PARTE 2: VOLVÍ POR EL VILLANO QUE ABANDONÉ, PERO DESCUBRÍ QUE ÉL SIEMPRE SUPO LA VERDAD SOBRE MÍ

La llave cayó lentamente de mi mano.

Por un momento pensé en inventar otra mentira.

Decir que me había perdido.

Decir que buscaba agua.

Decir cualquier cosa.

Pero Sebastian estaba frente a mí.

El hombre que había conocido cada una de mis expresiones durante años.

El hombre al que había engañado demasiadas veces.

Ya no tenía sentido.

—El sistema me envió.

Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.

Silencio.

Sebastian no parecía sorprendido.

Eso fue lo que más miedo me dio.

—Continúa.

Lo miré confundida.

—¿Sabías?

Él sonrió ligeramente.

Pero era una sonrisa llena de cansancio.

—No sabía exactamente qué era ese “sistema”.

Caminó alrededor de la habitación.

—Pero sabía que había algo extraño desde que regresaste.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Cómo?

—Porque la mujer que volvió hace tres años no era la misma que se fue.

Bajó la mirada.

—Y porque la mujer que apareció hoy tampoco era la misma.

No entendía.

Sebastian se acercó al escritorio y tomó un viejo álbum de fotos.

Lo abrió.

Era una foto de Toby cuando era bebé.

—Cuando te fuiste, pensé que odiaba a este mundo.

Sus dedos tocaron la imagen.

—Te odiaba a ti.

Mi corazón dolió.

—Lo sé.

—Pero cada noche, cuando Toby lloraba, esperaba escuchar tus pasos.

Respiró profundamente.

—Aunque sabía que no volverías.

No pude hablar.

Porque por primera vez entendí algo.

Sebastian no se había convertido en un villano porque Lina lo rechazara.

Se había convertido en alguien roto porque yo también lo abandoné.

—El noventa y nueve por ciento…

Susurré.

Sebastian levantó la mirada.

—¿Qué?

Tragué saliva.

—Nada.

Pero él ya había entendido.

—¿Era eso?

Su voz bajó.

—¿Ese número era la razón por la que te fuiste?

Me quedé inmóvil.

—¿Cómo sabes eso?

Sebastian soltó una risa amarga.

—Porque durante años escuché cómo hablabas dormida.

El aire desapareció de mis pulmones.

—Decías que necesitabas llegar al cien por ciento.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Yo pensé…

—Pensaste que nunca te elegiría completamente.

Se acercó.

—Pensaste que había una parte de mí que siempre pertenecía a Lina.

No pude negarlo.

Porque era verdad.

Sebastian cerró los ojos.

—Qué increíble.

—¿Qué?

—Pasaste tanto tiempo intentando ganar mi amor que nunca viste que ya te había elegido.

Mis lágrimas cayeron.

—Pero el sistema decía…

—¿El sistema también te dijo que abandonaras a tu hijo?

La pregunta me atravesó.

Bajé la cabeza.

—No.

—Entonces esa decisión fue tuya.

No me defendí.

Porque tenía razón.

Había sido mi miedo.

Mi orgullo.

Mi inseguridad.

Yo había pensado que irme primero dolería menos que descubrir que nunca fui suficiente.

Pero había dejado atrás a un niño que sí me necesitaba.

—Toby…

Mi voz se quebró.

Sebastian miró hacia la puerta.

—Él te recuerda.

Lo miré sorprendida.

—¿Qué?

—Aunque eras pequeña en sus recuerdos, siempre le hablé de ti.

Se quedó callado.

—Nunca le dije que su madre lo abandonó.

Sentí que el pecho me dolía.

—¿Por qué?

Sebastian me miró.

—Porque no quería que mi hijo creciera odiándote.

Las lágrimas ya no podían detenerse.

El sistema apareció.

“Advertencia: la línea argumental sigue alterada”.

Por primera vez no sentí miedo.

—Sistema.

No respondió.

—¿Por qué me enviaste aquí?

Después de unos segundos apareció una nueva ventana.

“Corrección: la misión no era salvar la historia”.

“Era darle a la protagonista una segunda oportunidad para elegir correctamente”.

Me quedé paralizada.

Todo ese tiempo había pensado que tenía que impedir que Sebastian se convirtiera en un villano.

Pero la verdadera amenaza había sido otra.

Mi propia cobardía.

Al día siguiente, busqué a Toby.

Estaba jugando en el jardín.

Cuando me vio, se quedó quieto.

—Mamá.

Esa palabra casi me destruyó.

Me agaché.

—Hola, Toby.

Él sostuvo su pequeño juguete.

—¿Vas a irte otra vez?

No pude responder inmediatamente.

Porque esa era la única promesa que importaba.

—No.

Me miró fijamente.

—¿Seguro?

Asentí.

—Seguro.

Toby caminó lentamente hacia mí.

No corrió.

No me abrazó.

Todavía era un niño que necesitaba tiempo.

Y yo tenía que aceptar eso.

Me senté junto a él.

—Sé que hice algo malo.

Sus ojos se movieron hacia mí.

—Pero quiero aprender a ser tu mamá otra vez.

Después de unos segundos, dejó su juguete en mi mano.

Fue pequeño.

Pero significó todo.

Durante las semanas siguientes no intenté recuperar lo perdido de golpe.

No exigí que Toby me llamara mamá todo el tiempo.

No esperaba que Sebastian olvidara tres años de dolor.

Simplemente estuve presente.

Desayunos.

Historias antes de dormir.

Pequeñas conversaciones.

Días normales.

Los días que había perdido.

Mientras tanto, descubrí la verdad sobre Lina.

Ella nunca había sido la mujer que Sebastian quería recuperar.

El compromiso era falso.

Sebastian había creado esa apariencia para descubrir quién estaba manipulando la historia.

Porque alguien más había activado el sistema.

Alguien quería que él se convirtiera en el villano original.

Y esa persona era la misma que había intentado destruir su vida desde el principio.

Pero Sebastian nunca llegó a cruzar esa línea.

Porque Toby existía.

Y porque, aunque yo lo había abandonado, una parte de él todavía esperaba que regresara.

Una noche, mientras Toby dormía, encontré a Sebastian en el balcón.

—¿Todavía me odias?

Él tardó en responder.

—No.

Me sorprendí.

—¿No?

—Odiarte habría sido más fácil.

Miró la ciudad.

—Pero te amé demasiado tiempo.

El silencio nos rodeó.

—No espero que vuelvas a confiar en mí inmediatamente.

—Lo sé.

—No espero que olvides.

—Lo sé.

Entonces me miró.

—Pero si vas a quedarte…

Mi corazón se aceleró.

—¿Sí?

—Quédate por Toby.

Una pausa.

—Y algún día, quizá, también por mí.

Lloré.

No porque hubiera ganado.

Sino porque por primera vez entendía que el amor no era una barra de progreso que debía llenar.

No era noventa y nueve.

No era cien.

Era una elección diaria.

Meses después, el sistema apareció una última vez.

“Nivel de afecto del villano: 100%”.

Me quedé mirando la pantalla.

Después apareció otra línea.

“Corrección: el valor no representa cuánto te ama él”.

“Representa cuánto aprendiste a amar sin huir”.

Sonreí.

Porque finalmente entendí la verdad.

Yo había vuelto pensando que tenía que salvar al villano.

Pero el único personaje que necesitaba ser salvado era yo.

Y cuando Sebastian tomó mi mano una noche mientras Toby dormía entre nosotros, comprendí que algunas historias no necesitan ser reescritas.

Solo necesitan que sus protagonistas dejen de huir.

Porque el verdadero final feliz nunca fue conquistar al villano.

Fue regresar a casa.

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