Khloé Bennett no podía dejar de temblar.
No por el frío.
No por la lluvia.
Sino porque acababa de darse cuenta de algo aterrador.
El hombre al que había usado como escudo no era simplemente un empresario frío con guardaespaldas.
Era Victor Rossi.
El nombre que todos pronunciaban en voz baja.
El hombre del que los periódicos hablaban sin nunca tener pruebas.
El hombre que podía entrar en una habitación y cambiar la temperatura del lugar sin decir una sola palabra.
Ella lo miró.
—Tú eres Victor Rossi.
Él no respondió.
No necesitaba hacerlo.
La forma en que Javier lo miraba ya era suficiente.
Khloé retrocedió lentamente.
—Dios mío.
Victor inclinó ligeramente la cabeza.
—Ahora entiendes por qué no me gusta que la gente me use como escondite.
—Yo no sabía quién eras.
—Eso es precisamente lo extraño.
Se acercó un poco.
—Todos los demás en esa sala me habrían evitado.
Khloé apretó los brazos contra su cuerpo.
—Yo no tenía muchas opciones.
Victor la observó durante unos segundos.
No veía una manipuladora.
No veía una asesina.
Veía a una mujer aterrorizada que había tomado una decisión desesperada en una fracción de segundo.
Y eso era lo que más lo confundía.
Porque normalmente las personas que se acercaban a él querían algo.
Dinero.
Poder.
Protección.
Ella solo quería sobrevivir.
Javier recibió una llamada por el auricular.
Su expresión cambió.
—Tenemos un problema.
Victor levantó la mirada.
—Habla.
—La policía llegó al hotel.
—¿Y?
Javier miró a Khloé.
—Encontraron los cuerpos cerca del guardarropa.
Khloé palideció.
—¿Los hombres que estaban siguiéndome?
Victor se volvió hacia ella.
—Ahora vas a decirme exactamente qué ocurrió antes de entrar a ese salón.
Ella tragó saliva.
—No sé nada.
—Inténtalo.
Khloé cerró los ojos.
Durante semanas había pensado que estaba perdiendo la razón.
Pero ahora alguien finalmente estaba escuchando.
—Trabajo como asistente administrativa en una empresa de inversiones.
Victor permaneció callado.
—Hace tres días encontré unos archivos que no debía ver.
—¿Qué archivos?
—Transferencias.
Ella miró alrededor del callejón.
—Millones de dólares enviados a cuentas falsas.
Javier intercambió una mirada con Victor.
—Continúa.
—Pensé que solo era fraude financiero.
Khloé respiró profundamente.
—Hasta que vi mi nombre.
Victor frunció el ceño.
—¿Tu nombre?
Ella asintió.
—Alguien había creado una identidad falsa usando mis datos.
El silencio fue inmediato.
Porque aquello cambiaba todo.
Khloé no era una testigo accidental.
Alguien la había convertido en una pieza del juego.
—¿Quién tenía acceso a esos archivos? —preguntó Victor.

—Mi jefe.
—Nombre.
Ella dudó.
—Daniel Mercer.
Victor y Javier se quedaron completamente inmóviles.
Khloé lo notó.
—¿Lo conocen?
Javier respondió primero.
—Mercer no es un simple empresario.
Victor miró hacia la calle oscura.
—Es un hombre que lleva años intentando entrar en territorios donde no pertenece.
Khloé sintió un escalofrío.
—Entonces los hombres de la gala…
—Probablemente no estaban allí por ti.
Victor hizo una pausa.
—Estaban allí porque sabían que tú tenías algo.
Ella bajó la mirada.
—No quería involucrar a nadie.
Una expresión extraña apareció en el rostro de Victor.
Casi una sonrisa.
—Y aun así elegiste al hombre equivocado para involucrar.
Khloé levantó una ceja.
—¿Equivocado?
—Sí.
Se acercó.
—Porque ahora tengo un problema.
—¿Cuál?
—Alguien intentó matarme.
Miró hacia ella.
—Y alguien intentó usarte para llegar a mí.
Khloé no dijo nada.
Victor continuó:
—Eso significa que ya no eres solo una desconocida en una gala.
El viento golpeó entre los edificios.
—Eres parte del problema.
Khloé soltó una pequeña risa amarga.
—Genial. Siempre quise escuchar eso.
Por primera vez, algo cambió en la expresión de Victor.
Una mínima grieta en su máscara.
Humor.
—Tienes una extraña forma de responder cuando estás en peligro.
—Y tú tienes una extraña forma de proteger a alguien después de que esa persona te obliga a besarla.
Javier apartó la mirada intentando ocultar una sonrisa.
Victor lo notó.
—¿Algo gracioso?
—Nada, jefe.
Pero era la primera vez en años que alguien veía a Victor Rossi sin miedo.
Y eso era algo que incluso sus enemigos no habían logrado.
Esa misma noche, Khloé fue llevada a una propiedad segura de Victor.
No era una mansión exagerada.
Era silenciosa.
Protegida.
Práctica.
Cuando entró, esperaba ver lujo.
Encontró libros.
Documentos.
Una habitación llena de fotografías antiguas.
—Pensé que los hombres como tú vivían rodeados de oro —dijo.
Victor dejó su chaqueta sobre una silla.
—El oro no protege a nadie.
Khloé lo miró.
—¿Entonces qué lo hace?
Él respondió sin pensar:
—La gente correcta.
Aquella respuesta la sorprendió.
Porque durante toda la noche había esperado encontrar un monstruo.
Pero estaba viendo algo más complicado.
Un hombre peligroso.
Sí.
Pero también un hombre que había reaccionado sin dudar para salvarla.
Al día siguiente, Javier llegó con nueva información.
—Encontramos al intermediario que contrató a los atacantes.
Victor levantó la vista.
—¿Quién?
Javier colocó una fotografía sobre la mesa.
Khloé la reconoció inmediatamente.
Y dejó de respirar.
—No.
Victor miró la imagen.
—¿Lo conoces?
Sus manos comenzaron a temblar.
—Es mi hermano.
El silencio llenó la habitación.
—Thomas Bennett.
Victor tomó la fotografía.
—Tu hermano contrató a los hombres que estaban en la gala.
Khloé negó lentamente.
—Eso no puede ser.
Pero en el fondo sabía que sí.
Porque recordaba la última conversación con Thomas.
La forma extraña en que le preguntó por los archivos.
La forma en que insistió en que dejara la empresa.
Victor observó su rostro.
—¿Estás segura?
Khloé tenía lágrimas en los ojos.
—No.
Respiró profundamente.
—Pero creo que sé por qué.
—¿Por qué?
Miró a Victor.
—Porque esos archivos no mostraban solo fraude.
Hizo una pausa.
—Mostraban que mi hermano era el verdadero dueño de la operación.
Victor permaneció en silencio.
Entonces comprendió.
La mujer que había aparecido en su gala no era una coincidencia.
Era la llave de una guerra que llevaba años formándose.
Y por primera vez en mucho tiempo, Victor Rossi sintió algo que no esperaba.
No miedo.
No ira.
Algo mucho más peligroso.
Responsabilidad.
Porque aquella mujer había entrado en su vida huyendo de una amenaza.
Y ahora él sabía una cosa:
nadie volvería a tocar a Khloé Bennett mientras él siguiera respirando.