PARTE 2: LA TRAMPA EN CUIDADOS INTENSIVOS

Alejandro salió por la puerta de emergencias con los puños apretados.

La lluvia golpeaba el pavimento del hospital y convertía las luces de la calle en manchas borrosas. Frente a la clínica, el coche negro seguía detenido con el motor encendido.

El conductor no apartaba la mirada del tercer piso.

Alejandro avanzó unos pasos.

—¡Sal del coche! —gritó—. Sé que mi hermano te envió.

El vehículo arrancó de repente.

Pasó a pocos centímetros de él y desapareció entre el tráfico nocturno. Alejandro alcanzó a ver parte de la matrícula antes de que se perdiera en la avenida.

Sacó el teléfono para anotarla.

Entonces recibió otro mensaje.

Deberías estar cuidando a tu hijo, no persiguiendo sombras.

Alejandro levantó la vista hacia la ventana de cuidados intensivos.

El miedo le atravesó el pecho.

Regresó corriendo al interior del hospital.

—¿Dónde está la enfermera que vigilaba la habitación de Mateo? —preguntó al llegar al tercer piso.

La silla frente a la puerta estaba vacía.

Una bandeja metálica permanecía abandonada en el suelo. Sobre ella había una jeringa abierta y un pequeño frasco sin etiqueta.

Alejandro empujó la puerta.

Su hijo seguía conectado al monitor, pero una mujer vestida de enfermera estaba inclinada sobre él.

—¡Apártate de mi hijo!

La desconocida se volvió con violencia.

Llevaba mascarilla, gorro quirúrgico y guantes. En su mano sostenía otra jeringa preparada.

Alejandro se abalanzó sobre ella.

La mujer intentó clavarle la aguja, pero él le sujetó la muñeca. Ambos chocaron contra una mesa mientras el monitor comenzó a emitir una alarma estridente.

—¡Seguridad! —gritó Alejandro.

La falsa enfermera lo golpeó en el rostro y corrió hacia la salida.

Dos médicos aparecieron al escuchar el ruido. Uno atendió inmediatamente al niño y el otro bloqueó la puerta.

La mujer quedó atrapada.

—Quítese la mascarilla —ordenó el médico.

Ella permaneció inmóvil.

Alejandro se acercó y se la arrancó.

Su corazón se detuvo.

—Laura…

La mujer bajó la mirada.

Era la esposa de su hermano.

La misma mujer que esa tarde había llorado junto a la cama del niño, fingiendo estar devastada por el accidente.

—¿Qué ibas a inyectarle? —preguntó Alejandro con la voz rota.

Laura comenzó a temblar.

—No tenía otra opción.

—¡Es un niño!

—Daniel dijo que solo lo dormiría. Me juró que no le haría daño.

Alejandro la sujetó por los hombros.

—¿Mi hermano está aquí?

Laura miró hacia el pasillo.

—Está buscando una carpeta que llevabas en el coche.

Alejandro recordó los documentos guardados bajo el asiento del conductor. Eran informes contables de la empresa familiar que demostraban transferencias millonarias a cuentas desconocidas.

—Por eso manipuló los frenos —murmuró.

Laura comenzó a llorar.

—Daniel descubrió que tu padre quería dejarte el control total de la compañía. Pensó que, si tú y el niño desaparecían, él sería el único heredero.

—¿Y tú aceptaste ayudarlo?

—Me amenazó con quitarme a mi hija.

Un agente de seguridad entró en la habitación y esposó a Laura.

Antes de que se la llevaran, ella miró a Alejandro con desesperación.

—Tu madre también corre peligro.

Alejandro sintió un vacío en el estómago.

—¿Qué has dicho?

—Daniel sabe que se lo contaste. Envió a alguien a su casa.

Alejandro llamó de inmediato.

Nadie respondió.

Volvió a marcar.

Al tercer intento, una voz masculina contestó.

—Llegas demasiado tarde, hermano.

—Daniel.

La respiración de Alejandro se volvió pesada.

—No le hagas daño a mamá.

—Ella nunca supo elegir entre nosotros —respondió Daniel con una calma aterradora—. Siempre fuiste el hijo perfecto. Ahora tendrá que pagar por esa preferencia.

En el fondo de la llamada se escuchó la voz ahogada de la anciana.

—¡No vengas, Alejandro! ¡Es una trampa!

La comunicación se cortó.

Alejandro intentó salir corriendo, pero un médico lo detuvo.

—Su hijo acaba de sufrir una alteración cardíaca. Necesitamos que permanezca aquí para autorizar un procedimiento urgente.

Alejandro miró a Mateo a través del cristal.

Después observó el teléfono entre sus manos.

Su hijo estaba entre la vida y la muerte.

Su madre estaba secuestrada.

Y su hermano sabía que no podía salvarlos a los dos al mismo tiempo.

Un enfermero se acercó y le entregó una bolsa con las pertenencias recuperadas del accidente.

—La policía encontró esto bajo el asiento del coche.

Dentro estaba la carpeta que Daniel buscaba.

Alejandro la abrió apresuradamente.

Los informes financieros seguían allí, pero encontró algo nuevo entre las páginas: una carta escrita por su padre antes de morir.

La primera línea le heló la sangre.

Alejandro, si estás leyendo esto, significa que Daniel ha descubierto que no es mi hijo.

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