El ascensor permaneció detenido.
Las luces blancas iluminaban el pequeño espacio donde Grant y yo estábamos solos.
Por primera vez desde que había conocido mi extraño poder, no podía escuchar una multitud de pensamientos.
Solo uno.
El suyo.
Te descubrí.
Tragué saliva.
—¿De qué estás hablando?
Grant levantó una ceja.
—Sabes perfectamente de qué.
Su voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
Era la misma expresión que usaba durante las reuniones cuando encontraba un error en un informe.
Pero dentro de su mente estaba ocurriendo una guerra.
Está mintiendo.
Está asustada.
Pero no quiere admitirlo.
Respiré profundamente.
—No sé qué crees haber descubierto.
Grant dio un paso hacia mí.
—Cuando pensé en tocar mi ojo, tú miraste el tuyo.
Silencio.
—Cuando pensé en tu pendiente, lo tocaste.
Otro paso.
—Y cuando pensé en una pregunta que nunca dije en voz alta, respondiste antes de que terminara de formularla.
Lo observé.
Durante días había creído que mi secreto era imposible de descubrir.
Pero había cometido un error.
Había subestimado a Grant Holloway.
—¿Vas a denunciarme? —pregunté.
Por primera vez su expresión cambió.
Confusión.
—¿Por qué haría eso?
Me quedé inmóvil.
—Porque esto no es normal.
Grant soltó una pequeña risa.
—Sylvie, llevo trabajando contigo seis meses. Eres la persona más preparada, disciplinada y brillante de esta empresa.
Se apoyó contra la pared del ascensor.
—Si tuvieras una ventaja injusta, ¿crees que habrías necesitado trabajar hasta medianoche todos los días?
No respondí.
Porque tenía razón.
Había ganado el proyecto porque había trabajado más.
No porque pudiera escuchar pensamientos.
Grant bajó la mirada.
Y entonces escuché algo que no esperaba.
Ella cree que es un monstruo.
Mi corazón se detuvo.
No era una crítica.
Era preocupación.
—¿Qué dijiste? —pregunté.
Él frunció el ceño.
—Nada.
Pero su mente continuó.
No debería haberlo descubierto así.
Ella debe estar aterrada.
Recordé algo.
Desde que podía leer pensamientos, había escuchado muchas cosas.
Deseos.
Enojos.
Mentiras.
Pero nunca había escuchado a alguien preocuparse por mí sin decirlo.
—¿Por qué no estás asustado?
Grant me miró.
—Porque yo también tengo un secreto.
El ascensor volvió a moverse.
Cuando las puertas se abrieron, no salió.
Me hizo una señal para que caminara con él hacia la sala de conferencias vacía.
Cerró la puerta.
—Hace tres años me pasó algo parecido.
Me quedé quieta.
—¿Qué?
Grant abrió un cajón de su escritorio y sacó una pequeña caja metálica.

Dentro había documentos médicos.
—Después de un accidente, empecé a tener episodios extraños.
—¿Puedes leer pensamientos?
Negó.
—No.
Sacó una hoja.
—Puedo sentir emociones.
Lo miré sorprendida.
—¿Emociones?
—No palabras. No pensamientos exactos. Pero cuando alguien miente, cuando alguien tiene miedo, cuando alguien está desesperado… lo siento.
Todo empezó a tener sentido.
Sus constantes observaciones.
Su manera de detectar problemas antes que nadie.
Su capacidad para leer una sala completa.
No era arrogancia.
Era una habilidad que había aprendido a controlar.
—Entonces por eso supiste que estaba ocultando algo.
Grant asintió.
—Lo supe desde el primer día.
—¿Y por qué nunca dijiste nada?
Bajó la mirada.
—Porque también sé lo que se siente cuando las personas dejan de verte como una persona y empiezan a verte como algo extraño.
Aquella frase me golpeó.
Porque era exactamente mi miedo.
Durante semanas había usado mi habilidad como una ventaja.
Pero también me había aislado.
Nunca podía tener una conversación sin escuchar lo que alguien realmente pensaba.
Nunca podía aceptar una sonrisa sin saber si era sincera.
Nunca podía olvidar que existía una segunda versión de cada persona.
—¿Qué pensabas de mí realmente? —pregunté.
Grant sonrió ligeramente.
—¿Quieres la respuesta profesional o la que escuchaste sin permiso?
Sentí que mis mejillas se calentaban.
—La segunda.
Él suspiró.
—Pensaba que eras brillante.
Pausa.
—Pensaba que eras demasiado dura contigo misma.
Otra pausa.
—Pensaba que fingías no notar cuando todos en la sala te admiraban.
Sonreí.
—Eso no suena como una fantasía.
Grant se quedó en silencio.
Entonces escuché su mente.
No debería decirle esto.
Pero ya lo sabe.
Siempre lo supo.
Mi respiración se detuvo.
—Grant…
Él me miró.
—¿Qué?
Sonreí.
—Nada.
Por primera vez, decidí no escuchar.
Cerré mi mente voluntariamente.
No sabía cómo hacerlo antes.
Pero lo intenté.
Y funcionó.
El silencio fue extraño.
Maravilloso.
Por primera vez en meses, solo escuchaba mi propia voz.
Los siguientes meses cambiaron nuestra relación.
Seguimos siendo rivales.
Seguimos discutiendo estrategias.
Seguimos corrigiendo informes del otro.
Pero ya no había una guerra.
Había respeto.
Una noche, después de una reunión larga, Grant me encontró en la oficina.
—Sigues aquí.
—Tú también.
Sonrió.
—Supongo que somos iguales.
Guardé mis documentos.
—No exactamente.
—¿Por qué?
Lo miré.
—Porque tú sabes guardar secretos.
Él sonrió.
—Y tú sabes demasiados.
Ambos reímos.
Un año después, la junta nos ofreció dirigir juntos la expansión internacional.
La misma competencia que una vez nos enfrentó terminó convirtiéndose en la razón por la que confiábamos el uno en el otro.
Una tarde, caminando por la ciudad, Grant se detuvo.
—¿Todavía puedes leer mi mente?
Lo miré.
—Sí.
—¿Y qué escuchas ahora?
Sonreí.
—Nada.
Él arqueó una ceja.
—¿Nada?
—Porque ya no necesito hacerlo.
Grant me miró confundido.
Entonces tomé su mano.
—Aprendí que conocer cada pensamiento de alguien no significa conocerlo realmente.
Hice una pausa.
—Lo importante es lo que una persona decide hacer cuando nadie la obliga.
Grant sonrió.
—Entonces, ¿por primera vez no sabes lo que estoy pensando?
Negué.
—No.
—¿Y no te molesta?
Lo miré.
—No.
Porque por primera vez había encontrado algo más valioso que leer una mente.
Había encontrado a alguien que elegía decirme la verdad.
Y esa verdad era suficiente.