Los golpes sacudieron toda la cabaña.
El abuelo abrazó al pequeño y lo alejó de la piedra carmesí.
—¿Quién está ahí? —preguntó con voz temblorosa.
La abuela guardó el objeto dentro de una caja metálica.
—Han venido antes de lo previsto.
—¿Quiénes? —exigió el anciano.
Ella no respondió.
La puerta cedió con un estruendo y tres hombres vestidos con abrigos oscuros entraron en la cocina. En sus manos llevaban dispositivos que emitían una luz roja semejante a la de la piedra.
El niño se escondió detrás de su abuelo.
El hombre que encabezaba el grupo miró a la anciana.
—¿Lo encontraste?
—Sí —respondió ella—. La piedra reaccionó al tocarlo.
El abuelo la observó horrorizado.
—¿Los llamaste tú?
La mujer cerró los ojos durante un instante.
—No tenía otra opción.
El desconocido se acercó al niño.
—Ven con nosotros. Allí estarán los demás como tú.
—No voy a ninguna parte —respondió el pequeño con valentía.
El hombre activó su dispositivo.
El niño cayó de rodillas al sentir nuevamente aquella energía dolorosa.
El abuelo intentó defenderlo, pero fue apartado con facilidad.
—¡Detengan esto! —gritó—. Solo es un niño.
—No sabe lo que es —respondió el desconocido—. Cuando crezca, su fuerza será imposible de controlar.
La abuela avanzó hasta colocarse entre ellos.
—El trato era que yo comprobaría su identidad. Nunca dije que podrían llevárselo.
El hombre soltó una risa fría.
—Después de tantos años escondiéndolo, ¿ahora quieres protegerlo?
El abuelo miró a su esposa.
—¿Lo conocías desde antes?
La anciana bajó lentamente la cabeza.
—Desde la noche en que llegó a esta casa.
Recordó aquella tormenta de ocho años atrás.
Una mujer herida había aparecido en la puerta llevando al recién nacido entre sus brazos. Le suplicó que lo protegiera y dejó junto a él el relicario carmesí.
—¿Quién era esa mujer? —preguntó el abuelo.
La abuela miró al niño.
—Su madre.
El pequeño abrió los ojos.
—Dijiste que mis padres habían muerto.
—Te mentí para mantenerte oculto.
Los hombres comenzaron a impacientarse.
—Entréganoslo ahora —ordenó el líder.
La anciana apretó la caja contra su pecho.
—Su madre aseguró que esta piedra podía detenerlo si alguna vez perdía el control. Nunca dijo que debía utilizarse para lastimarlo.
—Su madre era una traidora —respondió el hombre—. Escapó de nuestro centro y robó al último niño compatible.
El abuelo comprendió la verdad.
Aquellos hombres no protegían al pueblo de una criatura peligrosa. Buscaban recuperar a un niño que habían utilizado en experimentos secretos.
—Por eso es tan fuerte —murmuró.
La abuela asintió.
—Su cuerpo fue alterado antes de nacer.
El niño comenzó a llorar.
—¿Entonces soy un monstruo?
Ella se arrodilló frente a él.
Por primera vez, su expresión perdió toda frialdad.
—No. Eres un niño al que otros intentaron convertir en algo que nunca eligió ser.
El líder dio una señal a sus compañeros.
—Tomen al pequeño y eliminen cualquier prueba.
La abuela lanzó la caja al abuelo.
—¡Corre con él por el pasadizo de la despensa!
El anciano abrió una puerta oculta detrás de los estantes. Tomó al niño de la mano y comenzó a descender por un túnel estrecho.
Los hombres intentaron seguirlos, pero la abuela bloqueó la entrada.
—Pensé que estaba de nuestro lado —dijo el líder.
—Durante años creí que entregarlo evitaría una tragedia —respondió ella—. Pero hoy vi que el verdadero peligro son ustedes.
Los atacantes la apartaron y entraron en el pasadizo.
El abuelo y el niño llegaron a una vieja construcción bajo el bosque. Allí encontraron fotografías, informes médicos y decenas de cartas escritas por la madre del pequeño.
En una de ellas aparecía una dirección y una frase:
“Si mi hijo descubre la verdad, llévenlo con el hombre de la montaña. Él sabrá cómo controlar su fuerza sin la piedra.”
El niño apenas terminó de leer cuando escucharon pasos acercándose.
—No podremos escapar —dijo el abuelo.
El pequeño observó la pesada puerta de hierro del refugio.
Luego miró sus propias manos.
—La abuela dijo que mi fuerza no me hace malo.
Respiró profundamente y levantó la puerta arrancándola de sus soportes. La colocó atravesada en el túnel, bloqueando el paso de los perseguidores.
El abuelo lo miró con orgullo.
—Tu poder no decide quién eres. Tus decisiones sí.
Escaparon por una salida que conducía al otro lado de la montaña.
Al amanecer encontraron a la policía y entregaron los documentos. Las pruebas revelaron la existencia de un centro clandestino donde habían experimentado con varias familias.
La abuela fue encontrada horas después, encerrada dentro de la cabaña, pero con vida.
Cuando volvió a ver al niño, se arrodilló ante él.
—Perdóname por usar la piedra.
El pequeño permaneció en silencio.
—¿Querías entregarme?
—Tuve miedo de lo que podías llegar a ser. Pero confundí el miedo con la verdad.

El niño finalmente la abrazó.
—No vuelvas a hacerme daño para protegerme.
La anciana prometió que jamás lo haría.
Sin embargo, mientras la policía revisaba los archivos, uno de los agentes encontró una fotografía reciente.
En ella aparecía la madre del pequeño entrando en una instalación situada en las montañas.
—Ella sigue viva —dijo el agente.
El niño tomó la imagen con manos temblorosas.
—¿Está prisionera?
La abuela negó lentamente.
—Eso es lo que debemos descubrir.
En el reverso de la fotografía había un mensaje escrito con la letra de su madre:
“No permitan que mi hijo venga a buscarme. Yo fui quien creó la piedra carmesí.”
El pequeño levantó la mirada.
La mujer que había intentado protegerlo también podía ser la responsable de su extraña fuerza.
Y el secreto más oscuro de la familia todavía esperaba oculto detrás de las montañas.