Parte 2: LA VOZ QUE REGRESÓ DEL PASADO

La lluvia seguía cayendo cuando caminé sin rumbo por las calles vacías de Bosques de las Lomas.

Tenía frío.

Tenía hambre.

Y por primera vez desde que era niña, no tenía un lugar al que llamar hogar.

Mi teléfono, mis tarjetas y hasta las llaves del coche habían quedado dentro de aquella casa que mi padre había construido ladrillo a ladrillo.

Pero había algo que Rodrigo no sabía.

Mi padre jamás dejaba un solo plan dependiendo de una única persona.

Mientras intentaba detener un taxi, un automóvil negro se detuvo lentamente frente a mí.

La ventana descendió.

—¿Señorita Valeria Ortega?

Levanté la vista.

Era un hombre de unos sesenta años, traje gris, cabello completamente blanco.

Lo reconocí al instante.

—¿Licenciado Esteban Rivas?

Había sido el abogado personal de mi padre durante más de treinta años.

—Suba, por favor.

Entré sin hacer preguntas.

Durante varios minutos ninguno habló.

Finalmente, Esteban rompió el silencio.

—Su padre sabía que esto podía ocurrir.

Lo miré sorprendida.

—¿Qué quiere decir?

El abogado sacó una pequeña llave dorada del bolsillo.

—Hace ocho meses me entregó esto y un sobre sellado. Me ordenó dárselos únicamente si usted perdía el control de Grupo Horizonte.

Sentí que el corazón comenzaba a latir con fuerza.

—¿Dónde está el sobre?

—En mi despacho.


Treinta minutos después llegamos a un edificio antiguo de Polanco.

Esteban abrió una caja fuerte empotrada detrás de una biblioteca.

Dentro solo había tres objetos.

Un sobre de papel grueso.

Una memoria USB.

Y una pequeña grabadora digital.

Sobre el sobre podía leerse la letra de mi padre.

“Para Valeria. Solo si me fallan las fuerzas para protegerte.”

Las lágrimas comenzaron a nublarme la vista.

—¿Puedo abrirlo?

—Es suyo.

Rompí el sello lentamente.

Dentro había una carta escrita a mano.

“Si estás leyendo esto, significa que Rodrigo actuó antes de lo que esperaba.”

Me quedé inmóvil.

Continué leyendo.

“Nunca confié completamente en él. Durante los últimos meses descubrí movimientos financieros que no podía explicar. Empecé una investigación privada.”

Respiré con dificultad.

“Si además de perder la empresa también me ocurrió algo inesperado, no aceptes la versión oficial de mi muerte.”

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

La versión oficial decía que mi padre había perdido el control de su camioneta en la autopista México-Toluca.

Un simple accidente.

¿Y si nunca lo había sido?


Esteban señaló la grabadora.

—Hay una instrucción más.

Presionó el botón de reproducción.

Durante unos segundos solo se escuchó interferencia.

Entonces…

Una voz llenó el despacho.

—Valeria…

El aire desapareció de mis pulmones.

Era imposible.

Aquella era la voz de mi padre.

Exactamente igual.

—Si estás escuchando esto, significa que ya no puedo hablar contigo personalmente.

Las lágrimas comenzaron a caer sin control.

—Papá…

La grabación continuó.

—No llores todavía. Primero escúchame.

Esteban permanecía completamente en silencio.

Mi padre hablaba con esa serenidad que siempre transmitía incluso en los peores momentos.

—Rodrigo nunca llegó a mi empresa por casualidad. Alguien lo colocó cerca de nosotros hace años.

Fruncí el ceño.

—Hace seis meses descubrí que estaba comprando directivos del consejo. También encontré indicios de que intentaba quedarse con tus acciones utilizando documentos falsificados.

Mi respiración comenzó a acelerarse.

Él lo sabía.

Lo sabía todo.

—Quise despedirlo inmediatamente, pero mi investigador me pidió esperar. Necesitábamos descubrir quién estaba detrás de él.

La voz hizo una breve pausa.

—Y entonces empezaron las amenazas.


La grabación terminó abruptamente.

Solo quedó un ruido estático.

Miré a Esteban.

—¿Eso es todo?

Negó lentamente.

—No.

Sacó la memoria USB.

—Aquí está el resto.

La conectó al ordenador.

En la pantalla aparecieron cientos de carpetas.

Transferencias bancarias.

Fotografías.

Videos.

Correos electrónicos.

Todo perfectamente organizado.

Mi padre había investigado durante meses.

De repente apareció un archivo marcado en rojo.

“REUNIÓN – 12 DÍAS ANTES DEL ACCIDENTE.”

Abrimos el video.

La imagen mostraba el restaurante privado de un hotel.

Rodrigo estaba sentado frente a dos hombres que nunca había visto.

Uno de ellos deslizó una carpeta sobre la mesa.

Aunque no había audio claro, podía leerse perfectamente el movimiento de los labios.

Uno de los hombres dijo:

—Después del funeral todo será suyo.

Rodrigo sonrió.

Y respondió una frase que hizo que la sangre se helara en mis venas.

—Primero tiene que desaparecer el viejo.

El despacho quedó completamente en silencio.


—Esto basta para denunciarlo.

Me levanté inmediatamente.

Esteban negó con firmeza.

—No.

—¿Cómo que no?

—No basta.

Señaló la pantalla.

—El video demuestra una conversación sospechosa, pero no prueba quién organizó el accidente.

Sentí una mezcla de rabia e impotencia.

—Entonces, ¿qué hacemos?

El abogado respiró profundamente.

—Su padre dejó otra instrucción.

Abrió el último documento de la memoria.

Solo contenía una línea.

“No enfrenten a Rodrigo hasta encontrar al Traidor Número Uno.”

Fruncí el ceño.

—¿Traidor número uno?

Esteban bajó lentamente la mirada.

—Su padre estaba convencido de que Rodrigo era solo una pieza.


Mientras tanto, en la residencia Ortega, Rodrigo brindaba junto a Beatriz.

El consejo de administración acababa de reconocerlo como presidente interino de Grupo Horizonte.

Todos los periódicos económicos publicaban la noticia.

—Lo logramos —rió Beatriz.

Rodrigo levantó su copa.

—A partir de mañana nadie recordará siquiera el nombre de Valeria.

En ese instante sonó su teléfono privado.

Solo tres personas conocían ese número.

Contestó de inmediato.

—¿Sí?

Una voz distorsionada respondió desde el otro lado.

—Eres un imbécil.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Quién habla?

—Te advertí que esperaras una semana antes de expulsarla.

El rostro de Rodrigo perdió el color.

—Ella ya no tiene nada.

—Te equivocas.

Hubo un breve silencio.

Después aquella voz añadió con una frialdad aterradora:

—Acaba de abrir el sobre que dejó Alejandro.

La copa escapó de la mano de Rodrigo y se hizo añicos contra el suelo.

—Eso… eso es imposible.

La llamada terminó.

Por primera vez desde la muerte de Alejandro Ortega…

Rodrigo sintió miedo.

Porque comprendió que alguien había vigilado cada uno de sus movimientos.

Y ese alguien sabía exactamente qué acababa de descubrir Valeria.

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