La pelota de béisbol seguía en mi mano.
Los cuatro niños me observaban desde la barandilla del segundo piso como si estuvieran esperando una reacción.
Gritos.
Lágrimas.
Una llamada a seguridad.
Algo que confirmara lo que todos los adultos antes que yo habían hecho.
Me limité a lanzar la pelota hacia arriba y atraparla.
—Buen lanzamiento.
El niño mayor frunció el ceño.
—¿No estás enojada?
—¿Debería estarlo?
Se miraron entre ellos.
El más pequeño, Lucas, inclinó la cabeza.
—La última dijo que éramos monstruos.
Sentí algo dentro de mí cambiar.
Porque esa frase no hablaba de mal comportamiento.
Hablaba de algo mucho más profundo.
Subí las escaleras lentamente.
Adrian dio un paso adelante.
—Nia.
—Si voy a trabajar aquí, necesito conocerlos.
—No creo que sea buena idea acercarte así de rápido.
Lo miré.
—Señor Vale, catorce personas intentaron controlar a sus hijos. Yo quiero entenderlos.
Sus ojos se endurecieron.
—Ellos no son fáciles.
—Los niños nunca son fáciles cuando están sufriendo.
No respondió.
Llegué al segundo piso.
Evan, el mayor, cruzó los brazos.
—¿No tienes miedo?
—Sí.
Los cuatro parecieron sorprendidos.
—¿Tienes miedo? —preguntó Caleb.
Asentí.
—Claro. Las personas que dicen que nunca tienen miedo normalmente son las que no entienden el peligro.
Por primera vez, uno de ellos casi sonrió.
Casi.
Entonces escuchamos un golpe en la planta baja.
Adrian recibió una llamada y salió de la habitación.
Aproveché ese momento.
—Ahora dime la verdad.
Los cuatro permanecieron callados.
Finalmente Evan habló.
—Todos quieren saber por qué somos malos.
—¿Y?
Miró al suelo.
—Porque es más fácil que preguntar por qué estamos tristes.
Aquella respuesta me dejó sin palabras durante unos segundos.
—¿Qué pasó con su madre?
Nadie respondió.
Hasta que Noah, el de siete años, susurró:
—Papá dice que murió.
—¿Pero?
El niño apretó los labios.
—Pero nosotros sabemos que pasó algo más.
Esa frase me hizo prestar atención.
—¿Qué significa eso?
Evan miró hacia el pasillo para asegurarse de que Adrian no estaba cerca.
—Mamá estaba asustada antes de morir.
Sentí un escalofrío.
—¿De quién?
El niño no respondió.
Antes de poder preguntar más, Adrian apareció.
—La hora de conocerlos terminó.
Su voz era fría.
Demasiado rápida.
Como si hubiera escuchado más de lo que quería.
Esa noche, después de que los niños se durmieron, revisé mi contrato.
La paga era exactamente la cantidad que necesitaba para la cirugía de mi hermana.
Pero había una cláusula extra.
Un bono enorme si lograba permanecer setenta y dos horas.
Setenta y dos horas.
No era un trabajo normal.
Era una prueba.
Encontré a Adrian en el despacho.
—¿Cuántas personas aceptaron este contrato?
Me miró desde detrás del escritorio.
—Todas.
—¿Y cuántas llegaron al final?
Silencio.
—Ninguna.
Dejé el contrato sobre la mesa.
—¿Por qué me contrataste realmente?

Adrian permaneció quieto.
Luego abrió un cajón y sacó una fotografía.
Era una imagen de los cuatro niños con su madre.
—Porque ellos dejaron de confiar en todos.
Miré la foto.
—¿Y tú?
Su expresión cambió ligeramente.
—Yo también.
Por un momento vi algo diferente en él.
No al hombre poderoso que describían los periódicos.
Sino a un padre agotado.
Un hombre que no sabía cómo salvar a sus hijos.
A la mañana siguiente encontré a Lucas sentado solo en la cocina.
Tenía un dibujo frente a él.
—¿Qué es eso?
Intentó esconderlo.
—Nada.
Pero lo vi.
Era una casa.
Cuatro niños.
Una mujer.
Y una figura oscura detrás.
—¿Quién es esa persona?
Lucas apretó el lápiz.
—El hombre que hizo que mamá se fuera.
Sentí que mi corazón se aceleraba.
—Lucas, necesito que me digas quién es.
Antes de responder, una alarma comenzó a sonar.
Todos corrieron.
La cocina se llenó de humo.
Adrian apareció inmediatamente.
—¡Todos atrás!
Pero entonces vi algo extraño.
La alarma estaba activa.
El fuego no.
Alguien la había activado manualmente.
Miré hacia arriba.
Los cuatro niños estaban allí.
Pero esta vez no parecían estar jugando.
Parecían aterrados.
Evan bajó lentamente las escaleras.
—No fuimos nosotros.
Adrian lo miró.
—Entonces ¿quién?
Nadie respondió.
Hasta que vi algo sobre la mesa.
Un sobre negro.
Mi nombre estaba escrito encima.
Lo abrí.
Dentro había una sola fotografía.
Una fotografía de Adrian hablando con un hombre desconocido.
En la parte trasera había una frase escrita a mano:
“Pregúntale a Adrian por qué sus hijos tuvieron que mentir durante cuatro años.”
Levanté la mirada.
Adrian estaba mirando la foto.
Y por primera vez desde que llegué a la mansión, vi miedo verdadero en sus ojos.
—¿Quién es él? —pregunté.
Adrian no respondió.
—Adrian.
Finalmente habló.
—El hombre que mató a mi esposa.
El silencio llenó la habitación.
Pero antes de que pudiera preguntar más, Evan apareció detrás de nosotros.
Su voz era apenas un susurro.
—No fue él.
Me giré.
El niño estaba pálido.
—¿Qué dijiste?
Evan miró a su padre.
Luego a mí.
—Papá no mató a mamá.
Adrian quedó inmóvil.
—Evan…
Pero el niño continuó:
—Papá estaba intentando protegernos.
Mi respiración se detuvo.
Porque en ese instante comprendí algo.
Los cuatro niños no eran el verdadero problema de aquella mansión.
Eran los únicos que habían estado intentando contar la verdad.
Y alguien llevaba cuatro años haciendo todo lo posible para que nadie los escuchara.
Continuará…