Valeria apretó los labios antes de responder.
—Su hermano menor, Daniel.
El policía dejó de escribir por un instante.
—¿El hermano del agresor vio todo?
—Estaba dentro de un coche estacionado frente al callejón. Mateo no se dio cuenta.
Valeria buscó su teléfono con manos temblorosas y marcó el número del joven. La llamada sonó varias veces, pero nadie respondió.
Un mensaje apareció segundos después.
“No puedo hablar. Mateo está aquí.”
El rostro de Valeria perdió el color.
—Está con él —susurró.
El oficial pidió refuerzos y ordenó localizar el teléfono. Mientras una ambulancia atendía las heridas de Valeria, varias patrullas se dirigieron hacia la casa de Mateo.
Daniel estaba encerrado en el sótano.
Su hermano caminaba de un lado a otro frente a él, sosteniendo su teléfono.
—Vas a decir que no viste nada —ordenó Mateo—. Valeria se cayó sola.
Daniel tenía solo diecisiete años, pero esta vez no bajó la mirada.
—Te vi golpearla.
Mateo lo agarró por la camisa.
—Somos familia.
—Precisamente por eso deberías entregarte.
La furia del agresor aumentó.
—Todo esto es culpa de ella. Me provocó.
Daniel negó lentamente.
—Ella te rechazó. Eso no te daba derecho a lastimarla.
Mateo levantó el puño, pero el sonido de varias sirenas lo detuvo.
—¿Llamaste a la policía?
Daniel sonrió con tristeza.
—No tuve que hacerlo.
Le mostró el reloj inteligente que llevaba en la muñeca.
Había grabado toda la conversación.
Mateo retrocedió horrorizado y corrió hacia la puerta trasera. Sin embargo, los agentes ya rodeaban la vivienda.
Fue detenido pocos minutos después.
En la comisaría, Daniel entregó el video del callejón. Había comenzado a grabar cuando vio a su hermano seguir a Valeria.
La imagen mostraba claramente las amenazas y la agresión.
—Con esto no podrá negarlo —explicó el oficial.
Valeria observó al joven con lágrimas en los ojos.
—Te has enfrentado a tu propia familia por mí.
Daniel bajó la cabeza.
—No lo hice solo por ti. Mateo lleva años amenazando a otras chicas.
Sacó una memoria USB del bolsillo.
Dentro había mensajes, fotografías y grabaciones de cinco jóvenes que nunca se habían atrevido a denunciarlo.
El poder de Mateo no provenía únicamente de su dinero.
Su padre era un juez influyente que había logrado cerrar todas las acusaciones anteriores.
Esa misma noche, el hombre llegó a la comisaría acompañado por dos abogados.
—Mi hijo saldrá inmediatamente —anunció con arrogancia.
El oficial colocó las pruebas sobre la mesa.
—Esta vez no.
El juez miró a Daniel con odio.
—Has destruido a tu propio hermano.
—No —respondió él—. Mateo se destruyó cuando creyó que nadie tendría valor para hablar.
Valeria presentó la denuncia formal.

Días después, las otras víctimas también decidieron testificar. El caso dejó de ser una simple agresión y se convirtió en una investigación contra toda la familia.
Pero antes del juicio, Daniel desapareció.
Su habitación estaba vacía y su teléfono había sido abandonado junto a la carretera.
Sobre la cama encontraron una nota escrita con su letra:
“Valeria, no confíes en el policía que te encontró aquella noche. Él trabaja para mi padre.”