sonreí con vergüenza.

—¿Diferente cómo?

Samuel apoyó las manos sobre la mesa.

—En la vida real eras tímida. Siempre llevabas libros enormes. Nunca mirabas a nadie a los ojos cuando hablabas.

—Eso no suena muy halagador.

—Pero en tus historias eras valiente.

Sus palabras me sorprendieron.

—La persona que escribía esas páginas tenía una confianza que tú no mostrabas.

Bajó la voz.

—Me preguntaba por qué escondías esa parte de ti.

Durante años había pensado que Samuel nunca me había visto.

Pero quizás había sido todo lo contrario.

Quizás me había visto demasiado.

La enfermera regresó con el medicamento.

—Doctor, ¿terminó?

Samuel asintió.

—Sí.

Ella miró entre nosotros.

—¿Se conocen?

Antes de que pudiera responder, Samuel dijo:

—Desde hace mucho tiempo.

No sé por qué esas palabras me hicieron sentir algo extraño.

Porque era verdad.

Nos conocíamos.

Aunque nunca hubiéramos hablado realmente.

Después del tratamiento, me dieron instrucciones para volver a casa.

Pensé que ahí terminaría todo.

Un encuentro extraño.

Una coincidencia imposible.

Un recuerdo incómodo.

Pero cuando estaba saliendo del hospital, Samuel apareció detrás de mí.

—Laura.

Me giré.

—¿Sí?

Sostenía mi antiguo libro de registros médicos.

—Olvidaste esto.

Lo tomé.

—Gracias.

Hubo un silencio.

Entonces dijo:

—¿Sigues escribiendo?

La pregunta me sorprendió.

—No.

—¿Por qué?

Me encogí de hombros.

—Porque crecí.

Samuel negó.

—No.

—¿No?

—Porque dejaste de creer que alguien quería leer lo que escribías.

No supe qué decir.

Porque había acertado.

Después de aquella respuesta cruel en la universidad, había dejado de escribir.

No porque no tuviera historias.

Sino porque pensé que nadie quería escucharlas.

Samuel sacó su teléfono nuevamente.

Abrió mi antigua novela.

—Yo la guardé durante diez años.

—¿Por qué?

Me miró.

Y esta vez no parecía el estudiante perfecto.

Parecía simplemente Samuel.

—Porque fue la primera vez que alguien me hizo sentir que no tenía que ser perfecto.

El corazón me dio un vuelco.

—Samuel…

Sonrió ligeramente.

—Por cierto.

—¿Qué?

—El protagonista de tu novela era bastante arrogante.

Me reí.

—¿Te estás quejando?

—Un poco.

—Era ficción.

—Lo sé.

Pausa.

—Pero me pareció curioso que se pareciera tanto a mí.

Me tapé la cara.

—Dios mío. Qué vergüenza.

Samuel soltó una pequeña risa.

Y me di cuenta de algo.

El hombre que durante años había imaginado como alguien imposible de alcanzar estaba allí frente a mí.

Y era mucho más humano de lo que había pensado.

Dos semanas después, Samuel me invitó a tomar café.

No como paciente.

No como antigua compañera.

Simplemente como Laura.

La primera cita fue incómoda.

La segunda fue menos.

La tercera terminó hablando durante cinco horas sobre todo lo que nunca nos habíamos dicho.

Descubrí que Samuel había guardado mis correos porque realmente significaban algo para él.

Él descubrió que yo había pasado años creyendo que era una vergüenza.

Ambos estábamos equivocados.

Un año después, publiqué mi primera novela oficialmente.

No usé un nombre falso.

No me escondí.

Y Samuel fue la primera persona en comprar un ejemplar.

Durante la presentación, me preguntaron de dónde había nacido mi inspiración.

Sonreí.

Miré a Samuel entre el público.

Y respondí:

—De una chica que tenía miedo de mostrar quién era.

Después de la presentación, Samuel se acercó con una copia firmada.

—¿Sabes algo?

—¿Qué?

—Esta versión me gusta más.

—¿Por qué?

Abrió el libro.

—Porque ahora la protagonista ya no necesita esconderse.

Sonreí.

Porque tenía razón.

Durante años pensé que aquel correo enviado a un amor imposible había sido mi momento más vergonzoso.

Pero la verdad era otra.

A veces aquello que más queremos ocultar es precisamente lo que alguien más está esperando encontrar.

Y aquella extraña noche en un hospital, después de una mordedura absurda y una situación imposible, descubrí algo que nunca imaginé:

El chico del que me enamoré en secreto durante la universidad nunca se había olvidado de mí.

Simplemente estaba esperando que finalmente yo dejara de esconderme.

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