Mi corazón dejó de latir durante un segundo.
Miré el teléfono de Sebastián.
Después su rostro.
Él levantó lentamente la mirada.
Nos quedamos observándonos.
Natalia seguía hablando con Marcos sin darse cuenta de nada.
—¿Sebastián? —pregunté.
—¿Sí?
—¿Te ha llegado un mensaje?
—Sí.
Su respuesta fue demasiado tranquila.
Miré mi pantalla.
W había escrito:
—No deberías llamarme así delante de mi familia.
Se me cayó el teléfono sobre la mesa.
Sebastián cerró los ojos.
—Perfecto.
—Tú…
—Sí.
—¿Tú eres W?
—Sí.
Sentí que mi cerebro necesitaba varios segundos para procesarlo.
—¿Mi novio virtual es tu hermano?
Natalia dejó de hablar.
—¿Qué?
Marcos también se volvió.
—¿Qué está pasando?
Yo señalé a Sebastián.
—Él es W.
Natalia abrió la boca.
—¿Mi hermano?
Sebastián respiró profundamente.
—Sí.
Natalia comenzó a reír.
—¡No puede ser!
Marcos se llevó una mano a la frente.
—Esto explica demasiadas cosas.
Yo seguía inmóvil.
—¿Desde cuándo lo sabes?
Sebastián me miró.
—Desde el principio.
—¿Desde el principio?
—La noche que enviaste aquella queja sobre tu jefe.
Mi rostro se calentó.
—¡Entonces sabías quién era yo!
—Sí.
—¿Y nunca dijiste nada?
—Tú tampoco sabías quién era yo.
—Porque tú nunca me lo dijiste.
—Intenté hacerlo.
—¿Cuándo?
Sebastián bajó la mirada.
—Varias veces.
Natalia interrumpió.
—¿Y por qué demonios no funcionó?
Sebastián me miró.
—Porque cada vez que intentaba hablar de mi familia, tú cambiabas de tema.
Recordé todas aquellas conversaciones.
W mencionando que tenía hermanos.
W diciendo que su familia era complicada.
W evitando hablar de su trabajo.
De repente todo encajó.
—Por eso sabías lo del hotel.
—Sí.
—Por eso dijiste que no era tan alto.
—Sí.
—Y por eso sabías que te había llamado guapo.
Sebastián se quedó en silencio.
Las orejas volvieron a ponerse rojas.
Natalia soltó una carcajada.
—¡Dios mío! ¡Mi hermano estaba celoso de sí mismo!
Marcos casi se atragantó con el agua.
Yo también empecé a reír.
Sebastián no.
—No tiene gracia.
—Tiene muchísima gracia —respondí.
Por primera vez vi una pequeña sonrisa en su rostro.

Entonces recordé algo.
—Espera.
Saqué el teléfono.
—La transferencia de 5.200 euros.
—Sí.
—Los 10.000.
—Sí.
—¿Me estabas sobornando?
Sebastián se aclaró la garganta.
—Intentaba evitar que siguieras molestándome.
—¿Y funcionó?
—No.
—Correcto.
Todos rieron.
Pero después mi sonrisa desapareció.
—¿Por qué nunca quisiste conocerme en persona?
Sebastián dejó el vaso sobre la mesa.
—Porque me gustabas demasiado.
El restaurante pareció quedar en silencio.
—¿Qué?
—Cuando descubrí quién eras, pensé que si te decía la verdad, dejarías de hablar conmigo.
—¿Y preferiste seguir ocultándolo?
—Sí.
—Eso no fue muy inteligente.
—Lo sé.
Lo miré durante unos segundos.
—¿Y ahora?
Sebastián sostuvo mi mirada.
—Ahora ya no quiero esconderme.
Aquella respuesta me sorprendió.
Pero había otra pregunta.
—¿Y qué pasa con todo lo que me has dicho durante este año?
—Era verdad.
—¿Incluso cuando decías que querías casarte conmigo?
—Especialmente eso.
Mi corazón dio un golpe.
Natalia levantó las manos.
—Bueno, creo que nosotros deberíamos irnos.
Marcos asintió inmediatamente.
—Sí.
—¡Pero quiero saber qué pasa! —protestó Natalia.
—No —dijo Sebastián.
—Soy tu hermana.
—Precisamente.
Los dos se marcharon entre risas.
Finalmente quedamos solos.
Sebastián se sentó frente a mí.
—Quiero disculparme.
—¿Por qué?
—Por haberte ocultado mi identidad.
—Acepto la disculpa.
—¿Tan rápido?
—No.
Sonreí.
—Pero puedes seguir intentando.
Sebastián soltó una pequeña risa.
—Justo como W.
—Siempre me pregunté cómo sería conocerte.
—¿Y?
Lo observé de arriba abajo.
—Más alto de lo que imaginaba.
—Te dije que no era tan alto.
—Mentiroso.
Él sonrió.
Durante un momento todo pareció sencillo.
Hasta que su expresión cambió.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—El día que fui al Hotel Imperial no fui allí por trabajo.
Mi sonrisa desapareció.
—¿Entonces?
—Fui a preparar algo.
Sacó una pequeña caja del bolsillo interior de su chaqueta.
Mi corazón volvió a acelerarse.
—Sebastián…
Abrió la caja.
Dentro había un anillo sencillo.
No ostentoso.
Elegante.
—Lo compré hace tres meses.
Me quedé sin palabras.
—Pensaba pedírtelo cuando nos conociéramos por primera vez.
—¿Y por qué no lo hiciste?
—Porque tenía miedo.
—¿Tú?
—Sí.
Sonrió.
—Resulta que el gran Sebastián Song puede negociar millones de euros sin pestañear, pero no sabe qué decirle a la mujer que ama.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—¿Me amas?
—Desde hace mucho tiempo.
Tomé el anillo.
Pero no me lo puse todavía.
—Hay una condición.
Sebastián arqueó una ceja.
—¿Cuál?
—Nunca más me ocultes algo importante.
—Trato hecho.
—Y no vuelvas a intentar sobornarme.
—Eso podría ser más difícil.
Me reí.
—Sebastián.
—Está bien. Lo intentaré.
Le devolví la caja.
—Entonces tendrás que preguntármelo correctamente.
Se quedó inmóvil.
—¿Ahora?
—Ahora.
Respiró profundamente.
Se arrodilló frente a mí.
Por primera vez desde que lo conocía, aquel hombre que parecía incapaz de mostrar una emoción estaba completamente nervioso.
—Desde hace casi un año eres la persona con la que quiero hablar al final de cada día.
Me miró.
—La mujer a la que quiero ver cuando despierto.
Su voz se volvió más suave.
—Y la única persona capaz de hacer que olvide todas las reglas que me impuse.
Extendió la mano.
—¿Quieres dejar de ser mi novia virtual y convertirte en mi esposa de verdad?
Sonreí.
—Sí.
Sebastián se levantó y deslizó el anillo en mi dedo.
Entonces mi teléfono vibró.
Lo miré.
Había recibido un mensaje de W.
Abrí el chat.
El mensaje decía:
—¿Te casarías conmigo?
Levanté la mirada hacia Sebastián.
—¿En serio?
Él sonrió.
—Tenía que hacerlo oficialmente.
Me reí.
—Eres imposible.
—Pero soy tuyo.
Guardé el teléfono.
—Y yo soy tuya.
Meses después, nuestra boda fue pequeña.
Nada de fotógrafos.
Nada de prensa.
Nada de extravagancias.
Solo familia y amigos.
Natalia dio el discurso más vergonzoso de la noche.
—Durante meses pensé que mi hermano estaba perdiendo la cabeza porque sonreía mirando el teléfono.
Todos rieron.
Sebastián me miró.
—No estaba perdiendo la cabeza.
—No —respondí—. Solo estabas enamorado.
Tomó mi mano.
Y mientras todos brindaban, recordé aquella primera noche.
Un mensaje enviado por error.
Una conversación absurda.
Un hombre desconocido detrás de una pantalla.
Y después descubrí que ese hombre había estado mucho más cerca de lo que imaginaba.
No había encontrado al amor de mi vida en internet.
Había encontrado al hombre que estaba sentado a mi lado desde el principio.
Solo necesitábamos dejar de escondernos detrás de una pantalla para descubrirlo.