Derek permaneció inmóvil en la entrada.
La sonrisa desapareció de su rostro en cuanto vio el comedor vacío.
Las fotografías de la pared habían desaparecido.
La computadora portátil ya no estaba sobre el escritorio.
Ni la cafetera.
Ni las maletas.
Ni siquiera el pequeño cactus que Skylar cuidaba desde antes de conocerlo.
Solo quedaban dos objetos perfectamente alineados sobre la mesa.
El anillo de bodas.
Y una carpeta blanca.
Suzanne soltó una risa nerviosa.
—¿Qué drama es este?
Derek caminó hasta la mesa.
Abrió la carpeta.
La primera hoja llevaba el membrete del hospital.
“Quemadura térmica de segundo grado en mejilla izquierda y cuello.”
Debajo aparecían varias fotografías clínicas.
Después encontró el informe policial.
Lo leyó una vez.
Luego otra.
El color comenzó a desaparecer de su rostro.
—¿Qué pasa? —preguntó Suzanne.
Él no respondió.
La siguiente hoja era una orden temporal de protección.
No podía acercarse a Skylar ni comunicarse con ella mientras avanzaba la investigación.
—Esto es ridículo.
Murmuró.
—Ella exageró.
Suzanne tomó los documentos.
—¿Llamó a la policía?
—Sí.
—¿Por un poco de café?
Derek respiró hondo.
—Vamos a llamarla.
Sacó el teléfono.
La llamada fue directamente al buzón.
Intentó enviar un mensaje.
“Número bloqueado.”
Suzanne comenzó a inquietarse.
—Bueno…
Al menos sigue estando el apartamento.
Derek levantó la vista.
Por primera vez pareció recordar dónde estaba.
Aquella vivienda.
La cocina.
El comedor.
La sala.
Todo.
Siempre había hablado de ese lugar como “nuestra casa”.
Abrió rápidamente el cajón donde Skylar guardaba los documentos importantes.
Estaba completamente vacío.
A la mañana siguiente llegó acompañado de un cerrajero.
Introdujo la llave.
No funcionó.
Lo intentó otra vez.
Nada.
La cerradura había sido reemplazada.
Golpeó la puerta con fuerza.
—¡Skylar!
Silencio.
El administrador del edificio apareció pocos minutos después.
—Señor Collins.
¿Ocurre algo?
—Mi esposa cambió la cerradura.
Necesito entrar.
El administrador lo observó con expresión extraña.
—No puedo autorizar eso.
—¡Vivo aquí!
El hombre revisó una carpeta electrónica.
Después levantó la vista.
—Según nuestros registros, el único propietario de esta unidad es la señora Skylar Bennett.
Derek sonrió con incredulidad.
—Soy su marido.
—Entiendo.
Pero legalmente usted nunca fue añadido al título de propiedad.
Las palabras cayeron como una piedra.
Suzanne dio un paso adelante.
—Eso debe ser un error.
El administrador negó con calma.
—No lo es.
Toda la documentación está a nombre de la señora Bennett desde hace ocho años.
Aquella misma tarde Derek recibió una llamada de Recursos Humanos.
Pensó que todo volvería a la normalidad.
No fue así.
—Señor Collins.
Necesitamos hablar sobre un asunto urgente.
—¿Qué ocurre?
—Recibimos copia de un reporte policial relacionado con un presunto episodio de violencia doméstica.
Él tragó saliva.
—Es un malentendido.
—Mientras se aclara la investigación, queda suspendido temporalmente de sus funciones.
La llamada terminó.
Derek permaneció varios minutos mirando la pantalla apagada.
En menos de veinticuatro horas había perdido el apartamento, el acceso a Skylar y su trabajo.
Mientras tanto, Skylar se encontraba en casa de su mejor amiga, Olivia.
El trabajador social le había conseguido una cita con una abogada especializada en violencia familiar.
La reunión duró casi dos horas.
Cuando terminó, la abogada cerró cuidadosamente la carpeta.
—¿Quiere saber cuál es su mayor ventaja?
Skylar asintió.
—Documentó todo.
El informe médico.

Las fotografías.
La denuncia.
Los mensajes.
Los préstamos hechos a Suzanne.
Las transferencias bancarias.
Todo.
Skylar respiró profundamente.
—Pensé que nadie me creería.
La mujer sonrió.
—Las pruebas hablan mejor que el miedo.
Esa noche Olivia preparó té mientras Skylar revisaba viejos estados de cuenta.
Entonces encontró algo extraño.
Transferencias.
Muchas.
No solo a Suzanne.
También a Derek.
Pagos pequeños.
Repetitivos.
Durante años.
Al principio creyó que eran gastos compartidos.
Luego abrió una hoja de cálculo.
Comenzó a sumar.
Cinco mil dólares.
Ocho mil.
Doce mil.
Mil quinientos.
Cuatro mil.
La cifra final apareció en la pantalla.
Ciento ochenta y siete mil cuatrocientos dólares.
Skylar se quedó inmóvil.
Había financiado casi toda la vida de Derek sin darse cuenta.
No solo el apartamento.
También sus deudas.
Sus vacaciones.
Incluso parte del negocio de Suzanne.
Olivia la observó en silencio.
—¿Cuánto es?
Skylar giró lentamente la computadora.
Su amiga abrió los ojos.
—Dios mío…
Al día siguiente, la abogada volvió a llamarla.
—Encontramos algo más.
—¿Qué pasó?
—Revisando la documentación del apartamento apareció un archivo antiguo.
Skylar frunció el ceño.
—¿Qué archivo?
—Un documento firmado por Derek tres meses después del matrimonio.
Ella intentó recordar.
No pudo.
—¿Qué dice?
La abogada hizo una breve pausa.
—Reconoce expresamente que el apartamento pertenece exclusivamente a usted y renuncia a cualquier reclamación futura sobre esa propiedad.
Skylar respiró aliviada.
—Entonces no puede quitármelo.
—No.
Pero eso no es lo importante.
—¿Entonces qué?
La voz de la abogada cambió.
—El documento estaba archivado junto a otra declaración firmada el mismo día.
Skylar sintió un escalofrío.
—¿Qué declaración?
La respuesta llegó lentamente.
—Una donde Derek afirma, bajo juramento, que no tiene deudas ni obligaciones económicas pendientes.
—¿Y?
La abogada guardó silencio unos segundos.
—Acabamos de descubrir que ese mismo día debía más de doscientos mil dólares.
Skylar frunció el ceño.
—Eso significa…
—Que alguien presentó documentación falsa durante la compra del apartamento.
El corazón comenzó a latirle con fuerza.
—¿Fue Derek?
—No lo sabemos todavía.
La abogada cerró la carpeta.
—Pero el banco acaba de enviarnos el expediente completo.
Y hay una firma al final de esos documentos que no pertenece ni a usted… ni a Derek.
Skylar permaneció completamente inmóvil.
—¿De quién es?
La abogada respiró profundamente antes de responder.
—De Suzanne. Y todo indica que llevaba años utilizando su identidad para mucho más que pedirle dinero.