El hombre sacó el objeto del bolsillo con un movimiento brusco.
Varias personas gritaron y retrocedieron, pero Carlos permaneció frente a la joven.
Bajo la luz amarillenta de la farola, comprendió que no era un arma.
Era una placa policial.
—Soy agente —afirmó el desconocido—. Esta muchacha está bajo mi custodia.
La multitud comenzó a murmurar. Carlos volvió a dudar, pero la joven negó desesperadamente con la cabeza.
—Esa placa es falsa —susurró—. Se llama Esteban. Trabajaba para mi padre.
El hombre la sacudió con violencia.
—¡Cállate!
Carlos observó la placa con atención. El número estaba torcido y el escudo parecía pegado sobre el metal.
Sacó el teléfono y comenzó a grabar.
—Entonces no tendrás problema en decirnos de qué comisaría vienes.
Esteban apretó la mandíbula.
En ese instante, la joven pisó con fuerza su pie y logró soltarse. Corrió hacia Carlos, pero el secuestrador la alcanzó por el cabello.
Carlos se lanzó sobre él.
Ambos cayeron contra unas cajas abandonadas mientras los testigos llamaban a emergencias. Después de un breve forcejeo, varios transeúntes ayudaron a inmovilizar al agresor.
La joven se refugió detrás de Carlos, temblando.
—Me llamo Sofía —dijo entre sollozos—. Mi padre murió hace tres días. Esteban quiere obligarme a firmar unos documentos.
—¿Qué documentos?
—La renuncia a mi herencia.
Pocos minutos después, llegaron varias patrullas. Los agentes confirmaron que la placa era falsa y encontraron dentro del abrigo de Esteban una jeringa, documentos notariales y una fotografía de Sofía saliendo de su universidad.
Pero la revelación más inquietante apareció en su teléfono.
Había decenas de mensajes enviados por una mujer registrada como “Señora R”.
Uno de ellos decía:
«Llévala al almacén. Debe firmar antes del funeral».
Sofía leyó el mensaje y perdió el color del rostro.
—La señora R es Rebeca… mi madrastra.
Carlos sintió un escalofrío.
Aquello no había sido un secuestro improvisado. Era un plan organizado por alguien cercano a la víctima.
En la comisaría, Sofía explicó que su padre le había dejado todas las acciones de una importante empresa. Desde su muerte, Rebeca insistía en que firmara ciertos documentos “para proteger a la familia”.
Ella se había negado.
Esa misma noche, Esteban la interceptó al salir de una cafetería.
—Mi madrastra dijo que mi padre murió de un ataque al corazón —añadió Sofía—. Pero antes de morir me envió un mensaje extraño.
Mostró su teléfono a los agentes.
«No confíes en Rebeca. Busca la carpeta azul».
La policía registró la mansión familiar y encontró la carpeta escondida detrás de un retrato.
Contenía pruebas de que Rebeca y Esteban llevaban meses desviando dinero de la empresa. También había un informe médico que demostraba que el padre de Sofía había sido envenenado lentamente.
Rebeca intentó huir aquella madrugada, pero fue detenida en el aeropuerto.
Frente a los agentes, culpó a Esteban de todo.
Sin embargo, él reveló la verdad para reducir su condena.
—Rebeca ordenó el secuestro y preparó el veneno. Quería la empresa antes de que Sofía descubriera las cuentas falsas.
Días después, Sofía regresó al callejón acompañada de Carlos.
—No sé qué habría ocurrido si no hubieras aparecido —dijo emocionada.
—Fuiste tú quien tuvo el valor de pedir ayuda.

Ella sonrió por primera vez desde aquella noche.
Entonces recibió una llamada del inspector.
—Señorita Sofía, encontramos algo más en la carpeta azul.
—¿Qué cosa?
—Una prueba de que Rebeca tampoco actuaba sola.
Sofía miró a Carlos con preocupación.
El inspector continuó:
—Su padre tenía un socio secreto. Y ese hombre acaba de preguntar dónde se encuentra usted.