PARTE 2: EL INCENDIO QUE DESTAPÓ EL FRAUDE MILLONARIO Y LA TRAICIÓN DEL HOMBRE MÁS PODEROSO

El jefe se lanzó contra Carlos en medio del humo.

—¡Te advertí que mantuvieras la boca cerrada! —rugió.

Carlos levantó los brazos para protegerse, pero antes de que el hombre pudiera golpearlo, dos trabajadores se interpusieron.

—¡Ya basta, señor Ramiro! —gritó uno de ellos—. No volverá a intimidarnos.

Ramiro intentó apartarlos con violencia.

Las llamas avanzaban por las paredes y convertían el aire en una nube oscura e irrespirable.

—¡Tenemos que salir de aquí! —ordenó la dueña, Valeria Montes.

Uno de los empleados corrió hacia la salida principal, pero regresó aterrorizado.

—¡La puerta está cerrada desde afuera!

Todos miraron a Ramiro.

El jefe había llegado antes que ellos y era el único que poseía las llaves del edificio.

—¿Nos encerraste? —preguntó Valeria con incredulidad.

—No diga tonterías —respondió él mientras retrocedía—. La cerradura debió atascarse.

Carlos señaló su chaqueta.

—Las llaves están en su bolsillo.

Ramiro apretó la mandíbula.

Su plan había sido simple: reunir a los empleados bajo el pretexto de revisar el inventario, quemar los archivos comprometedores y salir antes de que el fuego se propagara.

Pero Carlos había llegado demasiado pronto.

Y ahora todos eran testigos.

—Entrégueme las llaves —exigió Valeria.

—No recibo órdenes de usted.

La respuesta dejó a todos paralizados.

Valeria era la propietaria legal de la empresa. Sin embargo, Ramiro hablaba como si estuviera por encima de ella.

—Esta compañía pertenece a mi familia —recordó la mujer.

Ramiro soltó una sonrisa torcida.

—Eso es lo que todavía crees.

De repente, una explosión sacudió el fondo de la fábrica.

Una estantería metálica cayó sobre el suelo y bloqueó el pasillo lateral.

El pánico se apoderó de los trabajadores.

Carlos tomó un extintor y comenzó a abrirse paso entre las llamas.

—¡Hay una ventana en el almacén! —gritó—. Podemos salir por allí.

—No llegarán —respondió Ramiro.

Carlos se volvió hacia él.

—¿Por qué está tan seguro?

El jefe no contestó.

Valeria comprendió la verdad.

—También bloqueaste esa salida.

Ramiro aprovechó la confusión y corrió hacia una pequeña puerta detrás de las oficinas.

Carlos lo siguió.

—¡Tiene una salida privada!

El jefe introdujo una llave en la cerradura, pero Carlos alcanzó a sujetarlo por el brazo.

Ambos forcejearon mientras el humo les quemaba los ojos.

—¡Suéltame, miserable! —gritó Ramiro.

—¡No se irá dejando que todos mueran!

El encendedor de oro cayó de su bolsillo.

Junto a él también cayó una memoria electrónica.

Valeria la reconoció de inmediato.

—Ese dispositivo pertenecía a mi padre.

Ramiro consiguió soltarse, pero dos empleados lo derribaron antes de que pudiera escapar.

Carlos tomó las llaves y abrió la puerta privada.

—¡Por aquí!

Los trabajadores comenzaron a salir uno tras otro hacia el patio exterior. Carlos permaneció dentro hasta asegurarse de que nadie quedara atrapado.

Valeria fue la última en cruzar.

Cuando todos estuvieron a salvo, varias patrullas y camiones de bomberos entraron en la propiedad.

Ramiro intentó mezclarse entre los trabajadores, pero Carlos lo señaló.

—¡Ese hombre provocó el incendio!

Dos agentes lo sujetaron.

—No pueden detenerme —protestó Ramiro—. Este lugar está a mi nombre.

Valeria lo miró con desprecio.

—Eso es imposible.

Ramiro comenzó a reír.

—Revisa los archivos de la memoria.

Un policía entregó el dispositivo a un especialista. Minutos después, conectaron su contenido a una computadora portátil.

En la pantalla aparecieron contratos, transferencias bancarias y firmas falsificadas.

Valeria sintió que le faltaba el aire.

Los documentos indicaban que el ochenta por ciento de las acciones de la compañía había sido transferido a Ramiro seis meses antes de la muerte de su padre.

—Mi padre jamás habría firmado esto —dijo ella.

Carlos observó con atención una de las hojas.

—Esa firma no es suya.

—¿Cómo puedes saberlo? —preguntó Valeria.

Carlos guardó silencio durante unos segundos.

Después sacó de su cartera una vieja fotografía.

En ella aparecía junto al fundador de la empresa.

—Porque trabajé para él antes de ser limpiador.

Valeria lo miró sorprendida.

—¿Quién eres realmente?

—Fui su contador personal.

Ramiro perdió el color del rostro.

Carlos continuó:

—Hace tres años descubrí que alguien desviaba millones de la compañía. Cuando intenté denunciarlo, Ramiro falsificó pruebas para acusarme de robo. Perdí mi puesto, mi casa y mi reputación.

—¿Por qué regresaste aquí? —preguntó Valeria.

—Porque su padre me llamó poco antes de morir. Me dijo que sospechaba de Ramiro y me pidió que encontrara los documentos originales.

Ramiro comenzó a forcejear contra los agentes.

—¡Está mintiendo!

Carlos levantó la memoria.

—Aquí hay una grabación de voz.

El especialista abrió el archivo.

La voz del padre de Valeria se escuchó claramente:

—Ramiro, jamás firmaré esa transferencia. Si vuelves a amenazarme, contaré todo a mi hija.

Luego se oyó un golpe, seguido por la voz fría del jefe:

—Entonces ella heredará una empresa en ruinas.

Valeria se llevó una mano a la boca.

Su padre había muerto dos días después de aquella grabación. Todos creyeron que había sufrido un ataque cardíaco.

—Tú lo mataste —susurró.

Ramiro negó desesperadamente.

—No pueden probarlo.

—Todavía no hemos terminado —dijo Carlos.

Dentro de la memoria había otro archivo fechado la noche de la muerte del fundador.

Era un video de seguridad.

Las imágenes mostraban a Ramiro entrando en el despacho con un pequeño frasco. Minutos después, salía apresuradamente.

El padre de Valeria aparecía desplomado sobre su escritorio.

Los agentes esposaron al jefe.

—Ramiro Salcedo, queda detenido por incendio provocado, fraude, secuestro y sospecha de asesinato.

Mientras se lo llevaban, Ramiro miró a Valeria con una sonrisa siniestra.

—Tu padre no era la víctima inocente que imaginas.

Valeria se acercó.

—¿Qué quieres decir?

—Pregúntale a Carlos por qué cambió de apellido antes de entrar en la empresa.

Todos dirigieron la mirada hacia el limpiador.

Carlos bajó lentamente los ojos.

—¿De qué está hablando? —preguntó Valeria.

Él apretó la vieja fotografía entre sus dedos.

—Su padre no solo era mi jefe.

Valeria sintió un escalofrío.

—Entonces, ¿quién era?

Carlos levantó la mirada con lágrimas contenidas.

—Era mi padre también.

La revelación dejó a todos en silencio.

Pero Carlos aún guardaba una verdad más peligrosa.

Antes de morir, el fundador había firmado un testamento secreto.

Y en ese documento no dejaba la empresa a Valeria.

Se la entregaba por completo al hijo que durante treinta años había mantenido oculto.

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