Elena sabía que estaba cruzando una línea que nadie más en aquel avión se atrevía a tocar.
Cada paso hacia la parte delantera de la cabina hacía que el silencio fuera más pesado.
Los hombres vestidos de negro la observaban.
No con curiosidad.
Con advertencia.
Uno de ellos incluso dio un paso hacia adelante.
—Señora, vuelva a su asiento.
Elena lo miró.
—Ese bebé necesita ayuda.
El hombre abrió la boca para responder.
Pero entonces Matteo Volkov levantó la mirada.
Sus ojos eran exactamente como los rumores decían.
Fríos.
Calculadores.
Imposibles de leer.
—Déjala venir.
La orden fue baja.
Pero todos obedecieron.
Elena se detuvo frente a él.
Por primera vez vio algo que nadie en el mundo parecía conocer sobre Matteo Volkov.
Miedo.
No miedo por él mismo.
Miedo por su hija.
—Está hambrienta —dijo Elena.
Matteo apretó la mandíbula.
—Lo sé.
—No, sabe que llora. Pero yo sé por qué.
Aquella respuesta sorprendió a todos.
Matteo la miró fijamente.
—¿Y usted quién es?
—Una madre.
La expresión del hombre cambió ligeramente.
Solo un segundo.
Pero Elena lo vio.
—Mi hija no acepta la botella.
Elena miró al bebé.
La pequeña tenía los ojos cerrados, agotada por llorar.
—Porque no busca una botella.
El avión quedó en silencio.
Matteo entendió inmediatamente lo que quería decir.
Y por primera vez pareció incómodo.
—No.
Elena sostuvo su mirada.
—Sí.
Él bajó la voz.
—No conoce las consecuencias de lo que está pidiendo.
Ella miró al bebé.
Después recordó la habitación vacía de su apartamento.
La pequeña ropa que nunca volvería a usar.
Los nombres que ya no podía decir sin sentir que algo dentro de ella se rompía.
—Conozco exactamente las consecuencias de dejar que un bebé sufra cuando puedo ayudar.
Matteo permaneció inmóvil.
Finalmente entregó a su hija.
Sus guardaespaldas reaccionaron inmediatamente.
Pero él levantó una mano.
—Nadie se mueve.
Elena tomó al bebé con cuidado.
La pequeña se calmó apenas sintió el contacto.
Ese simple cambio hizo que todos en el avión quedaran sorprendidos.
Matteo observó la escena sin decir nada.
El hombre que todos temían parecía no poder apartar los ojos de su hija.
Después de unos minutos, el llanto desapareció.
La bebé finalmente se quedó dormida.
Elena cerró los ojos un instante.
Sintió una tristeza inesperada.
Porque por primera vez en tres meses su cuerpo no le recordaba lo que había perdido.
Le recordaba que todavía podía cuidar.
Cuando levantó la mirada, Matteo seguía observándola.
Pero ya no como una desconocida.
Como alguien que acababa de hacer algo que él no podía comprar.
—¿Cómo se llama? —preguntó Elena.
—Sofia.
Sonrió ligeramente.
—Es un nombre bonito.
Matteo miró a su hija.
—Su madre lo eligió.
Elena sintió un cambio en su voz.
Dolor.
No había escuchado ese tono en ningún rumor sobre Matteo Volkov.
—¿Dónde está ella?
El silencio respondió antes que él.
Finalmente dijo:
—Murió después del nacimiento.
Elena bajó la mirada.
Ahora entendía.
Él no era un hombre que simplemente no sabía cuidar un bebé.
Era un hombre que había perdido a la persona que sabía hacerlo.
Cuando aterrizaron, Elena pensó que todo terminaría allí.
Le devolvería la bebé.
Bajaría del avión.
Volvería a su apartamento vacío.
Pero antes de que pudiera salir, dos vehículos negros bloquearon la pista privada.
Matteo apareció frente a ella.
—Elena.
Ella se detuvo.
—¿Sí?
Él parecía estar luchando contra una decisión.
Algo extraño para un hombre que todos describían como alguien que nunca dudaba.
—No puede volver a casa.
Ella frunció el ceño.
—¿Perdón?
Uno de los guardaespaldas miró hacia otro lado.
Matteo continuó:
—Su dirección fue filtrada.
Elena sintió un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
—Significa que alguien sabía que yo viajaba con mi hija.
La expresión de Matteo se volvió seria.
—Y alguien intentó acercarse a ella.
Elena miró hacia Sofia.
—¿Por qué me cuenta esto?
Matteo tardó unos segundos en responder.
—Porque usted estuvo cerca de mi hija cuando yo no pude protegerla.
Una pausa.
—Y porque ahora también está en peligro.
Elena negó.
—No pertenezco a su mundo.
—Eso creía yo.
Sacó un teléfono y mostró una fotografía.
Era ella.
Tomada en el avión.
Pero había sido capturada antes de acercarse a Sofia.
—¿Quién tomó esto?
Matteo guardó silencio.
Esa respuesta le dijo todo.
Alguien dentro del avión los estaba observando.
Alguien que no quería que Sofia sobreviviera.
Elena miró al hombre frente a ella.
El mismo hombre del que todos tenían miedo.
Pero ahora veía algo diferente.
Un padre desesperado.
—¿Qué quiere de mí?
Matteo la miró directamente.
—Que se quede cerca de mi hija hasta descubrir quién intentó hacerle daño.
Elena soltó una pequeña risa incrédula.
—¿Me está pidiendo que trabaje para usted?
—No.
Pausa.
—Le estoy pidiendo que ayude a proteger a una niña que ya ama.
Elena miró a Sofia dormida.
Sabía que debía decir que no.
Sabía que aquel mundo era peligroso.
Pero también sabía algo más.
Había perdido demasiado tiempo pensando que su capacidad de amar había desaparecido.
No había desaparecido.
Solo estaba esperando encontrar un motivo para volver.
—Aceptaré por una semana.
Matteo asintió.
—Una semana será suficiente.
Pero cuando Elena subió al vehículo que la llevaría lejos de su antigua vida, no sabía que acababa de entrar en una guerra silenciosa.
Una guerra donde la persona más peligrosa del mundo no sería su enemigo.
Sería el único hombre dispuesto a protegerla.
Y mientras el automóvil desaparecía entre las luces de la ciudad, Matteo recibió un mensaje que cambió todo.
Una sola frase.
“La mujer del avión no es quien dice ser. Investígala antes de confiar en ella.”
Matteo levantó la mirada hacia Elena.
Por primera vez desde que la conoció, sintió una duda.
¿Había salvado ella a su hija?
¿O alguien la había enviado para acercarse a su familia?