—¡Basta!
La voz de Mateo retumbó por toda la mansión.
Valeria se quedó inmóvil con la pequeña guitarra suspendida en el aire.
Rosa abrió los ojos lentamente.
Leo y Santi levantaron la cabeza al mismo tiempo.
Durante unos segundos nadie respiró.
Mateo caminó despacio hasta quedar frente a su cuñada.
Su mirada era tan fría que Valeria dio un paso atrás sin darse cuenta.
—¿Qué crees que estás haciendo?
Valeria intentó recuperar la compostura.
—Mateo… llegaste temprano. Esta mujer estaba…
Él le arrebató la guitarra de las manos antes de que pudiera terminar la frase.
La examinó.
Una cuerda estaba desafinada.
Nada más.
Después miró el pequeño tambor en el suelo.
Lo levantó con cuidado.
Finalmente dirigió la vista hacia los gemelos.
Los dos seguían escondidos detrás de Rosa.
Era la primera vez en dos años que los veía abrazar a alguien con tanta fuerza.
Aquello le dolió más que cualquier otra cosa.
—Explícame —ordenó Mateo.
Valeria cruzó los brazos.
—La encontré perdiendo el tiempo. En lugar de limpiar, estaba enseñándoles canciones.
—¿Y eso merece romperles los instrumentos?
—¡Claro! ¡Los estás criando como hijos de una sirvienta!
Mateo giró lentamente la cabeza.
—¿Los estoy criando?
Valeria titubeó.
—Bueno… tú nunca estás en casa.
Aquella frase cayó como una piedra.
Porque era verdad.
Mateo salía antes de que amaneciera.
Regresaba cuando los niños ya dormían.
Los fines de semana seguía trabajando.
Durante meses se había convencido de que ganar más dinero era la mejor forma de proteger a sus hijos.
Pero en ese instante comprendió algo terrible.
Ellos nunca habían necesitado más dinero.
Lo habían necesitado a él.
Mateo se acercó a Rosa.
Ella seguía de rodillas.
—Levántese, por favor.
—Señor… yo…
—Le pregunté qué ocurrió.
Rosa respiró profundamente.
—Los niños encontraron una vieja caja en el ático hace unos días.
—¿Qué caja?
—Pertenecía a la señora Clara.
El nombre de su esposa hizo que el silencio se volviera pesado.
—Había fotografías… algunos cuentos… y estos instrumentos.
Mateo sintió un nudo en la garganta.
Aquellos instrumentos.
Los recordaba perfectamente.
Él mismo los había comprado cuando Clara quedó embarazada.
Ella decía que los bebés escuchaban música incluso antes de nacer.
—Leo quiso tocar el tambor —continuó Rosa.
—Después Santi tomó la guitarra.
—Y… ocurrió algo muy extraño.
Mateo frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
Rosa miró a los gemelos.
—Por primera vez desde que trabajo aquí…
…los escuché cantar.
Mateo sintió que el corazón dejaba de latir.
—¿Cantar?
Ella asintió.
—Una canción de cuna.
Las manos de Mateo comenzaron a temblar.
Solo Clara conocía aquella canción.
Nunca se había grabado.
Nunca la había publicado.
Era una melodía que ella improvisaba cada noche antes de dormir.
¿Cómo podían recordarla unos niños que apenas tenían cuatro años cuando ella murió?
—¡Mentira! —gritó Valeria.
—Todo esto es teatro para manipularte.
Pero antes de que Mateo respondiera…
Leo hizo algo inesperado.
Se soltó del delantal de Rosa.

Caminó lentamente hasta el sofá.
Tomó la pequeña guitarra roja.
Y empezó a tocar tres notas torpes.
Después Santi comenzó a golpear suavemente el tambor.
Los dos niños cerraron los ojos.
Y comenzaron a cantar.
Mateo sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.
Era exactamente la voz.
La misma melodía.
Las mismas pausas.
Las mismas palabras que Clara inventaba mientras acariciaba sus cabezas antes de dormir.
No había forma de que nadie más pudiera haberles enseñado aquello.
Cuando terminó la canción…
Nadie habló.
Mateo tenía los ojos completamente llenos de lágrimas.
—¿Quién… les enseñó eso?
Los gemelos señalaron al mismo tiempo a Rosa.
Ella negó inmediatamente.
—No, señor.
Yo jamás había escuchado esa canción.
Mateo la miró confundido.
—Entonces…
Rosa dudó unos segundos.
—Hace dos semanas encontré a los niños en el cuarto de su esposa.
Pensé que estaban jugando.
Pero cuando me acerqué…
Los escuché tararearla solos.
Desde entonces solo los acompaño con los instrumentos.
Nunca les enseñé la melodía.
Valeria comenzó a ponerse nerviosa.
—Ya basta de tonterías.
Se acercó rápidamente para quitarles la guitarra.
Pero Leo retrocedió.
Era la primera vez en años que el niño reaccionaba ante un adulto.
—¡No!
El grito sorprendió a todos.
Después añadió algo todavía más inesperado.
—Mamá decía que la tía mala no podía entrar a su cuarto.
El rostro de Valeria perdió completamente el color.
Mateo levantó lentamente la cabeza.
—¿Qué acabas de decir?
Santi respondió esta vez.
—Mamá lloraba cuando la tía venía.
Valeria empezó a tartamudear.
—Son… son imaginaciones de niños.
Pero Leo negó con fuerza.
—No.
La escuchamos.
Siempre gritaban.
Mateo sintió un escalofrío.
Recordó algo.
Tres semanas antes del accidente, Clara había intentado hablar con él varias veces.
Siempre respondía igual.
—Ahora no, amor. Tengo una reunión.
Ella terminaba sonriendo.
—Luego hablamos.
Ese “luego” nunca llegó.
Porque pocos días después ocurrió el accidente que acabó con su vida.
¿Y si Clara realmente había querido contarle algo?
En ese momento sonó el teléfono de Mateo.
Era Ignacio, el antiguo administrador de la familia.
—Señor…
—¿Qué ocurre?
—Perdone que lo moleste después de tantos años, pero encontré una caja que la señora Clara dejó en la oficina privada antes de fallecer.
Mateo frunció el ceño.
—¿Qué contiene?
—No la abrí.
Solo vi una nota escrita por ella.
Su voz cambió por completo.
—¿Qué dice?
Ignacio leyó lentamente.
—”Si algún día mis hijos vuelven a cantar, significa que por fin recordaron lo que vieron aquella noche. En ese momento, entreguen esta caja únicamente a Mateo.”
El mundo dejó de girar.
Mateo levantó lentamente la mirada hacia sus hijos.
Ellos seguían abrazando los instrumentos mientras observaban a Valeria con un miedo que ya no parecía el de unos niños confundidos.
Parecía el miedo de dos pequeños…
que acababan de reconocer el rostro de la persona que había estado en la casa la noche en que murió su madre.