PARTE 2: EL TESTAMENTO OCULTO QUE CONVIRTIÓ LA MANSIÓN EN LA ESCENA DE UNA TRAICIÓN IMPERDONABLE

Carlos no abandonó la propiedad.

Entró en el automóvil estacionado frente a la mansión y observó las ventanas iluminadas bajo la lluvia. Dentro, Elena seguramente celebraba una victoria que todavía no le pertenecía.

Sacó de su abrigo un sobre protegido por una funda impermeable.

En su interior estaba el testamento original de su padre.

No solo nombraba a Carlos heredero de la mansión. También le entregaba el control de las empresas familiares y ordenaba investigar cualquier transferencia realizada durante los últimos seis meses de su vida.

Carlos llamó a su abogada.

—Es el momento, Lucía. Activa la denuncia y trae al notario.

—La policía ya revisa las cuentas —respondió ella—. Pero hemos descubierto algo más grave.

—¿Qué encontraron?

—La firma del documento de Elena fue realizada tres días después de la muerte de tu padre.

Carlos apretó el teléfono.

Eso significaba que la falsificación podía demostrarse fácilmente.

Sin embargo, Lucía guardó silencio antes de añadir:

—La persona que certificó la firma fue tu tío Rafael.

Carlos sintió un escalofrío.

Rafael había dirigido la empresa durante su ausencia. También era quien le había aconsejado huir cinco años atrás, asegurándole que Elena planeaba matarlo.

Ahora comprendía que quizá nunca había intentado protegerlo.

Antes de que pudiera responder, las luces de la mansión se apagaron.

Una figura apareció en una ventana del segundo piso.

Era una anciana golpeando desesperadamente el cristal.

Carlos la reconoció de inmediato.

—Doña Mercedes…

La antigua ama de llaves había desaparecido poco después de la muerte de su padre. Elena aseguró que se había marchado voluntariamente.

Pero aquella mujer estaba encerrada dentro de la casa.

Carlos corrió hacia la entrada y golpeó la puerta.

—¡Elena, abre ahora mismo!

Los guardias salieron para detenerlo, pero varias patrullas aparecieron al final del camino. Lucía descendió de uno de los vehículos acompañada por un notario y dos agentes.

—Tenemos una orden para registrar la propiedad —anunció.

Elena apareció en el vestíbulo con el rostro desencajado.

—Esta es una propiedad privada.

Carlos levantó el testamento original.

—No por mucho tiempo.

El notario examinó el documento y confirmó los sellos oficiales. Después comparó la fecha con el supuesto título presentado por Elena.

—Este segundo documento es falso —sentenció.

Elena retrocedió.

—Carlos robó esos papeles antes de huir.

—No huí —respondió él—. Me tendieron una trampa.

Los agentes subieron al segundo piso y encontraron a Mercedes encerrada en una habitación. La anciana estaba débil, pero consciente.

Cuando vio a Carlos, comenzó a llorar.

—Tu padre no murió por causas naturales —confesó—. Yo escuché la discusión aquella noche.

Elena palideció.

—Está confundida. Es una mujer enferma.

Mercedes señaló hacia ella.

—Tú cambiaste sus medicamentos, pero no trabajabas sola.

Carlos pensó inmediatamente en Rafael.

—¿Mi tío participó?

La anciana negó lentamente.

—Rafael falsificó los documentos, pero la persona que ordenó todo fue alguien mucho más cercano a ti.

En ese instante, una voz masculina resonó desde la puerta.

—Ya ha hablado demasiado.

Todos se giraron.

Rafael había llegado acompañado por varios hombres. Sostenía un arma y apuntaba directamente a Mercedes.

—Baja eso —ordenó uno de los agentes.

Rafael sonrió.

—Nadie saldrá de aquí con el testamento.

Elena corrió hacia él.

—Prometiste que Carlos jamás regresaría.

Aquella frase confirmó su alianza.

Pero Rafael la apartó con desprecio.

—Tú ya no eres necesaria.

Elena comprendió demasiado tarde que también había sido utilizada.

Carlos mantuvo la mirada fija en su tío.

—Fuiste tú quien me hizo creer que Elena quería matarme.

—Necesitaba que desaparecieras mientras tomábamos el control de la empresa.

—¿Por qué asesinaron a mi padre?

Rafael soltó una risa amarga.

—Porque descubrió que yo no era su verdadero hermano.

El salón quedó en silencio.

Rafael sacó una fotografía antigua.

En ella aparecía el padre de Carlos junto a una mujer joven sosteniendo a dos bebés.

—Tu abuelo ocultó durante décadas que yo era su hijo ilegítimo —reveló—. Tu padre heredó todo mientras a mí me dejaron como un simple administrador.

—Eso no justificaba matarlo.

—No lo maté yo.

Carlos miró hacia Elena.

Ella negó desesperadamente.

Mercedes reunió fuerzas para hablar.

—La persona que puso el veneno en la bebida fue la madre de Carlos.

El mundo pareció detenerse.

—Mi madre murió cuando yo era niño —dijo Carlos.

—Eso fue lo que te contaron —respondió Mercedes—. Sigue viva y ha dirigido todo desde el extranjero.

Rafael levantó el arma hacia Carlos.

—Elena debía quedarse con la propiedad, yo con la empresa y tu madre con la fortuna oculta. Pero tu regreso arruinó el acuerdo.

Antes de que pudiera disparar, Elena empujó su brazo. La bala golpeó una lámpara y los agentes se abalanzaron sobre él.

Rafael fue reducido y esposado.

Elena cayó al suelo, llorando.

—Yo falsifiqué el título, pero no maté a tu padre. Tu madre me prometió parte de la herencia si te mantenía lejos.

Carlos se acercó lentamente.

—¿Dónde está ella?

Elena señaló el antiguo retrato familiar situado sobre la chimenea.

Detrás del cuadro, los agentes encontraron una caja fuerte. En su interior había transferencias bancarias, cartas y una invitación fechada para la noche siguiente.

En la parte superior figuraba un nombre que Carlos no había leído desde su infancia:

Isabel Montenegro.

Su madre.

Y debajo había una breve instrucción escrita con tinta roja:

«Cuando Carlos regrese, tráiganlo vivo. Él es el único que puede abrir la cámara donde su padre escondió la verdadera fortuna».

Carlos comprendió entonces que recuperar la mansión era apenas el comienzo.

Su regreso no había sorprendido a su madre.

Ella llevaba cinco años esperándolo.

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