PARTE 2: LA VOZ ENCERRADA EN LA CAJA

Carlos se lanzó hacia Sofía justo cuando ella inclinaba la caja sobre el precipicio.

Sus manos alcanzaron uno de los extremos de madera.

El peso del contenedor arrastró a ambos hacia el borde.

—¡Suéltala! —gritó Sofía.

—¡Primero dime qué hay dentro!

La caja volvió a emitir un sonido.

Esta vez no parecía un gemido.

Era una voz débil.

—Carlos…

Él quedó paralizado.

Conocía aquella voz.

La había escuchado durante toda su infancia, consolándolo en las noches de tormenta y llamándolo para cenar desde el patio de su antigua casa.

—Mamá… —susurró.

Su madre había desaparecido quince años atrás.

La policía aseguró que había abandonado voluntariamente a la familia. Su padre murió sin dejar de buscarla, y Carlos había crecido convencido de que ella había elegido marcharse.

Pero la voz proveniente de la caja era idéntica.

—Eso no puede ser posible.

Sofía aprovechó su desconcierto y trató de empujarlo.

Carlos reaccionó a tiempo. Le arrebató el contenedor y lo arrastró lejos del abismo.

La caja golpeó el suelo.

Desde dentro volvieron a escucharse varios golpes.

—¡Ábreme!

Carlos cayó de rodillas junto al candado.

—¿Qué le hiciste?

Sofía respiraba con dificultad.

—Nada de esto habría ocurrido si hubieras dejado de investigar.

—¡Es mi madre!

—No exactamente.

Carlos levantó una barra metálica abandonada y golpeó el candado oxidado. El primer impacto apenas lo deformó.

Volvió a golpearlo.

Sofía miró hacia la puerta del almacén.

—No deberías abrirla.

—¿Por qué?

—Porque la persona que está dentro no quiere salvarte.

El candado cedió.

Carlos abrió la tapa con desesperación.

Pero no encontró a nadie.

Dentro había un altavoz pequeño, una grabadora y un teléfono conectado a varios cables.

La voz de su madre volvía a reproducirse mediante aquel dispositivo.

Carlos cerró los ojos, sintiéndose engañado.

—Todo esto era una trampa.

—Sí —respondió Sofía—. Pero no para matarte.

El teléfono comenzó a sonar.

En la pantalla apareció una videollamada de un número desconocido.

Carlos aceptó.

La imagen mostró una habitación iluminada por una sola lámpara. Una mujer de cabello gris estaba sentada frente a la cámara.

Tenía las manos libres, pero dos hombres permanecían detrás de ella.

Carlos reconoció de inmediato la pequeña cicatriz sobre su ceja.

—Mamá…

La mujer levantó el rostro.

—Hijo, escúchame con atención.

Carlos sintió que las fuerzas lo abandonaban.

—Estás viva.

—Sí.

—¿Dónde estás?

Ella miró brevemente hacia uno de los hombres.

—No puedo decírtelo.

Carlos se giró hacia Sofía.

—¿Trabajas para ellos?

Sofía se cruzó de brazos.

—Yo fui quien descubrió que seguía viva.

—Entonces ¿por qué no me lo dijiste?

—Porque tu madre no quería encontrarte.

Aquellas palabras le dolieron más que la amenaza del precipicio.

Carlos volvió a mirar la pantalla.

—¿Es verdad?

La mujer bajó los ojos.

—Desaparecí para protegerte.

—Todos dicen lo mismo cuando quieren justificar una traición.

—Tu padre formaba parte de una organización que utilizaba el almacén para ocultar dinero y documentos robados. Cuando intenté denunciarlo, me obligaron a desaparecer.

Carlos negó lentamente.

—Papá pasó años buscándote.

—Eso fue lo que hizo creer a todos.

Uno de los hombres colocó una carpeta frente a la cámara.

Dentro había fotografías de su padre entrando en aquel almacén y reuniéndose con funcionarios, empresarios y policías.

—Él dirigía la organización —continuó su madre—. Yo encontré pruebas y traté de llevarte conmigo. Pero tu padre amenazó con hacerte daño.

Carlos miró a Sofía.

—¿Por qué ella tiene la caja?

Su madre respiró profundamente.

—Porque dentro hay algo más.

Carlos revisó el fondo del contenedor.

Debajo del altavoz encontró una tabla falsa. La retiró y descubrió varias memorias digitales, documentos y una llave antigua.

Sofía dio un paso hacia él.

—Entrégamelos.

—¿Para qué?

—Son la única razón por la que tu madre continúa viva.

La mujer de la pantalla intervino:

—No le des nada.

Sofía quedó inmóvil.

—¿Qué estás haciendo?

—Carlos debe conocer la verdad completa.

Uno de los hombres detrás de la mujer se acercó a la cámara.

—La llamada ha terminado.

La imagen comenzó a moverse violentamente.

Antes de que la conexión se cortara, la madre de Carlos gritó:

—¡La llave abre la habitación bajo la casa de tu padre!

La pantalla quedó negra.

Carlos guardó la llave y las memorias dentro de su chaqueta.

Sofía levantó una pistola que llevaba escondida en la espalda.

—No me obligues a quitártelas.

—Dijiste que querías ayudarme a abrir la caja.

—Necesitaba que confiaras en mí.

—Nunca confié en ti.

Sofía apuntó hacia su pecho.

—Tu madre hizo un trato. Las pruebas a cambio de su libertad. Si sales de aquí con ellas, la matarán.

Carlos dio un paso hacia ella.

—Entonces dime quiénes son.

—Personas que pueden destruir a todos los que conoces.

—Eso ya lo hicieron hace quince años.

Un ruido de motores resonó fuera del almacén.

Sofía miró hacia las ventanas rotas.

Varios vehículos negros rodeaban el edificio.

—Nos encontraron.

—¿Tus amigos?

—No. Los hombres que me contrataron creen que los traicioné.

Carlos agarró la caja vacía.

—Entonces ahora tenemos el mismo enemigo.

Las puertas metálicas comenzaron a abrirse desde el exterior.

Sofía bajó el arma lentamente.

—Hay una salida por los túneles de mantenimiento.

Ambos corrieron entre las columnas hasta encontrar una trampilla oculta bajo una lona. Descendieron por una escalera y avanzaron por un pasadizo estrecho mientras se escuchaban pasos sobre sus cabezas.

—¿Dónde está la antigua casa de mi padre? —preguntó Carlos.

—Al otro lado del pueblo.

—Vamos allí.

—Si la habitación sigue intacta, encontraremos pruebas contra toda la organización.

—¿Y a mi madre?

Sofía guardó silencio.

Carlos la sujetó del brazo.

—Dime qué no me estás contando.

Ella lo miró con una mezcla de miedo y culpa.

—La mujer de la videollamada no es la única persona que estuvo encerrada durante estos años.

—¿Quién más?

Sofía sacó una fotografía doblada del bolsillo.

En ella aparecía Carlos cuando era niño, junto a otro pequeño casi idéntico a él.

—Tienes un hermano gemelo.

Carlos observó la imagen sin poder respirar.

—Eso es imposible.

—Tu padre se quedó contigo.

Sofía señaló al otro niño.

—Y entregó a tu hermano a la organización como garantía de que tu madre jamás hablaría.

En ese instante, la llave antigua que Carlos sostenía comenzó a vibrar.

No era una llave común.

Tenía un diminuto localizador en el interior.

Desde el extremo oscuro del túnel apareció una silueta masculina.

El desconocido tenía el mismo rostro que Carlos.

—Llegaste tarde, hermano —dijo mientras levantaba un arma—. Mamá ya eligió cuál de los dos debe sobrevivir.

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