PARTE 2: EL TESTAMENTO ORIGINAL QUE DESENMASCARÓ LA TRAICIÓN DE ALEJANDRO Y DEVOLVIÓ EL IMPERIO A SU VERDADERA DUEÑA

Alejandro miró la luz roja de la grabadora y comprendió que cada palabra había quedado registrada.

Su rostro perdió el color.

—Mamá, no sabes lo que Valentina está intentando hacer —dijo, forzando una calma que ya no poseía—. Quiere enfrentar a esta familia por resentimiento.

Elena cerró la puerta del despacho.

—No necesito que ella me explique nada.

Colocó la grabadora sobre el escritorio y sacó del bolsillo una pequeña llave dorada.

—Llevo años esperando que confesaras por voluntad propia.

Valentina observó a su madre con sorpresa.

—¿Tú sabías lo del testamento?

Elena asintió lentamente.

—Sabía que existía otro documento. Lo que no sabía era dónde lo había escondido tu padre.

Alejandro golpeó la mesa.

—¡Ese testamento no tiene validez!

—Curioso —respondió Valentina—. Hace unos minutos afirmabas que yo no sabía de qué hablaba.

El silencio lo traicionó.

Elena avanzó hasta una pintura de Don Eduardo y retiró el marco de la pared. Detrás apareció una pequeña cerradura.

Introdujo la llave.

Un compartimento oculto se abrió con un chasquido.

Dentro había un sobre sellado, una memoria digital y una carta escrita a mano.

Alejandro dio un paso hacia ellos.

—No pueden abrir eso sin un abogado.

Valentina se interpuso.

—¿Por qué tienes tanto miedo?

—Porque están destruyendo lo que nuestro padre construyó.

Elena lo miró con profundo dolor.

—No. Tú comenzaste a destruirlo cuando falsificaste su última voluntad.

Abrió el sobre.

El documento original establecía que Elena conservaría el control mayoritario de la empresa mientras viviera. Después, las acciones serían divididas en partes iguales entre los dos hermanos.

Pero había una cláusula adicional.

Cualquier heredero que falsificara documentos, ocultara bienes o intentara incapacitar a otro miembro de la familia perdería todos sus derechos.

Valentina levantó la mirada.

—Papá sabía que alguien podía traicionarnos.

Alejandro soltó una risa nerviosa.

—Una copia escondida no demuestra nada.

—No es una copia —dijo Elena—. Tiene la firma del notario y dos testigos.

—Esos testigos están muertos.

Una voz surgió desde el pasillo.

—No todos.

La puerta se abrió y entró un anciano apoyado en un bastón.

Valentina lo reconoció como Esteban Robles, antiguo socio de su padre. Toda la familia creía que llevaba años viviendo en el extranjero.

Alejandro retrocedió.

—Tú no deberías estar aquí.

—Esa misma frase me dijeron los hombres que intentaron sacarme de la carretera hace tres años.

Elena se llevó una mano al pecho.

—¿También intentaron matarte?

Esteban señaló a Alejandro.

—Él necesitaba eliminar a quienes conocíamos el verdadero testamento.

Alejandro negó con violencia.

—¡Está mintiendo!

Esteban colocó varios documentos sobre el escritorio.

Eran pagos realizados desde una empresa fantasma controlada por Alejandro hacia un antiguo jefe de seguridad de la familia.

Valentina revisó las fechas.

Una transferencia había sido realizada el mismo día del supuesto accidente de Esteban.

Otra coincidía con la noche en que murió Don Eduardo.

—Papá no falleció por un infarto —susurró ella.

Elena cerró los ojos.

Parecía haber temido aquella respuesta durante años.

Esteban conectó la memoria digital a la computadora.

Apareció un video grabado por Don Eduardo pocos días antes de su muerte.

El patriarca estaba sentado en aquel mismo despacho.

—Elena, si ves esta grabación, significa que Alejandro ya descubrió que planeo apartarlo de la empresa.

Alejandro se lanzó hacia el ordenador, pero Valentina lo empujó lejos.

La grabación continuó.

—Nuestro hijo ha desviado dinero, falsificado firmas y utilizado la compañía para pagar deudas que contrajo con personas peligrosas. Intenté ayudarlo, pero ahora amenaza con destruirnos a todos.

Elena comenzó a llorar en silencio.

—Antes de modificar el testamento, fingí confiar en él para reunir pruebas. Esteban tiene una copia de todo.

Don Eduardo miró directamente a la cámara.

—Valentina debe dirigir la empresa. Ella posee la honestidad que Alejandro perdió hace mucho tiempo.

La imagen terminó.

Alejandro permaneció inmóvil.

—Él siempre la prefirió —murmuró.

Valentina lo miró con incredulidad.

—¿Todo esto fue por celos?

—Tú llegabas con tus proyectos y él te escuchaba. A mí solo me señalaba los errores.

—Intentaba evitar que arruinaras la empresa.

—¡Era mi derecho dirigirla!

Elena levantó el documento.

—Ninguna herencia te daba derecho a destruir nuestra familia.

Alejandro caminó hacia un cajón del escritorio.

Esteban lo advirtió demasiado tarde.

—¡No lo abras!

Alejandro sacó una pistola.

Valentina se colocó delante de su madre.

—Baja el arma.

—Entréguenme el testamento y la grabación.

—No puedes borrar lo que ya sabemos —respondió Elena.

—Puedo impedir que lo cuenten.

La puerta volvió a abrirse.

Dos agentes entraron con las armas preparadas.

Detrás de ellos estaba la abogada de la familia.

—Alejandro, suelte la pistola —ordenó uno.

Él miró a Esteban.

—Tú llamaste a la policía.

—Tu padre me pidió que protegiera a esta familia incluso de ti.

Alejandro apretó el arma, pero su mano temblaba demasiado.

Finalmente la dejó caer.

Los agentes lo esposaron.

Antes de abandonar el despacho, se volvió hacia Valentina.

—Crees que has ganado, pero no conoces toda la verdad sobre ese proyecto que defendías.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Alejandro sonrió.

—La propuesta que te negaste a abandonar fue diseñada por papá años antes de morir. Tú no la creaste.

Valentina sintió una punzada de confusión.

—Eso es imposible.

—Revisa las cartas de la caja fuerte. Encontrarás su firma.

Cuando se lo llevaron, Elena abrió la última carta.

La letra pertenecía a Don Eduardo.

En ella explicaba que el proyecto textil sostenible de Valentina se basaba en una idea que había desarrollado junto a una joven diseñadora muchos años atrás.

Una mujer a la que amó antes de casarse.

Elena terminó de leer y perdió la fuerza en las piernas.

—¿Qué ocurre? —preguntó Valentina.

Su madre le entregó la carta.

En la última línea aparecía una confesión:

“Valentina no es hija de Elena. Su verdadera madre fue la mujer con quien diseñé este proyecto, y Alejandro descubrió su identidad antes que todos nosotros.”

Valentina levantó la vista, completamente conmocionada.

—¿Mi madre está viva?

Esteban bajó la mirada.

—Sí.

—¿Dónde está?

El anciano señaló la fábrica principal de la familia.

—Ha trabajado a tu lado durante los últimos siete años, fingiendo ser una simple costurera.

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