—¿Quién te dijo que nuestro matrimonio continúa siendo solo un contrato?
La pregunta de Sebastián me dejó completamente confundida.
Durante meses había repetido esa frase para protegerme.
Matrimonio contractual.
Un acuerdo.
Una obligación familiar.
Era más fácil pensar que Sebastián no sentía nada por mí.
Porque si aceptaba la posibilidad contraria, tendría que preguntarme por qué siempre me cuidaba cuando yo fingía no necesitarlo.
Bajé la mirada.
—Tú nunca dijiste lo contrario.
Sebastián dejó la taza sobre la mesa.
Por primera vez en mucho tiempo, parecía realmente molesto.
Pero no conmigo.
Consigo mismo.
—Lucía.
Su voz era más baja.
—¿De verdad crees que alguien como yo habría cancelado una reunión de negocios de millones de dólares para perseguir a mi esposa si solo fuera un contrato?
No supe qué responder.
Porque la respuesta era obvia.
No.
Pero mi orgullo no quería admitirlo.
—Entonces, ¿qué somos?
Silencio.
Sebastián se levantó lentamente.
Caminó hacia mí.
Y pensé que iba a decir algo frío, como siempre.
Pero no.
Se sentó frente a mí.
—Cuando nuestras familias acordaron este matrimonio, yo acepté porque era conveniente.
Mi corazón se hundió un poco.
—Lo sabía.
—Déjame terminar.
Lo miré.
—Acepté porque pensé que una esposa sería solo una responsabilidad más.
Hizo una pausa.
—Pero tú arruinaste ese plan.
Parpadeé.
—¿Lo arruiné?
—Sí.
Por primera vez vi una pequeña sonrisa en su rostro.
—Porque resultaste ser demasiado ruidosa.
Fruncí el ceño.
—¿Eso es un cumplido?
—Todavía no termino.
Se acercó un poco.
—Llegabas tarde a las reuniones familiares porque te detenías a ayudar desconocidos en la calle. Comprabas regalos para mis padres y fingías que yo los había elegido. Te quedabas despierta hasta las tres de la mañana preparando informes que ni siquiera eran tuyos.
Mi expresión cambió.
Él lo había notado.
Todo.
—Pensé que no te importaba nada.
—Lucía, me importabas demasiado.
El silencio llenó la habitación.
No estaba preparada para escucharlo.
Sebastián continuó:
—El problema era que no sabía cómo acercarme a ti.
Solté una pequeña risa incrédula.
—¿Tú? ¿El gran Sebastián Fu? ¿No sabías cómo hablar conmigo?
—No.
Lo dijo con una honestidad que me sorprendió.
—Cada vez que entrabas a una habitación, quería decirte algo. Pero siempre terminaba pareciendo un interrogatorio.
Recordé todas las veces que me había ordenado ponerme una chaqueta, comer más, dormir temprano.
Yo pensaba que eran críticas.
Pero quizá…
Quizá eran su forma extraña de preocuparse.
—¿Y Claire?
La sonrisa desapareció.
—¿Qué tiene que ver ella?
—Tu primer amor.
Sebastián suspiró.
—Claire es una conocida de mi familia.
—Pero tú la miraste cuando llegó.
—Porque no esperaba verla.
Me miró directamente.
—Lucía, la única mujer que me importa está sentada frente a mí.
Sentí que mi rostro se calentaba.
—Eso suena demasiado fácil.
—¿Fácil?
—Sí. Después de años tratándome como si fuera una empleada.
Sebastián bajó la mirada.
Y esa vez no se defendió.
—Tienes razón.
Me sorprendió.
—¿Lo admites?
—Sí.
—¿Sin discutir?
—No soy perfecto.
Levantó los ojos.
—Pero estoy dispuesto a cambiar.
Antes de que pudiera responder, mi teléfono comenzó a sonar.

Era Valeria.
Contesté.
—¿Estás viva?
—Sí.
—¿Sebastián te encerró en una habitación?
Miré a mi esposo.
—No.
—Qué decepción. Esperaba una escena más dramática.
Sebastián escuchó.
—Valeria.
Ella se quedó callada.
—¿Está contigo?
—Sí.
—Señor Fu, yo puedo explicar lo del bar.
—No necesito explicación.
Pausa.
—Solo necesito saber por qué pensaste que contratar modelos era una buena idea.
Valeria colgó inmediatamente.
No pude evitar reír.
Sebastián me observó.
—Te gusta mucho reírte de mí.
—Porque eres muy serio.
—Y tú eres muy problemática.
—¿Entonces por qué sigues aquí?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.
Sebastián se quedó quieto.
Luego respondió:
—Porque cuando llego a casa y te escucho hablar sola en la cocina, sé que finalmente estoy en casa.
Mi sonrisa desapareció.
Aquello era mucho más sincero de lo que esperaba.
Pero todavía quedaba algo.
—¿Y el cartel de los bares?
Su expresión volvió a ser fría.
—Eso fue una exageración.
—¿Una exageración?
—Sí.
—Prohibiste mi entrada a todos los bares de la capital.
—Solo a los que tienen modelos demasiado cerca.
Abrí los ojos.
—Sebastián.
—Estoy trabajando en mis celos.
No pude evitar reír.
Era la primera vez que lo escuchaba admitir algo así.
Dos semanas después, ocurrió algo que cambió todo.
La familia Fu organizó una cena empresarial.
Esta vez yo llegué junto a Sebastián.
No detrás.
No unos pasos más lejos.
A su lado.
Uno de sus socios sonrió.
—Finalmente vemos al señor Fu acompañado.
Sebastián respondió tranquilamente:
—No estoy acompañado.
Tomó mi mano.
—Estoy con mi esposa.
Todos quedaron sorprendidos.
Porque durante años Sebastián había mantenido nuestra relación como un acuerdo privado.
Pero esa noche no.
Cuando alguien preguntó sobre el contrato matrimonial, Sebastián tomó mi mano con más fuerza.
—Ese contrato terminó hace mucho tiempo.
Me miró.
—El problema es que tardé demasiado en decírselo.
Después de la cena, caminamos por el jardín.
—¿Sabes algo? —dije.
—¿Qué?
—Nunca pensé que el hombre que parecía más aterrador de la capital sería el mismo que me cargaría porque bebí demasiado en un bar.
Sebastián sonrió.
—Nunca pensé que la mujer que parecía más inocente sería capaz de elegir un modelo igual a mí para molestarme.
Me reí.
—Fue un accidente.
—Claro.
—Lo fue.
—Entonces tendré que vigilar todos los accidentes futuros.
Lo golpeé suavemente en el brazo.
Y él tomó mi mano.
Esta vez no como una orden.
Sino como una elección.
Meses después, nuestras familias anunciaron oficialmente que renovaríamos nuestros votos.
No porque el contrato lo exigiera.
No porque nuestros padres lo decidieran.
Sino porque nosotros queríamos.
Antes de la ceremonia, Sebastián me entregó una pequeña caja.
Dentro estaba el contrato original de matrimonio.
Lo miré sorprendida.
—¿Por qué me das esto?
Él sacó un encendedor.
—Porque ya no lo necesitamos.
Quemó el documento frente a mí.
—Ese papel fue la razón por la que pensé que podía mantener distancia.
Me miró.
—Pero tú me enseñaste que una esposa no es una obligación.
Pausa.
—Es la persona que eliges incluso cuando no tienes que hacerlo.
Sonreí.
—¿Entonces ya no soy tu esposa contractual?
Sebastián negó.
—No.
Se acercó.
—Eres mi esposa.
Y esa vez no hubo contrato.
No hubo acuerdos familiares.
No hubo obligación.
Solo dos personas que finalmente dejaron de esconder lo que sentían.
Porque la verdad era simple:
Lucía Lin no había entrado en la vida de Sebastián Fu para cumplir un contrato.
Había entrado para convertirse en la única persona que logró que el hombre más frío de la capital aprendiera a amar.