PARTE 2: EL JEFE DE CHICAGO DESCUBRIÓ QUE SU HIJO SEGUÍA VIVO Y ARRIESGÓ TODO PARA ENCONTRAR A LA MUJER QUE PERDIÓ

—Hay más.

La voz de Silas rompió el silencio de la oficina.

Dominic Valente seguía mirando la pantalla del iPad.

El pequeño punto gris.

El latido.

Su hijo.

—Habla.

Silas dudó unos segundos.

—Encontré una pista de movimiento después de que desapareció.

Dominic levantó lentamente la mirada.

—¿Dónde?

—Boston.

Durante doce semanas había buscado en cada calle de Chicago.

Cada aeropuerto.

Cada registro.

Cada cámara.

Y todo ese tiempo Meline había estado a unas horas de distancia.

Dominic se levantó tan rápido que la silla cayó detrás de él.

—Prepara el avión.

Carlo Rossi, que estaba junto a la puerta, frunció el ceño.

—Jefe, debemos confirmar primero.

Dominic lo miró.

La expresión en su rostro hizo que todos en la habitación guardaran silencio.

—Doce semanas.

Su voz era baja.

Peligrosamente tranquila.

—Doce semanas pensando que estaba muerta, huyendo o en peligro.

Miró nuevamente la ecografía.

—Mi hijo estuvo creciendo mientras yo estaba buscando respuestas.

Hizo una pausa.

—No voy a esperar más.

Dos horas después, Dominic estaba en Boston.

Pero esta vez no llegó como el hombre que todos temían.

No llegó con una caravana de hombres armados.

No llegó anunciando su nombre.

Llegó como un hombre desesperado intentando encontrar a la mujer que había destruido sin querer.

Silas había rastreado pequeños detalles.

Un pago en efectivo.

Un contrato temporal.

Una dirección relacionada con un profesor jubilado.

Beacon Hill.

Dominic permaneció dentro del vehículo observando el pequeño edificio.

Era demasiado sencillo.

Demasiado normal.

Exactamente el tipo de lugar donde Meline habría elegido esconderse.

—¿Entramos? —preguntó Carlo.

Dominic negó.

—No.

Carlo lo miró sorprendido.

—¿No?

—Si tiene miedo de mí, aparecer con diez hombres confirmará todos sus temores.

Por primera vez en mucho tiempo, Carlo no supo qué responder.

Dominic salió solo.

Subió las escaleras.

Y tocó la puerta.

Dentro del apartamento, Meline se quedó inmóvil.

El sonido de unos golpes.

Tres golpes tranquilos.

No violentos.

Pero su cuerpo reaccionó antes que su mente.

Su mano fue directamente hacia su vientre.

El miedo volvió.

Durante meses había imaginado ese momento.

Pero nunca había pensado que llegaría tan pronto.

Miró por la pequeña ventana.

Y lo vio.

Dominic.

Más delgado.

Con ojeras.

Sin la seguridad arrogante del hombre que había dejado atrás.

Parecía cansado.

Roto.

Meline dio un paso atrás.

No podía abrir.

No podía dejarlo entrar.

Entonces escuchó su voz.

—Meline.

Se le llenaron los ojos de lágrimas.

Porque incluso después de todo.

Incluso después de intentar olvidarlo.

Seguía reconociendo esa voz.

—Sé que estás ahí.

Silencio.

—No voy a entrar.

Otra pausa.

—No voy a obligarte a verme.

Meline cerró los ojos.

—Solo necesito decirte algo.

Su mano tembló sobre el vientre.

—Estoy escuchando.

La voz de Dominic se quebró ligeramente.

—Sé lo que viste.

Meline sintió una punzada.

—Entonces sabes por qué me fui.

—Sí.

Silencio.

—Y tienes razón.

Aquellas palabras la sorprendieron.

Dominic Valente no era un hombre que admitiera errores.

Nunca.

—La manera en que escuchaste esa conversación… cualquiera habría pensado lo mismo.

Meline apretó los labios.

—¿Cualquiera?

Su voz salió más fría de lo esperado.

—Yo era la mujer que amabas hasta que llegó alguien más importante.

—No.

La respuesta fue inmediata.

—Nunca fue eso.

Meline soltó una risa triste.

—Te escuché.

—Escuchaste una parte de la verdad.

—Escuché que dijiste que yo no era una preocupación.

Dominic cerró los ojos.

Porque esa frase también lo había perseguido durante meses.

—Lo dije porque Seraphina estaba intentando descubrir quién eras para mí.

Meline no respondió.

—La familia Duca sabía que había alguien.

Continuó.

—Sabían que había una persona capaz de hacerme dudar.

—¿Y eso era yo?

—Sí.

Silencio.

—Tú eras mi debilidad.

Meline sintió que sus ojos se llenaban.

—No quería ser una debilidad.

—No.

La voz de Dominic se volvió más suave.

—Eras la única razón por la que todavía quería ser un hombre mejor.

Dentro del apartamento, Meline apoyó una mano en la pared.

Durante meses había odiado aquellas palabras.

Pero ahora odiaba más no saber qué era verdad.

—¿La boda?

preguntó.

Dominic tardó en responder.

—Nunca iba a ocurrir.

—¿El anillo?

—Una negociación.

—¿Seraphina?

—Una amenaza disfrazada de alianza.

Meline respiró lentamente.

—Entonces ¿por qué no me lo dijiste?

Esa pregunta fue la más difícil.

Dominic bajó la mirada.

—Porque pensé que protegerte significaba mantenerte lejos de mi mundo.

Su voz se volvió amarga.

—Y terminé haciendo exactamente lo que quería evitar.

Pasaron varios segundos.

Luego la puerta se abrió.

Solo unos centímetros.

Dominic levantó la vista.

Y la vio.

Meline.

Más pálida.

Más delgada.

Pero allí estaba.

Su mano descansaba sobre su vientre.

El mundo entero de Dominic se detuvo.

Porque por primera vez vio la consecuencia de sus errores.

No una amenaza.

No un enemigo.

Su familia.

—¿Cuánto tiempo lo supiste? —preguntó Meline.

Dominic tragó saliva.

—Lo descubrí hace dos días.

Ella bajó la mirada.

—Yo quería decírtelo.

—Lo sé.

—Quería verte feliz.

Dominic cerró los ojos.

—Y yo hice que tuvieras miedo de hacerlo.

Una lágrima cayó por la mejilla de Meline.

Pero no dio un paso hacia él.

Todavía no.

—No puedes simplemente aparecer y arreglarlo todo.

Dominic asintió.

—Lo sé.

—No puedes comprar mi confianza.

—Lo sé.

—No puedes encerrarme en una casa hermosa y llamarlo protección.

Por primera vez, Dominic casi sonrió.

Una sonrisa triste.

—Lo sé.

Meline lo observó.

—Entonces, ¿qué quieres?

Dominic miró su vientre.

Después volvió a mirarla a ella.

—Quiero tener la oportunidad de demostrarte que puedo ser diferente.

Silencio.

—No como jefe.

—No como Valente.

Pausa.

—Como el hombre que te prometió que nada te tocaría.

Meline recordó aquella noche en el museo.

La promesa.

El beso.

La forma en que había confiado en él.

Pero también recordó la oficina.

Las palabras.

El dolor.

Antes de que pudiera responder, su teléfono sonó.

Era Silas.

Dominic contestó.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Qué pasó?

Silas respondió algo que hizo desaparecer cualquier rastro de calma.

Dominic miró a Meline.

—Tenemos un problema.

Ella se tensó.

—¿Qué?

Dominic apretó el teléfono.

—Seraphina sabe que estás viva.

Meline sintió que el miedo regresaba.

—¿Y?

Dominic dio un paso hacia ella.

Esta vez no como dueño.

Como protector.

—Y ahora sabe que mi hijo también está vivo.

A lo lejos, una sirena atravesó la noche de Boston.

Dominic miró hacia la calle.

Porque después de meses buscando a Meline, acababa de encontrarla.

Pero ahora tendría que protegerla de la única cosa más peligrosa que su propio enemigo:

la guerra que había intentado mantener lejos de ella.

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