La luz avanzó rápidamente entre los árboles.
Carlos soltó a Alejandro y levantó una mano para protegerse los ojos.
—¿Quién está ahí? —gritó.
Nadie respondió.
El sonido de un motor rompió el silencio del bosque. Segundos después, una camioneta de rescate apareció en el sendero oculto.
Dos guardabosques descendieron con linternas.
—¡Aléjense del borde! —ordenó uno de ellos—. Recibimos una señal de emergencia.
Elena palideció.
—Aquí no hay ninguna emergencia. Nuestro amigo sufrió un accidente.
Alejandro corrió hacia los rescatistas.
—¡No fue un accidente! Carlos cortó la cuerda y ellos intentaban arrojarme también.
Carlos negó con furia.
—Está confundido. Mateo cayó porque perdió el equilibrio.
Uno de los guardabosques señaló una pequeña cámara colocada sobre su casco.
—Todo lo que digan quedará grabado.
El rostro de Carlos cambió.
Elena miró discretamente hacia el bosque, buscando una salida.
Entonces una voz débil surgió desde el acantilado.
—¡Alejandro!
Todos quedaron inmóviles.
—¡Mateo! —gritó él, corriendo hacia el borde.
A varios metros más abajo, una mano sobresalía entre las rocas. Mateo había quedado atrapado en una pequeña cornisa y se aferraba a la raíz de un árbol.
—¡Sigo vivo! —respondió con dificultad.
Los rescatistas aseguraron varias cuerdas y comenzaron a descender.
Carlos retrocedió.
—Tenemos que irnos —susurró Elena.
Alejandro escuchó la frase.
—No irán a ninguna parte.
Carlos se abalanzó sobre él, pero uno de los guardabosques lo detuvo.
—Permanezca quieto hasta que llegue la policía.
Elena soltó una risa nerviosa.
—¿Policía? No tienen pruebas de nada.
Alejandro recogió del suelo un pequeño dispositivo metálico.
—Mateo llevaba esto sujeto al arnés.
Era una cámara deportiva.
Carlos había creído que se había perdido durante la caída.
La pantalla estaba rota, pero la tarjeta de memoria seguía intacta.
Elena intentó arrebatársela.
—¡Eso pertenece a Mateo!
—Precisamente —respondió Alejandro—. Mostrará quién cortó la cuerda.
Las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos.
Los rescatistas lograron subir a Mateo. Tenía heridas en los brazos y apenas podía mantenerse en pie, pero seguía consciente.
Alejandro lo abrazó con fuerza.
—Pensé que habías muerto.
Mateo miró a Carlos y Elena.
—Eso era lo que ellos querían.
Carlos levantó las manos.
—Estás herido y confundido.
Mateo negó.
—Escuché todo desde la cornisa. Hablaron de mis deudas y de un plan para quedarse con mi empresa.
Elena lo observó sin mostrar arrepentimiento.
—Tu empresa ya estaba arruinada.
—Porque tú transferiste el dinero de las cuentas.
Alejandro miró a su novia con incredulidad.
—¿También robaste a Mateo?
Mateo respiró con dificultad.
—Carlos falsificó mis firmas. Elena lo ayudó a crear deudas falsas y luego contrató esta excursión para que mi muerte pareciera un accidente.
Carlos comenzó a reír.
—¿Y por qué iba a beneficiarme yo?
Mateo señaló su mochila.
—Porque dentro está el seguro que me hiciste firmar.
Uno de los policías que acababa de llegar abrió la mochila.
Encontró una póliza millonaria. Carlos aparecía como beneficiario temporal si Mateo moría antes de pagar una supuesta deuda comercial.
—Esto no demuestra asesinato —dijo Elena—. Solo era un acuerdo financiero.
Alejandro entregó la tarjeta de memoria.
—Entonces revisen el video.
Los agentes conectaron la tarjeta a una computadora portátil.
La grabación mostraba al grupo preparando el descenso.
Carlos se acercaba al equipo de Mateo cuando todos miraban hacia otro lado. Sacaba una pequeña cuchilla y dañaba parcialmente la cuerda.
Después aparecía Elena vigilando el sendero.
El silencio se volvió absoluto.
Carlos intentó correr hacia el bosque, pero los agentes lo derribaron antes de que avanzara unos metros.
Elena permaneció inmóvil.
—Yo no corté la cuerda —dijo—. No pueden acusarme de lo mismo.
Mateo pidió al agente que adelantara el video.
En otra escena, Elena hablaba con Carlos junto al vehículo.
—Cuando caiga, asegúrate de recuperar su teléfono —decía—. Allí están los mensajes que demuestran que fui yo quien vació las cuentas.
Alejandro cerró los ojos, devastado.
—¿Desde cuándo planeabas esto?
—Desde que comprendí que Mateo jamás podría darnos la vida que merecíamos.
—Yo creía que estabas conmigo.
Elena lo miró fríamente.
—Tú solo eras nuestra coartada. Necesitábamos un testigo al que todos consideraran inocente.
Alejandro sintió que la traición le cortaba la respiración.
Los agentes esposaron a ambos.
Cuando parecía que todo había terminado, Mateo tomó la cuerda rota y la examinó con atención.
—Esperen.
Uno de los rescatistas se acercó.
—¿Qué ocurre?
—Carlos cortó una parte, pero esta cuerda tenía un segundo daño más antiguo.

El especialista observó las fibras.
—Tiene razón. Alguien la debilitó antes de que ustedes llegaran a la montaña.
Carlos dejó de forcejear.
—Yo solo hice un corte pequeño. Elena dijo que la cuerda ya estaba preparada.
Todos miraron a la mujer.
—¿Quién te ayudó? —preguntó Mateo.
Ella guardó silencio.
La policía registró su teléfono y encontró un mensaje enviado esa misma tarde:
“El equipo está listo. Cuando Mateo caiga, asegúrate de que Carlos cargue con toda la culpa.”
El número pertenecía a una persona guardada como Alejandro.
Mateo levantó la mirada lentamente.
El verdadero Alejandro estaba a su lado.
—Ese no es mi número —dijo él.
El agente abrió los datos de la cuenta.
La fotografía vinculada apareció en la pantalla.
Era el padre de Mateo.
El hombre al que todos creían muerto desde hacía diez años.
Mateo retrocedió.
—Eso es imposible.
Elena sonrió por primera vez desde que llegaron los policías.
—Tu padre nunca murió. Fue él quien planeó tu caída.
—¿Por qué querría matarme?
—Porque descubriste las transferencias que él llevaba años realizando desde tu empresa.
Mateo miró hacia la oscuridad del bosque.
Una sombra observaba la escena desde lo alto del sendero.
Cuando las linternas apuntaron hacia ella, la figura comenzó a correr.
—¡Deténgase! —gritó un agente.
Pero el hombre desapareció entre los árboles.
Mateo había sobrevivido a la caída y descubierto la traición de sus amigos.
Sin embargo, el verdadero autor del plan seguía libre.
Y era el mismo hombre cuyo recuerdo había defendido durante toda su vida.