Parte 2: EL APELLIDO QUE LOS HIZO TEMBLAR

La habitación quedó completamente en silencio.

La enfermera seguía mirando la pantalla de la computadora con una expresión que jamás había mostrado desde que comenzó su turno.

Volvió a leer el contacto de emergencia.

Después levantó lentamente la cabeza.

—¿Su padre es… el ingeniero Alejandro Salvatierra?

Mariana asintió con un movimiento apenas visible.

—Sí.

Diego soltó una carcajada.

—¿Y quién demonios es ese?

La enfermera no respondió.

Pero el médico que acababa de entrar para revisar a Mariana sí.

Se quedó inmóvil apenas escuchó el apellido.

—¿Salvatierra?

Miró a Mariana con evidente sorpresa.

—¿Usted es hija del fundador del Grupo Salvatierra?

Camila frunció el ceño.

—¿Qué Grupo Salvatierra?

El médico la observó incrédulo.

—¿El mayor consorcio privado de hospitales del país?

La sonrisa de Doña Teresa desapareció lentamente.

Diego intentó mantener la calma.

—Debe haber un error.

Mariana respiró hondo.

Cada palabra todavía le dolía por la cesárea.

—No hay ningún error.

El médico tomó inmediatamente el teléfono interno.

—Comuníquenme con dirección general.

Urgente.

Diego dio un paso adelante.

—Oiga, doctor…

El médico lo interrumpió.

—Señor, retroceda inmediatamente.

Acaba de arrancar a una recién nacida de los brazos de una paciente recién operada.

Si no entrega a la menor ahora mismo, llamaré a la policía además de seguridad.

Diego dudó por primera vez.

Pero todavía sostuvo a Sofía.

—Soy el padre.

Tengo derecho.

Mariana habló con absoluta serenidad.

—Entonces hagamos una prueba de ADN.

La habitación volvió a quedar en silencio.

Camila giró lentamente hacia Diego.

Él evitó su mirada.

Yo observé ese pequeño gesto.

Y comprendí.

No era solo yo quien acababa de descubrir algo.

Camila también.

Ella dio un paso atrás.

—Diego…

¿No le hiciste ya una prueba?

Él tardó demasiado en responder.

—No hacía falta.

Mariana sonrió por primera vez.

Una sonrisa cansada.

Pero firme.

—Claro que hacía falta.

Porque ustedes nunca quisieron saber la verdad.

Solo querían quedarse con mi hija.

En ese instante, cuatro guardias de seguridad entraron corriendo.

Detrás de ellos apareció el director del hospital.

Un hombre de unos sesenta años.

Traje oscuro.

Cabello completamente blanco.

Nada más entrar miró directamente a Mariana.

Después inclinó ligeramente la cabeza.

—Señorita Salvatierra.

Lamento profundamente lo ocurrido.

Diego abrió mucho los ojos.

—¿La conoce?

El director respondió sin apartar la vista de Mariana.

—La vi crecer.

Su padre financió la construcción de este hospital hace dieciocho años.

Doña Teresa comenzó a perder el color.

Camila tragó saliva.

El director hizo una señal a los guardias.

—Recuperen inmediatamente a la bebé.

Diego retrocedió.

—¡Nadie me va a quitar a mi hija!

Los guardias avanzaron.

Uno de ellos tomó cuidadosamente a Sofía.

La pequeña dejó de llorar apenas volvió a sentir el calor del pecho de Mariana.

Ella cerró los ojos.

Las lágrimas comenzaron a correr silenciosamente.

Por fin volvió a abrazar a su hija.

El director observó la carpeta azul sobre la cama.

—¿Qué documentos son esos?

Mariana señaló las hojas.

—Dicen que acepté ser vientre subrogado.

Él tomó el contrato.

Lo leyó apenas unos segundos.

Después levantó una ceja.

—Curioso.

Todos lo miraron.

El director dejó escapar una sonrisa muy pequeña.

—Esta notaría fue clausurada hace dos años por falsificación documental.

El rostro de Diego perdió todo el color.

Camila dio otro paso hacia atrás.

Doña Teresa comenzó a tartamudear.

—Eso… eso debe ser un error.

—No.

Respondió el director.

Lo recuerdo perfectamente.

Fui perito médico en uno de esos procesos.

La Fiscalía todavía investiga decenas de contratos falsificados.

Mariana observó lentamente a Diego.

—Así que ni siquiera elegiste una notaría verdadera.

Nadie respondió.

En ese momento sonó el teléfono del director.

Escuchó apenas unos segundos.

Después sonrió.

—Ya está aquí.

Todos giraron hacia la puerta.

Primero entraron dos hombres vestidos de negro.

Después cuatro más.

Y finalmente apareció un hombre alto, de cabello completamente plateado.

No levantó la voz.

No necesitó hacerlo.

Toda la planta quedó en silencio apenas lo vieron.

Alejandro Salvatierra.

Uno de los empresarios más influyentes de México.

El fundador del grupo hospitalario más grande del país.

Y el hombre que jamás había asistido a la boda de su única hija.

Entró directamente hasta la cama.

Miró a Mariana.

Después a la pequeña Sofía.

Sus ojos comenzaron a humedecerse.

—Perdóname…

Llegué demasiado tarde.

Mariana negó suavemente con la cabeza.

—Llegaste cuando más te necesitaba.

Alejandro besó la frente de su hija.

Después giró lentamente hacia Diego.

Su mirada cambió por completo.

Ya no había tristeza.

Solo una calma aterradora.

Observó la carpeta azul.

Luego a Camila.

Después a Doña Teresa.

Y finalmente dijo una sola frase que hizo que los tres comenzaran a temblar.

Hace treinta años ayudé personalmente a crear la unidad especial de delitos patrimoniales que hoy investiga falsificación de identidad y robo de menores. Y, por desgracia para ustedes… el fiscal que dirige ese departamento desayuna todos los domingos en mi casa.

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