PARTE 2: ÉL ME ODIÓ DURANTE AÑOS, PERO EL DÍA DE NUESTRA BODA DESCUBRÍ QUE NUNCA DEJÓ DE AMARME

Después de aquella conversación, Ethan desapareció durante tres días.

No mensajes.

No llamadas.

Nada.

Y, aunque me repetí que era exactamente lo que yo quería, me sorprendí mirando mi teléfono más veces de las necesarias.

Porque durante años había pensado que Ethan Carter era indiferente a mí.

Pero ahora sabía que detrás de aquella frialdad había algo más.

Dolor.

El cuarto día recibí una invitación formal.

Una cena entre ambas familias.

El tipo de reunión donde los adultos hablaban de acuerdos, apellidos y futuros que ya habían decidido antes de preguntarnos.

Cuando llegué a la mansión de mi abuelo, Ethan ya estaba allí.

Traje negro.

Expresión tranquila.

Como si aquella conversación frente a mi oficina nunca hubiera ocurrido.

Pero sus ojos cambiaron apenas me vio.

Un segundo.

Solo uno.

Después volvió a ser el Ethan que todos conocían.

Controlado.

Imposible de leer.

Mi abuelo fue directo al punto.

—La unión entre las familias Hayes y Carter se ha considerado durante mucho tiempo.

Miré mi copa.

—Abuelo…

Pero Ethan habló antes.

—Estoy de acuerdo.

Levanté la mirada sorprendida.

Él no me miró.

—¿Qué?

Mi abuelo sonrió satisfecho.

—Excelente.

—Espera —dije—. ¿Ethan acaba de aceptar?

Todos me miraron.

Ethan finalmente giró hacia mí.

—Sí.

—¿Sin discutir?

—¿Querías que discutiera?

Su tono era tranquilo, pero había algo detrás.

Algo que solo yo podía reconocer.

Herida.

Después de la cena, salí al jardín.

Necesitaba aire.

Y, como siempre ocurría cuando quería estar sola, Ethan apareció.

—¿Por qué aceptaste?

Se quedó a unos pasos de mí.

—Porque es lo que nuestras familias quieren.

Negué.

—No.

Lo miré.

—No eres ese tipo de persona.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Me conoces demasiado bien.

—Te conozco desde hace quince años.

Silencio.

Entonces Ethan bajó la mirada.

—Exactamente.

Aquella respuesta me dolió.

—Ethan…

—¿Sabes cuál fue la peor parte?

Su voz era diferente.

Más baja.

—No fue que terminaras conmigo.

No dije nada.

—Fue que después actuaste como si nunca hubiera pasado nada.

Mis manos se apretaron.

—Yo nunca quise dejarte.

Él soltó una risa triste.

—Eso es lo que dijiste.

—Porque era verdad.

—Olivia, escuché tus palabras.

—Pero no escuchaste el resto.

Por primera vez en años, Ethan me miró realmente.

—¿Qué resto?

Respiré profundamente.

—Que quería esperar.

Su expresión cambió.

—¿Qué?

—Éramos demasiado jóvenes. Tú estabas dispuesto a abandonar tus planes por mí. Yo tenía miedo de que un día me culparas por eso.

Ethan quedó completamente inmóvil.

—Yo pensé que…

Tragó saliva.

—Pensé que estabas cansada de mí.

Mi corazón se rompió un poco al escuchar esas palabras.

Porque Ethan Carter siempre había parecido alguien imposible de herir.

Pero la verdad era diferente.

Solo había aprendido a esconderlo.

—Nunca estuve cansada de ti.

Durante varios segundos ninguno habló.

Entonces Ethan preguntó:

—¿Por qué nunca me buscaste?

Bajé la mirada.

—Porque pensé que me odiabas.

Una sonrisa amarga apareció en su rostro.

—Y yo pensé que no te importaba.

Nos quedamos en silencio.

Dos personas que habían pasado más de diez años sufriendo por una conversación incompleta.

Finalmente Ethan dijo:

—Soy un idiota.

No pude evitar sonreír.

—Eso sí lo sabía.

Él soltó una pequeña risa.

La primera que escuchaba desde hacía años.

—Sigues siendo cruel.

—Y tú sigues siendo dramático.

—Me amenazaste con cambiarme por otro hombre.

—Tú dijiste que morirías.

Ethan se quedó serio.

—No estaba bromeando.

Mi sonrisa desapareció.

Porque sabía que era verdad.

Ethan siempre había sentido todo demasiado intensamente.

El problema era que yo también.

Un mes después, nuestras familias anunciaron oficialmente el compromiso.

Esta vez no hubo presión.

Al menos no de nuestra parte.

Ethan empezó a aparecer en mi oficina nuevamente.

Pero ya no como el chico furioso que exigía respuestas.

Sino como el hombre que intentaba reconstruir algo que había perdido.

Una mañana dejó una bebida sobre mi escritorio.

La misma que me compraba cuando teníamos quince años.

Lo miré sorprendida.

—¿Todavía recuerdas cuál me gusta?

Él arqueó una ceja.

—Olivia, recuerdo hasta cómo frunces el ceño cuando estás concentrada.

Aparté la mirada para ocultar mi sonrisa.

—Eso es un poco extraño.

—Llevo quince años observándote.

—¿Eso debería tranquilizarme?

—No.

Sonrió.

—Pero debería demostrarte que nunca dejé de hacerlo.

El día de la boda, Ethan llegó antes que todos.

Algo que sorprendió absolutamente a todos.

Su madre incluso bromeó:

—Pensé que llegarías tarde.

Ethan respondió:

—No voy a llegar tarde al momento que esperé diez años.

Cuando caminé hacia el altar, lo vi.

El mismo chico del instituto.

El mismo que se sentaba a mi lado aunque yo fingiera estar molesta.

Pero ahora era un hombre.

Y me estaba mirando como si yo siguiera siendo lo único importante en la habitación.

Después de la ceremonia, cuando estuvimos solos unos minutos, Ethan sacó una pequeña caja.

La reconocí inmediatamente.

—No puede ser.

La abrió.

Dentro estaba el mismo colgante de diamante rosa que me había regalado cuando éramos adolescentes.

—Lo guardaste.

—Siempre.

Lo miré sorprendida.

—Pensé que era demasiado caro.

Ethan sonrió.

—No era por el diamante.

—¿Entonces?

Me tomó la mano.

—Porque fue la primera vez que pensé que podía hacerte feliz.

Sentí lágrimas en los ojos.

—Ethan.

Él apretó suavemente mis dedos.

—Esta vez no voy a dejar que una conversación equivocada destruya lo que tenemos.

Sonreí.

—Esta vez tampoco voy a irme sin explicarte nada.

Y así, después de años creyendo que nos habíamos convertido en enemigos, descubrimos la verdad.

Nunca dejamos de querernos.

Solo habíamos sido demasiado orgullosos, demasiado jóvenes y demasiado heridos para admitirlo.

Ethan Carter no fue el hombre que mi familia eligió para mí.

Fue el hombre que yo elegí cuando finalmente tuve la oportunidad de hacerlo.

Y años después, cuando alguien nos preguntaba cómo comenzó nuestra historia, siempre respondíamos lo mismo:

No comenzó con un compromiso arreglado.

Comenzó mucho antes.

Con un chico problemático que llegó tarde a clase…

Y una chica demasiado seria que jamás imaginó que ese chico terminaría siendo su hogar.

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