PARTE 2: EL DIVORCIO QUE NUNCA LLEGÓ A FIRMARSE REVELÓ EL SECRETO QUE CAMBIÓ PARA SIEMPRE LA VIDA DEL HOMBRE MÁS TEMIDO DE CHICAGO

—¿Señora Cross?

La voz de la doctora Mercer me sacó de mis pensamientos.

Asentí lentamente.

Dorian estaba de pie junto a la ventana.

No hablaba.

No daba órdenes.

Por primera vez en meses, parecía un hombre que no sabía qué hacer.

La doctora revisó mis signos vitales y luego me miró con una pequeña sonrisa.

—Voy a hacerle algunas preguntas.

Respondí en silencio.

—¿Náuseas principalmente por la mañana?

—Sí.

—¿Sensibilidad a ciertos olores?

Asentí.

La doctora miró a Dorian durante un segundo y luego volvió hacia mí.

—Creo que ya sabemos por dónde empezar.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

Diez minutos después, estaba sentada en aquella habitación blanca sosteniendo un pequeño sobre.

Dentro estaba la respuesta que había intentado evitar durante semanas.

La doctora sonrió.

—Felicidades, señora Cross.

Sentí que todo se detenía.

—Está embarazada.

No escuché nada durante unos segundos.

Ni los sonidos del hospital.

Ni los pasos en el pasillo.

Ni siquiera mi propia respiración.

Solo esa palabra.

Embarazada.

Dorian fue el primero en reaccionar.

—¿De cuánto tiempo?

La doctora miró la pantalla.

—Aproximadamente ocho semanas.

Ocho semanas.

Hice las cuentas.

Ocho semanas atrás todavía vivíamos juntos.

Ocho semanas atrás Dorian todavía dormía a mi lado.

Ocho semanas atrás todavía creía que nuestro matrimonio podía salvarse.

La doctora salió de la habitación para dejarnos privacidad.

Y entonces llegó el silencio.

Un silencio más pesado que cualquier discusión que hubiéramos tenido.

Dorian miró el resultado.

Después me miró a mí.

—¿Lo sabías?

Negué.

—No.

—¿Por qué no me lo dijiste?

La pregunta me hizo reír suavemente.

No porque fuera graciosa.

Porque dolía.

—¿Cuándo?

Su expresión cambió.

—Alina…

—Dime cuándo debía decírtelo.

Me levanté lentamente.

—¿Cuando dejaste de llegar a casa?

Silencio.

—¿Cuando empezaste a dormir en tu oficina?

Otra pausa.

—¿Cuando tu abogado apareció con los papeles del divorcio?

Dorian bajó la mirada.

Por primera vez no tenía una respuesta.

—Pensé que no querías tener hijos.

Sus ojos se levantaron rápidamente.

—¿Qué?

—Durante meses intenté hablar contigo.

Mi voz comenzó a quebrarse.

—Te dije que me sentía sola. Te dije que sentía que estabas alejándote. Te pregunté si todavía querías esta familia.

Respiré profundamente.

—Tú solo dijiste que estabas ocupado.

Dorian cerró los ojos.

Como si cada palabra fuera un golpe.

—Alina…

—Y ahora descubres que estoy embarazada y de repente importa.

Se acercó un paso.

Me alejé.

Fue un movimiento pequeño.

Pero lo notó.

Y le dolió.

—¿Crees que no me importa?

Lo miré.

—No sé qué creer de ti ya.

Esa frase pareció destruir algo dentro de él.

Porque Dorian Cross podía enfrentar enemigos.

Podía controlar negociaciones millonarias.

Podía hacer que hombres poderosos bajaran la voz al entrar en una habitación.

Pero no podía soportar que la mujer que amaba dejara de confiar en él.

Regresamos a su casa esa tarde.

No a mi apartamento.

A la casa donde habíamos construido nuestra vida.

Pero todo se sentía diferente.

La misma cocina.

La misma mesa.

Los mismos cuadros.

Solo que ahora parecía la casa de dos extraños.

Esa noche, mientras estaba en la habitación de invitados, escuché a Dorian hablando por teléfono.

Su voz era baja.

Pero podía escuchar la furia contenida.

—Cancela todo.

Pausa.

—No me importa quién esté esperando.

Más silencio.

—Mi esposa y mi hijo son mi prioridad.

Me quedé inmóvil detrás de la puerta.

Hijo.

La palabra me golpeó.

No porque estuviera feliz.

Sino porque recordé todas las veces que había querido escuchar que éramos importantes.

A la mañana siguiente, Dorian dejó una taza de té frente a mí.

No café.

Té.

Porque sabía que el café me estaba dando náuseas.

Un pequeño detalle.

Algo que meses atrás habría significado todo.

—Hablé con mi abogado —dijo.

No levanté la vista.

—¿Sobre el divorcio?

—Sobre cancelarlo.

Silencio.

—No voy a obligarte a quedarte conmigo.

Eso me sorprendió.

Lo miré.

—¿No?

Negó.

—No quiero una esposa que esté conmigo por miedo o por un bebé.

Se sentó frente a mí.

—Quiero recuperar la confianza que destruí.

Por primera vez en mucho tiempo, vi al hombre que había amado.

No al empresario.

No al hombre que todos temían.

A Dorian.

Pero entonces apareció la razón por la que todo había cambiado.

Su teléfono sonó.

Miró la pantalla.

Su rostro se endureció.

Contestó.

—Habla.

Escuchó durante unos segundos.

Después su expresión cambió.

—¿Estás seguro?

Me miró.

—Repítelo.

Se levantó.

—No.

Pausa.

—Eso es imposible.

Colgó.

Lo observé.

—¿Qué pasó?

Dorian permaneció callado.

Demasiado tiempo.

—Hay algo que nunca te conté.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué?

Se pasó una mano por el rostro.

—El motivo por el que empecé a alejarme.

Mi corazón se aceleró.

—Pensé que era porque estabas cansado de mí.

Negó rápidamente.

—Nunca.

Entonces sacó una carpeta del cajón.

La dejó sobre la mesa.

—Hace seis meses descubrí que alguien dentro de mi organización estaba intentando destruirme.

Abrí la carpeta.

Había informes.

Transferencias.

Fotografías.

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?

Dorian tragó saliva.

—Porque recibí una amenaza.

Me quedé quieta.

—¿Qué amenaza?

Me miró directamente.

—Decía que si no me alejaba de ti, tú serías el objetivo.

El aire desapareció de mis pulmones.

—¿Por eso pediste el divorcio?

Asintió.

—Pensé que si me odiabas, estarías lejos de mí.

Mi voz salió apenas como un susurro.

—Me dejaste creer que ya no me amabas para protegerme.

—Sí.

—Pero me destruiste.

Bajó la mirada.

—Lo sé.

Y entonces entendí algo.

No justificaba lo que hizo.

No borraba los meses de dolor.

Pero significaba que la historia no era tan simple como yo había pensado.

Dorian no se había alejado porque dejó de amarme.

Se había alejado porque tenía miedo de perderme.

Antes de que pudiera decir algo, el teléfono volvió a sonar.

Esta vez era Caleb, su jefe de seguridad.

Dorian respondió.

—Habla.

La expresión de su rostro cambió.

—¿Qué quieres decir con que la encontraron?

Me levanté.

—¿A quién encontraron?

Dorian me miró.

Y su respuesta hizo que todo mi cuerpo se congelara.

—A la persona que envió las amenazas.

Pausa.

—Y está mucho más cerca de nosotros de lo que imaginábamos.

Miró hacia la ventana.

Hacia la ciudad.

Hacia todo aquello que había intentado proteger.

—Alina…

Su voz era diferente.

Seria.

Temerosa.

—Tenemos un problema.

Porque el divorcio que casi destruyó nuestro matrimonio no había sido provocado por falta de amor.

Había sido provocado por alguien que quería vernos separados.

Y ahora que estábamos intentando volver a encontrarnos…

Esa persona acababa de dar su siguiente movimiento.

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