Parte 2: EL APELLIDO QUE CAMBIÓ TODAS LAS REGLAS

Derek fue el primero en romper el silencio.

—¿Domingo Ruso?

Pronunció el nombre con una mezcla de miedo e incredulidad. Su mano soltó la de Britney casi por reflejo.

Domingo ni siquiera lo miró.

Sus ojos permanecieron fijos en mí, oscuros, inmóviles, esperando una respuesta.

—Chloe —repitió—. ¿Ese bebé es mío?

El doctor Miller dio un paso atrás, consciente de que acababa de quedar atrapado en una conversación que jamás debió escuchar.

Me senté lentamente y cubrí mi vientre con ambas manos.

—No puedes entrar aquí y exigirme respuestas.

Uno de los hombres de Domingo cerró la puerta.

El clic de la cerradura hizo palidecer todavía más al médico.

Domingo levantó una mano.

—Fuera.

Sus guardaespaldas salieron inmediatamente. El doctor también intentó marcharse, pero yo le sujeté la manga.

—Él se queda.

Domingo apretó la mandíbula.

—Está bien.

Solo entonces miró hacia el pasillo.

Derek y Britney seguían junto a la puerta entreabierta.

—Ustedes no —dijo Domingo.

Derek intentó recuperar su arrogancia.

—Vine con mi novia a una consulta. No sé qué clase de espectáculo están montando, pero Chloe siempre fue buena dramatizando.

Domingo giró lentamente la cabeza.

Fue un movimiento pequeño.

Sin embargo, Derek retrocedió.

—¿Tú eres el hombre que se rio de ella en el café? —preguntó Domingo.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—¿Cómo sabes eso?

Él no respondió.

Uno de sus hombres apareció detrás de Derek sosteniendo un teléfono. En la pantalla se veía un video grabado por algún cliente del café. Allí estaba Derek, inclinado sobre mi mesa, burlándose de mi cuerpo mientras varias personas reían.

Domingo había sabido lo ocurrido antes de llegar a la clínica.

—No fue para tanto —murmuró Derek—. Ella es mi ex. Solo estaba bromeando.

Domingo lo observó sin emoción.

—Entonces aprende algo sobre mí. No me gustan las bromas que hacen llorar a una mujer embarazada.

—Yo no lloré —dije.

Sus ojos regresaron a mí.

—Lo sé.

Aquella respuesta me inquietó más que cualquier amenaza.

Porque significaba que llevaba tiempo observándome.


—¿Por qué estás aquí? —pregunté.

Domingo sacó un sobre de su abrigo y lo dejó sobre la mesa de exploración.

En el interior había fotografías.

Yo entrando a mi apartamento.

Saliendo del trabajo.

Comprando vitaminas prenatales.

Visitando aquella misma clínica dos semanas antes.

Sentí un escalofrío.

—¿Me estabas siguiendo?

—Intentaba encontrarte desde la gala.

—Podías haber preguntado mi nombre.

—Lo hice.

—Entonces ¿por qué tardaste cuatro meses?

Su rostro se endureció.

—Porque alguien eliminó tus datos de la lista de empleados del hotel, borró las cámaras del pasillo privado y pagó para que nadie recordara haberte visto conmigo.

Miré las fotografías otra vez.

—¿Quién?

—Eso quiero averiguar.

El doctor Miller se aclaró la garganta.

—Señorita Bennett, su presión está subiendo. No debería someterse a más estrés.

Domingo observó el monitor y después mi rostro.

Por primera vez vi algo parecido a preocupación en él.

No control.

No autoridad.

Miedo verdadero.

—Respóndeme solo una cosa —dijo con voz más baja—. Después me iré.

Sabía cuál era la pregunta.

Miré la pequeña imagen del ultrasonido.

Había pasado cuatro meses diciéndome que podía hacerlo sola. Que Domingo jamás debía enterarse. Que un hombre rodeado de violencia no tenía lugar cerca de mi hijo.

Pero ahora estaba allí.

Y mentir no cambiaría la verdad.

—Sí —susurré—. El bebé es tuyo.

Nadie respiró.

Domingo cerró los ojos durante un instante.

Cuando los abrió, algo había cambiado.

—Entonces no volverás sola a tu apartamento.

—No decides eso.

—Alguien te ocultó de mí después de la gala. Hoy dos hombres intentaron entrar en esta clínica usando credenciales falsas.

El doctor Miller palideció.

—¿Qué hombres?

Domingo señaló la cámara de seguridad del pasillo.

—Mis hombres los detuvieron en el estacionamiento.

Me puse rígida.

—¿Venían por mí?

—Todavía no lo sé.

Derek soltó una risa nerviosa.

—Esto es absurdo. Chloe no es nadie. ¿Por qué alguien querría perseguirla?

Domingo avanzó hacia él.

—Está embarazada de mi hijo.

Derek dejó de sonreír.

Britney se apartó de su lado.

La frase pareció cambiar la temperatura de toda la clínica.


—Chloe, tienes que venir conmigo —dijo Domingo.

—No.

—No es una invitación.

Me levanté de la camilla.

—Y yo no soy una propiedad que puedas trasladar porque de repente descubriste que vas a ser padre.

Sus ojos brillaron con una emoción contenida.

—Tampoco voy a permitir que alguien te lastime para llegar hasta mí.

—Tu mundo es precisamente la razón por la que no quería decírtelo.

El golpe de mis palabras fue visible.

Domingo permaneció en silencio.

Después sacó una pequeña tarjeta negra y la dejó junto a mi bolso.

—Tienes razón en desconfiar.

Aquello no era lo que esperaba escuchar.

—Pero ahora existe una amenaza real. Quédate donde quieras. Solo acepta protección.

Antes de que pudiera responder, el teléfono del doctor Miller comenzó a sonar.

Miró la pantalla.

—Es recepción.

Contestó.

Su rostro cambió casi de inmediato.

—¿Qué quiere decir con que alguien solicitó el expediente?

Escuchó unos segundos.

—No, no envíen nada.

Colgó y me miró.

—Una persona llamó hace veinte minutos fingiendo ser su esposo. Conocía su fecha de nacimiento, su dirección y hasta el número de su seguro médico.

Domingo tomó la tarjeta negra.

—¿Qué pidió?

—Los resultados completos del embarazo.

—¿Dieron algún dato?

—Solo confirmaron que la paciente estaba aquí.

Domingo maldijo en voz baja.

Uno de sus hombres entró sin tocar.

—Señor, tenemos un problema.

Le entregó una tableta.

En la pantalla había una fotografía tomada pocos minutos antes desde el edificio de enfrente.

Se veía la ventana de la consulta.

Se me veía a mí.

Y sobre mi vientre aparecía dibujado un círculo rojo.

Debajo había una frase:

“EL HEREDERO RUSO NO LLEGARÁ A NACER.”

Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.

Domingo me sujetó antes de que cayera.

Esta vez no lo aparté.

—Cierren el edificio —ordenó—. Nadie entra ni sale.

Derek retrocedió hacia la puerta.

—Nosotros no tenemos nada que ver con esto.

El hombre de Domingo lo miró.

—Eso no es lo que encontramos en su automóvil.

Derek se quedó paralizado.

—¿Qué encontraron?

El guardaespaldas colocó una bolsa transparente sobre la mesa.

Dentro había un teléfono que yo no reconocía.

En la pantalla seguía abierta una conversación.

El último mensaje había sido enviado apenas diez minutos antes.

“Ella está en la clínica. Ruso ya llegó.”

Britney miró a Derek con horror.

—¿Qué hiciste?

—¡Ese teléfono no es mío!

Domingo soltó lentamente mi brazo y avanzó hacia él.

Pero antes de llegar, todas las luces de la clínica se apagaron.

Un estruendo sacudió el piso inferior.

La alarma de incendios comenzó a gritar.

En la oscuridad, alguien golpeó la puerta desde el otro lado.

Tres veces.

Pausa.

Dos veces más.

Domingo sacó un arma de debajo del abrigo, se colocó delante de mí y susurró:

—Ese código solo lo conoce mi familia.

La puerta comenzó a abrirse.

Y una voz femenina habló desde el pasillo.

—Domingo, apártate de ella. Esa mujer no está embarazada de tu primer hijo.

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