Durante cinco segundos nadie dijo nada.
Mi padre miraba a Ryan.
Mi madre miraba a mi padre.
Y yo solo quería desaparecer.
—Lena —dijo mi madre lentamente—. ¿Este es el famoso mono del monte?
Sentí que mi cara ardía.
—Mamá.
Ryan se aclaró la garganta.
—Para ser justos, yo elegí ese nombre antes de conocerla.
Mi padre cruzó los brazos.
—¿Y por qué un hombre de la ciudad viaja hasta aquí después de que mi hija lo bloqueó?
Buena pregunta.
Demasiado buena.
Ryan me miró.
Y por primera vez desde que lo conocía, no había una pantalla entre nosotros.
No había conexión inestable.
No había excusas.
Solo estábamos los dos.
—Porque cuando Lena desapareció, pensé que había hecho algo mal.
Bajé la mirada.
—Pero luego entendí algo.
Ryan tomó aire.
—Ella no me dejó porque no me quisiera.
Silencio.
—Me dejó porque tenía miedo de que yo dejara de quererla cuando conociera su realidad.
Mis dedos apretaron la camiseta.
Mi madre dejó de sonreír.
Ryan continuó:
—Y eso me dolió más que la ruptura.
Mi padre lo observaba con atención.
—¿Sabías que estaba aquí?
Ryan negó.
—No.
—¿Entonces cómo la encontraste?
Sonrió ligeramente.
—Soy bastante bueno investigando.
—¿Me investigaste?
—No de esa forma.
Se rio.
—Aunque admito que tardé menos de lo que pensé.
Sacó su teléfono.
—Recordé algunas cosas que Lena había dicho.
El nombre del pueblo.
La tienda donde compraba café.
La historia del árbol enorme detrás de su casa.
Mi madre abrió mucho los ojos.
—¿Todo eso lo recordó?
Ryan asintió.
—Ella pensaba que yo solo escuchaba sus historias.
Me miró.
—Pero yo escuchaba todo.
Sentí un nudo en la garganta.
Porque esa era la parte que más había olvidado.
Yo estaba tan preocupada por ocultar mi vida que nunca pensé que alguien pudiera querer conocerla.
Mi padre señaló la casa.
—Entonces sabías que ella no vivía en un apartamento elegante.
Ryan sonrió.
—Sabía que vivía en algún lugar.
Miró alrededor.
El gallo volvió a cantar.
Esta vez nadie se sorprendió.
Ryan levantó una ceja.
—Aunque admito que nunca imaginé que la famosa cantante nocturna existía de verdad.
Mi madre soltó una carcajada.
Yo escondí la cara.
—No vuelvas a mencionar eso.
—Imposible.
—Ryan.
—Fue una de las razones por las que me enamoré.

Me quedé quieta.
—¿Qué?
Él se encogió de hombros.
—Porque eras tú.
Miró las gallinas.
—No intentabas parecer perfecta.
—Claro que sí.
—No.
Negó.
—Intentabas parecer alguien que creías que yo merecía.
Aquella frase me dolió porque era verdad.
Esa noche cenamos juntos.
Fue extraño.
Muy extraño.
Ryan sentado en la mesa de madera de mi familia.
Mi padre preguntándole sobre su trabajo.
Mi madre sirviéndole comida como si lo conociera desde siempre.
Y yo observándolo comer como si estuviera descubriendo a una persona completamente nueva.
Porque hasta entonces solo conocía una parte de él.
El hombre de las conversaciones profundas.
El hombre que me hacía reír.
El hombre que escuchaba mis problemas.
Pero ahora veía al hombre que había cruzado medio país para encontrarme.
Después de cenar, caminamos hacia el viejo granero.
—Pensé que te avergonzarías de mí.
Ryan se detuvo.
—Lena.
No lo miré.
—Cuando hablábamos, tú estabas rodeado de edificios, reuniones y personas importantes.
—¿Y?
—Y yo estaba aquí.
Señalé alrededor.
—Con barro en los zapatos.
Ryan sonrió.
—¿Sabes qué imaginaba cuando me contabas tus historias?
—¿Qué?
—Una persona feliz.
Lo miré.
—Nunca imaginé una casa perfecta.
Pausa.
—Nunca imaginé una vida perfecta.
Se acercó un poco.
—Solo imaginaba a la mujer que me hacía esperar hasta la madrugada para seguir hablando.
Sentí los ojos llenarse de lágrimas.
—Te mentí.
—Sí.
Me sorprendió su respuesta.
—¿Así de fácil?
Ryan sonrió.
—Sí. Mentiste sobre muchas cosas.
Bajé la mirada.
—Lo siento.
—Pero yo también cometí un error.
—¿Cuál?
—Dejarte creer que mi vida era más valiosa que la tuya.
El viento movió los árboles.
—Nunca me importó tu apartamento, Lena.
—¿Entonces qué?
—Me importaba que cuando hablábamos eras la única persona con la que podía ser yo mismo.
Al día siguiente Ryan conoció mi rutina.
Ayudó a mi padre con unas reparaciones.
Intentó alimentar a las gallinas.
Falló.
Completamente.
Una gallina terminó persiguiéndolo por el patio.
Mi madre casi se cae de la risa.
—El príncipe de la ciudad tiene miedo de una gallina.
Ryan señaló al animal.
—Esa gallina tiene malas intenciones.
Por primera vez en semanas, reí sin sentir vergüenza.
Tres días después, Ryan recibió una llamada de su empresa.
Tenía que volver a la ciudad.
Pensé que ese era el momento.
El momento en que la realidad volvería.
Él pertenecía a su mundo.
Yo al mío.
Pero antes de irse, me entregó una pequeña caja.
Dentro había un teléfono nuevo.
Lo miré confundida.
—¿Un teléfono?
—Sí.
—¿Por qué?
Sonrió.
—Porque el anterior tenía mi número bloqueado.
Me reí.
—Eres ridículo.
—Pero funciona.
Después se puso serio.
—Lena, quiero que vuelvas conmigo.
Mi corazón se aceleró.
—Ryan…
—No a mi mundo.
Negó.
—A nuestro mundo.
Un mes después, viajé a la ciudad.
No para convertirme en alguien diferente.
Sino para conocer su vida también.
Ryan hizo lo mismo.
Volvió al pueblo muchas veces.
Aprendió a distinguir gallinas.
Fracasó muchas veces.
Pero nunca dejó de intentarlo.
Seis meses después, cuando nos comprometimos, mi madre contó la historia de cómo llegó a nuestra casa.
Todos se reían.
Especialmente cuando mencionaba el gallo.
—Todavía creo que ese fue el verdadero comienzo del romance —decía.
Ryan siempre respondía:
—No.
Miraba hacia mí.
—El comienzo fue cuando Lena pensó que tenía que esconder quién era.
Pausa.
—Y yo le demostré que no tenía nada que esconder.
Años después todavía seguimos recordando aquella noche.
La noche en que una ruptura por teléfono terminó con un hombre sentado en una mesa de madera, rodeado de gallinas y una familia que nunca imaginó conocer.
Porque al final descubrí algo:
La persona correcta no se enamora de la versión de ti que intentas mostrarle.
Se enamora de la persona que eres cuando dejas de fingir.