Durante unos segundos no pude moverme.
El brazo de Cameron seguía alrededor de mi cintura, pero ya no sentía al poderoso director ejecutivo de Reed Global.
Sentía a un hombre perdido.
Un hombre que había llegado a mi puerta porque, por alguna razón que todavía no entendía, confiaba en mí más que en cualquier otra persona.
—Señor Reed… —susurré.
Él cerró los ojos.
—Cameron.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Cuando estamos aquí… no me llames señor Reed.
Su voz era baja, cansada.
—No soy tu jefe en este momento.
Intenté apartarme suavemente.
—Está bien, Cameron. Pero creo que deberías sentarte antes de que termines en el suelo.
Por primera vez en mi vida, vi al hombre que había hecho temblar a ejecutivos con una simple mirada obedecer sin discutir.
Se dejó caer en el sofá.
Fui a la cocina y llené un vaso con agua.
Mientras caminaba de regreso, lo observé en silencio.
Ese hombre había aparecido en cientos de revistas.
El multimillonario que compraba empresas al borde de la quiebra y las convertía en negocios exitosos.
El hombre que nunca cometía errores.
El hombre que todos creían incapaz de sentir dolor.
Pero esa noche estaba sentado en mi sofá usando mi manta vieja de invierno como si fuera lo único que lo mantenía unido.
—Bebe esto.
Tomó el vaso.
—Gracias.
La palabra me sorprendió más que cualquier otra cosa.
Cameron Reed casi nunca decía gracias.
En la oficina, si alguien hacía algo bien, simplemente asentía.
Eso era todo.
—¿Qué pasó con tu prometida? —pregunté finalmente.
Su expresión cambió.
La pequeña grieta de vulnerabilidad desapareció durante un segundo.
Después volvió.
—Victoria me dejó.
Conocía el nombre.
Todo el mundo lo conocía.
Victoria Hale.
Heredera de una familia poderosa.
La mujer que aparecía constantemente junto a Cameron en eventos de negocios.
La pareja perfecta según las revistas.
—Pensé que ustedes estaban a punto de casarse.
Él soltó una risa amarga.
—Eso pensaba yo también.
Miró el suelo.
—Esta noche descubrí que llevaba meses planeando irse.
Me senté en el sillón frente a él.
—¿Por qué?
Cameron apretó la mandíbula.
—Porque nunca me amó.
El silencio cayó entre nosotros.
—Ella amaba el apellido Reed. La posición. El dinero. La imagen.
Sus dedos apretaron el vaso.
—Pero cuando la empresa tuvo problemas por una investigación interna, cuando por primera vez no fui el hombre invencible que todos esperaban… desapareció.
Lo miré sorprendida.
—¿Reed Global tiene problemas?
Sus ojos se encontraron con los míos.
Y ahí entendí algo.
El Cameron que conocía en la oficina nunca habría admitido eso.
Nunca.
—Hay personas dentro de la empresa que están intentando destruirme.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué me cuentas esto?
Tardó unos segundos en responder.
—Porque tú viste los documentos.
Mi corazón se detuvo ligeramente.
—¿Qué documentos?
Cameron me miró fijamente.
—Los informes financieros del proyecto Atlas.
Recordé inmediatamente.
Tres meses antes, había encontrado inconsistencias en unos contratos.
Pequeños detalles.
Cantidades modificadas.
Firmas que no coincidían.
Le había informado a mi supervisor, pero nunca recibí respuesta.
—Pensé que nadie lo había notado —dijo.
—¿Notado qué?
Cameron se inclinó hacia adelante.
—Que alguien dentro de Reed Global está robando millones.
Me quedé helada.
—¿Y crees que yo puedo ayudarte?
—Creo que eres la única persona en esa empresa que no tiene miedo de decir la verdad.
No supe qué responder.
Porque durante todo ese tiempo había pensado que Cameron Reed era mi mayor problema.
Y ahora estaba descubriendo que quizás era la única persona que había confiado realmente en mí.
A la mañana siguiente desperté con un sonido extraño.
Abrí los ojos lentamente.
Luego recordé todo.
Cameron.
Mi apartamento.
El pijama de gatito.
Me levanté rápidamente.
Y entonces lo vi.
Estaba en mi pequeña cocina preparando café.
Mi jefe multimillonario.
En mi cocina.
Con una camiseta negra que parecía demasiado cara para existir.
—Buenos días —dijo.
Lo miré confundida.
—¿Sabes que esto es completamente extraño?
—¿Qué parte?
Señalé alrededor.
—Tú. Aquí. Preparando café.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Necesitaba agradecerte por anoche.
—No hice nada.
—Sí hiciste.
Me miró.
—Me dejaste ser una persona.
Esa frase me sorprendió.
Porque entendí que nadie le permitía eso.
Todos querían algo de Cameron Reed.
Su dinero.
Su poder.
Su influencia.
Pero nadie parecía preguntarle si estaba bien.
Ese mismo día regresamos a la oficina.
Y todo volvió a cambiar.
El Cameron del trabajo apareció otra vez.
Traje perfecto.
Mirada fría.
Control absoluto.
Pero ahora yo sabía la verdad.
Sabía que detrás de esa máscara había alguien que podía romperse.
A las cuatro de la tarde recibí un mensaje suyo.
“Necesito verte en mi oficina.”
Suspiré.
Cinco minutos después estaba frente a él.
Cerró la puerta.
—Encontré algo.
Puso unos documentos sobre la mesa.
Los revisé rápidamente.
Entonces mi sangre se congeló.
—Esto no puede ser.
Cameron me observó.
—¿Qué?
Señalé una firma.
—Esta autorización fue modificada.
—¿Estás segura?
Asentí.
—Trabajé con estos contratos durante años. Alguien cambió la fecha y la cantidad.
Cameron guardó silencio.
—¿Quién tenía acceso?
Miré la lista.
Y sentí un escalofrío.
Había tres nombres.
Uno de ellos era demasiado familiar.
Victoria Hale.
—Tu prometida.
El rostro de Cameron se endureció.

La investigación comenzó en secreto.
Durante las siguientes semanas trabajamos juntos.
Y descubrí algo que nunca imaginé.
Cameron no era el hombre frío que todos creían.
Era alguien que había aprendido a esconder sus emociones porque cada vez que confiaba en alguien terminaba siendo utilizado.
Una noche, mientras revisábamos documentos en la oficina vacía, me dijo:
—Cuando llegaste a Reed Global pensé que eras como todos los demás.
—¿Eso es un insulto?
Sonrió.
—No.
Me miró.
—Pensé que querías impresionarme.
—¿Y ahora?
Bajó la mirada.
—Ahora creo que eres la única persona que nunca intentó hacerlo.
Mi corazón latió más rápido.
Pero antes de que pudiera responder, su teléfono sonó.
La expresión de Cameron cambió.
Era una llamada de seguridad.
Después de colgar, me miró.
—Tenemos una reunión mañana.
—¿Con quién?
—Con Victoria.
Al día siguiente, Victoria entró a la sala de juntas como si todavía fuera dueña del lugar.
Vestía elegante.
Segura.
Sonriente.
—Cameron.
Él no respondió.
Colocó los documentos sobre la mesa.
—¿Quieres explicarme esto?
Por primera vez, la sonrisa de Victoria desapareció.
—No sé de qué hablas.
Yo puse otro archivo encima.
—Sabemos que utilizaste información interna para manipular contratos.
Victoria me miró.
—¿Y tú quién eres para acusarme?
Cameron dio un paso adelante.
—Ella es la persona que encontró la verdad cuando todos los demás estaban demasiado ocupados mintiendo.
Victoria soltó una risa.
—¿En serio?
Me miró.
—¿Crees que él te elegirá a ti?
El silencio fue absoluto.
—Yo fui la mujer que estuvo a su lado durante años.
Sonrió con arrogancia.
—Tú solo eres una empleada.
Sentí la herida de esas palabras.
Pero antes de que pudiera responder, Cameron habló.
—No vuelvas a hablarle así.
Victoria lo miró sorprendida.
—¿La estás defendiendo?
—Sí.
La respuesta fue inmediata.
—Porque ella me respetó cuando tú solo me veías como una inversión.
Victoria perdió el color del rostro.
La evidencia era suficiente.
Horas después, abandonó la empresa.
Y con ella terminó la mentira que había mantenido durante años.
Tres meses después, Reed Global volvió a crecer.
La investigación limpió la compañía.
Cameron recuperó la confianza de los inversionistas.
Pero algo había cambiado.
Él también.
Ya no llegaba primero y se iba último todos los días.
Ya no trataba a las personas como piezas de un tablero.
Aprendió a escuchar.
Y yo aprendí que el hombre que más miedo me daba era también el hombre que más me comprendía.
Una noche, meses después de aquella visita inesperada, Cameron apareció nuevamente en mi apartamento.
Pero esta vez estaba sobrio.
Y llevaba flores.
Abrí la puerta y sonreí.
—Espero que esta vez no hayas usado los archivos de recursos humanos para encontrar mi dirección.
Él sonrió.
—Esta vez la sabía porque tú me la diste.
Entró lentamente.
Luego me miró.
—Emma.
Su tono cambió.
Serio.
Honesto.
—La primera vez que vine aquí estaba roto.
Guardé silencio.
—Pensé que necesitaba a alguien que me salvara.
Se acercó.
—Pero descubrí que no necesitaba que me salvaras.
Me miró a los ojos.
—Necesitaba a alguien que me recordara quién era.
Sentí que mis ojos se humedecían.
—Cameron…
Respiró profundamente.
—No quiero ser tu jefe.
Una sonrisa apareció en sus labios.
—Quiero ser el hombre que te prepara café por las mañanas. El hombre que escucha tus historias. El hombre que nunca vuelva a hacerte sentir invisible.
Después de todo lo que había pasado, podía haber elegido muchas cosas.
Podía haber elegido proteger mi corazón.
Podía haber mantenido distancia.
Pero la verdad era que la persona que llegó borracha a mi puerta buscando refugio había terminado convirtiéndose en el lugar donde yo también encontraba paz.
Sonreí.
—Entonces tendrás que aprender algo importante.
—¿Qué?
Miré mi pijama de gatito sobre el sofá.
—Nunca vuelvas a burlarte de mi ropa cómoda.
Cameron soltó una carcajada.
Una verdadera.
La primera que escuché de él.
Y en ese momento entendí algo.
El hombre más poderoso de Nueva York no necesitaba un imperio más grande.
Solo necesitaba un lugar donde pudiera ser él mismo.
Y, contra todo pronóstico, ese lugar terminó siendo mi pequeño apartamento de Manhattan.